TIEMPOS MODERNOS

 

Llevo varias semanas mascullando como los viejos a raíz de lo que escucho y veo acerca del acoso en las escuelas, agresiones sexuales y relaciones entre niños y niñas adolescentes ahondando en la brecha generacional que nos separa, y que creí no existiría porque soy el puente entre la sección conservadora de mis progenitores y la bienvenida a la libertad, con la que fulminar esquemas mentales absurdos que tipifiquen y censuren a quien elige vivir su vida al margen de lo establecido por la moral impuesta en el manual de la Iglesia.

Mi amiga Veva suele decirme que los nacidos en los años 60 somos la putadita del siglo porque hemos tenido que evolucionar corriendo en una maratón, cuya línea de salida pintamos con corsé, y la meta con la falda volandera. Hemos crecido con la tradición arraigada de los novios para toda la vida, pulcritud y modestia en el carácter y, en paralelo, formación para alcanzar el triunfo de la libertad que proporciona recibir una nómina en la cartera. Roto clichés con la independencia a modo de contrato, la integración en entornos laborales propiamente masculinos y el peso de la culpa, que concierne al cuidado de los hijos, como si la responsabilidad de su educación fuera nuestra y únicamente nuestra.

Hombres y mujeres (no todos..) nos hemos abierto con ansia a la modernidad aceptando con naturalidad las relaciones con boda por la iglesia, por lo civil, convivencia sin papeles, separaciones o divorcio para reinventarnos con nuevos lazos que multipliquen el modelo familiar en versiones alejadas diametralmente de la que habíamos concebido en la infancia. Hemos sido vanguardistas reconociendo y aplaudiendo las relaciones homosexuales abiertas, los tatuajes, piercings, tupés, corte de cabelleras al estilo mohicano, rastas, maquillajes en negro, tintes en verde, azul, rojo, naranja o verde, tops ceñidos, minifaldas o vaqueros como prenda de uniforme en escuelas o universidades cuyo código del buen vestir ha desgranado sus páginas en el torbellino de la trasgresión ventilando sus aulas. Hijas de madres, en su mayoría amas de casa, que han saboreado el placer de sentir que pueden gobernar sus vidas sin necesidad de tener a un compañero a quien reconocer como líder en la toma de sus decisiones, madres célibes que han logrado permutar el título de prostituta en los años treinta por el sello de admiración que suscita el coraje de afrontar la crianza de un hijo en solitario, mujeres, enfin, decididas a conquistar el olimpo de su identidad a pesar de las trampas del sendero.

Soy una presuntuosa en lo que se refiere a mi convicción de comportarme como una madre despojada de las etiquetas que la señora de Taboada colgaba en el abrigo de mi educación. Juré no repetir sentencias lapidarias de un futuro tétrico al no cumplir con las normas básicas de conducta, abriría las puertas y jamás realizaría comparaciones que a mí me ponían los pelos de punta porque si algo no soportaba era el retintín que mi madre utilizaba al preguntar por qué no podía ser como la hija de Fulanita o Menganita, que no daban ni la mitad de preocupaciones que yo le daba al vivir a mi libre albedrío (a veces la falta de información me hacía reír por dentro porque las hijas habían desarrollado una dramatización espectacular para ocultar sus actos de rebeldía). Prometí no mirar atrás y cerciorarme de que los viejos tiempos fueron siempre mejores porque no lo fueron, estaba segura de que no lo fueron.  Pero me equivoqué y he tragado tazas de caldo con sabor a mamá cascarrabias que gruñe para proteger a su retoño del desafío que implica empezar a volar fuera del nido.

Y, sí, me reafirmo al encumbrar una niñez en la que la calle era nuestra red social, acudir al colegio sola con mi cartera, y mis cinco años a la espalda, no era inquietante sino un hábito saludable, hacer autostop tenía su punto de adrenalina pero nunca la sensación de peligro porque el riesgo se asentaba en lo pesado que podía ser el conductor en su charla, las pandillas de chicos y chicas eran de colegas que pasaban el rato criticando a profesores, padres autoritarios o compañeros pitagorines de clase.  Las relaciones sexuales se iniciaban a los diecisiete años, no a los doce y con la magia, mezclada de intriga, misterio y temor por lo que resultaba ser un campo a explorar con la venda del desconocimiento. El acoso escolar existía, naturalmente que sí, pero sin el agravante de fotos y e ironía cruel recorriendo las pantallas de un móvil traidor, el abuso sexual de adultos a niños quedaba en el reducto familiar pero no se propagaba con la celeridad que se hace ahora provocando una especie de contagio sucio y repugnante entre hombres adultos que muestran su lascivia con la impunidad que les otorga el anonimato de una red tecnológica.

Y, sí, cuando escucho a los adolescentes de ahora ilustrarme con las modalidades de las nuevas relaciones, el lío (besos y achuchones sin llegar a más), novios de un hora, el botellón en edades tan tempranas porque no conciben la risa sin la ayuda del alcohol, el tabaco y las drogas que, segurísimo controlan porque se creen con la madurez suficiente para saber dónde parar, los embarazos precoces, estadísticas aterradoras de abusos a inocentes, el llamamiento al insulto y escarnio colectivo en Instagram, Facebook o Whatsapp, el acceso gratuito y simple a información que deberían adquirir una vez se hartaran de jugar al escondite, pilla pilla, con muñecas, coches o pelota, sin prisa, porque no hay prisa, me pregunto dónde está el truco para persuadir a mi hija de no quemar todas las naves para que cuando alcance la vida adulta no encuentre estímulos que espoleen su curiosidad al haber probado de todo en un espacio tan breve de tiempo.

Tiempos modernos a bocanadas de ansia por romper con las ataduras de un pasado que prometí censurar y que, al final, y sin que mi madre se entere, reivindique para mis adentros con la pretensión de no repetir la frase que tanto me irritaba: Hija mía, nosotros sí que éramos unos niños felices..

Pretensión, he dicho, porque la realidad es muy distinta y tan pronto se enciende la cerilla de la impaciencia, repito como un loro lo que negué hacer a lo largo de mi propia adolescencia: ¿Ese amigo tuyo nuevo es buen estudiante? ¿Dónde vive? ¿Le gusta el deporte? ¿Fuma, bebe? Y para rematar la faena, cuando mi adversario púber se rebela contra la autoridad competente, finiquito el debate con otro de mis veredictos irrefutables: Espérate a que seas madre y me cuentas, ca-ri-ño (arrastro hasta la erre), espera a oírte decir lo mismo que te digo yo y que me dijo mi madre a mí y que dirá tu hija a tu nieta, ya lo verás, ya…

Y sin más, respiro hondo para justificar, aceptar y asumir mi torpeza.