EL TRÍO LA-OLÉ

Este año estoy de celebración con una pareja de amigas francesas a quienes conocí hace unas cuantas décadas en un pueblo en la costa oeste del país de las crêpes. Mi madre había pactado un intercambio con la hermana del amigo de la sobrina de una monja de mi colegio, a quien le interesaba aprender español con una familia tradicional de Madrid, es decir la mía, cuyas referencias eran impecables a tenor del comportamiento modélico de la Taboada mayor, que no el mío, a lo largo de su trayectoria escolar.

Rose era un año más pequeña que yo e infinitamente más tímida, responsable y formal que la tornado de metro y medio de altura con la que confiaba descifrar la noble lengua del Quijote.  Mi madre no me preguntó si me apetecía permutar el hola por bonjour al otro lado de los Pirineos, lo dio por hecho y, con las mismas, hizo mi maleta, me llevó a la estación del Norte y me despidió con el decálogo de recomendaciones trepidando en mis orejas a la vez que se santiguaba pidiéndole al espíritu de mi padre que velara por mi educación no fuera a ser que me devolvieran antes de tiempo con un cartel en el pecho: Objeto caducado.

Reconozco que no estoy muy segura de que aquello no fuera una triquiñuela materna para reducir el estrés de criar a cuatro hijos, en lugar de cinco, durante el mes de estancia que la quinceañera pasaría entre extraños, pero de lo que sí estoy convencida es de la confianza que depositó en mi capacidad para desenvolverme sin dificultad en un viaje que incluía trasbordo de tren en un apeadero francófono a la una de la madrugada. Ni móvil, ni cabina ni señor policía al que preguntar en cristiano cómo saber qué ferrocarril era el que me transportaría a la meta, en su lugar un andén vacío, carteles ininteligibles y lo que parecía un chef de consigna contemplando mi expresión de pingüino en el desierto de la zozobra. No me arredré porque sabía que los españoles teníamos fama de ser catetos, pobres e ignorantes gracias a la inestimable ayuda del dictador (ya muerto) para resguardarnos de los vientos de la modernidad.  Conocía el prestigio que arrastrábamos y que derivaba en miradas de desprecio por pertenecer al norte de África como si Europa hubiera sufrido un corte al sur de la cordillera fronteriza, estaba preparada para soportar comentarios hirientes y actitudes groseras, pero el gen del orgullo estiró los talones hacia el tejado de acero y, sin vacilar un segundo, me acerqué al chef con una libreta en la que escribí el nombre de mi destino con el s’il vous plaît  acariciando el tono cándido y cortés de una adorable huerfanita. Funcionó y aquél hombre gentil abrió los dedos en abanico para mostrarme un cinco – Cinq minutes, mademoiselle, cinq minutes.

Nueve horas después me bauticé con el fuego de la euforia cuando por fin abandoné el tren para encontrarme con la dueña de la foto que mi madre había recibido por carta.  Rose me esperaba con una sonrisa abierta y la metralleta de su idioma saliendo a borbotones por la boca.  No entendí ni siquiera el bonjour o bienvenue con el que, supongo, me recibiría, de manera que me aboné al oui oh là là que recordaba de mi profesora de francés, nacida en Cádiz, con quien había asumido que el deje andaluz es incombustible a la hora de pronunciar cualquier palabra, con o sin tilde, en su última sílaba.  En definitiva, mi primera incursión lingüística tenía un cierto matiz aflamencado que fui corrigiendo con el paso de los días y que sirvió para romper el hielo con las carcajadas de la que sería mi nueva familia de acogida.

Willimina (nombre que ella misma se autodeterminó al ver mi incapacidad para articular el verdadero), se sumó una semana más tarde cuando Rose y yo nos trasladamos a la vieja casa que tenían unos tíos suyos en un pueblo costero donde fundamos el Trío La-Olé que, decenas de años después, mantiene los nudos de un cariño que atamos entonces y conservamos con sellos en cartas de ida y vuelta, conferencias telefónicas y vacaciones a uno y otro lado de la aduana. Aquél verano nos hicimos promesas que cumplimos a rajatabla a pesar de lo que parecía ser un hatajo de utopías pergeñadas por tres crías románticas que disfrutan de su libertad lejos de la disciplina impuesta por los jefes de sus tribus.

He sido madrina de sus hijos a quienes se les resiste el español como el francés a la mía, recorrido París con ellas como guías de primer orden, revelado que se puede ser chic con una camiseta de mercadillo, que ser descendiente de la antigua nobleza no otorga el título de chulería con los recién llegados del sur, por muy estereotipados que se luzcan en la calle, que las etiquetas son irracionales porque ni España es un torero ni Francia la cursilería impresa en la boca de piñón y que la tolerancia, el respeto y la lealtad se funden en un lenguaje común por encima de la conjugación de los verbos cuando hablamos de maneras de vivir la vida desde un prisma diferente.

El grupo La-Olé ha ampliado sus socios con dos maridos estupendos a quienes hemos integrado con alegría. Y, basta que una de las tres proponga reunirnos para que los hombres se apunten sin dilación a un plan en el que las tertulias se caracterizan por la combinación de acentos con las erres y las jotas confundidas.

Este año estamos de aniversario de chicas y ya hemos repasado fechas para rencontrarnos en el pueblo veraniego en el que fundamos el club.  Viajaré en tren con mi maleta de ropa algo más amplia, cremas antiarrugas y gafas de sol para ocultar el paso del tiempo en el retrato de maduritas que reviven la pubertad con un oh là là entonado con el deje andaluz y un Olé con la tilde afrancesada.

Nos lo merecemos...