EL SISTEMA SOLAR DE LOS AFECTOS

Tener una hija adolescente con aspiraciones a filósofo es equiparable a un combate dialéctico en el que la victoria consiste en decir: tienes razón, cariño, tienes toda la razón para evitar la prórroga y penaltis en el que el árbitro, es decir yo, pite el final del partido con un porque te lo digo yo que soy tu madre poco aconsejable para la paz familiar.

El problema de este tipo de debates es que resulta contagioso y, por lo tanto, me he subido al columpio de sus discursos para fluctuar por el entresijo de pensamientos con los que elaborar mis propias tesis doctorales sin diploma que acredite su verisimilitud.  La última de ellas apareció no hace mucho cuando un suceso, en el que de alguna manera me vi implicada, me hizo reflexionar acerca de las decepciones sufridas en el mallado de los afectos que vienen y van a lo largo de los años y según las circunstancias a las que nos enfrentemos.  Se me ocurrió dibujar un sistema solar conmigo el centro rodeada de planetas orbitando alrededor de las cuerdas que me atan a su centro de gravedad con el corazón en el puesto de almirante.  No son los únicos que existen en este raro universo de amores y desamores, también, y mucho más lejos, existen estrellas diminutas de mil colores con las que intercambio alguna que otra palabra porque el lazo que nos une es eventual: buenos días, hace calor, hace frío, gracias por tu colaboración y poco más pero que, de pronto, se acercan para lanzar un salvavidas con el brillo inesperado de su bondad.

Cuando se tienen 15 años se da por hecho que el lazo que se establece con el/a amigo/a de confidencias va a ser eterno, inquebrantable y estable hasta que llega el primer empujón al suelo de lo imprevisible con las rodillas desolladas.  Es en ese momento cuando uno empieza a percibir que el cosmos que creía firme se tambalea y que la maroma que presumía de acero, no es más que una trenza de hilos que se rompen cuando se busca como el refugio donde curar las heridas. Los hay testarudos que insisten en vincularse a ese tipo de asteroides, sin sensibilidad o empatía hacia el que lo considera su amigo, porque la atracción que sienten por ellos, teñida del miedo a la soledad, es más fuerte que el instinto que los alerta del peligro de aferrarse a un simple cordelillo anudado al dedo de las utopías.

Mi sistema solar se ha ido modificando con el paso de los años, a veces con dolor y, otras veces con verdadero alivio. He ido cortando cadenas que me amarraban a estrellas que presumí soles y que, cuando la vida me atizó fuerte, demostraron ser océanos de hielo incapaces de proyectar un rayo de calor con el que taponar la herida, globos de helio a los que liberé y de los que me liberé a pesar del esfuerzo que implica desmenuzar el cariño en virutas de indiferencia por quien no supo o no quiso vestirse con la ropa de mi tristeza.

Sin embargo, en la vorágine inquieta del espacio en el que me muevo, descubrí una legión de cometas que detuvieron su camino para avivar el oxígeno que necesitaba para recobrar la respiración una vez me levanté del suelo, limpié la piel de arenilla y empecé a caminar con las muletas de su compañía.  No hicieron ruido, apenas si soplaron el aliento con un mensaje, una llamada o una señal que me infló el pecho con sorpresa y gratitud en un cáñamo que ellos tendieron con su querencia.

Hace unos días, una amiga mía me habló de microinfartos cuando la confianza se rompe:  “es lo que ocurre si a quien habías entregado tu cariño reacciona con desprecio ante lo que para ti es esencial; un microinfarto, una parte del corazón que se necrosa y con la que hay que aprender a convivir tratando de que no amargue el resto de las emociones”. Le hablé, entonces, de mi modo de percibir los afectos como parte de un universo de luces y agujeros negros donde hacer desaparecer los pedacitos de corazón infartado. Ambas somos vehementes, temperamentales, intensas y vitales, de modo que, una vez desahogamos nuestras decepciones, levantamos la copa de vino y exclamamos al unísono:

  • ¡A tomar viento los tontos!

Y nos quedamos tan contentas