LOLITA ESOTÉRICA

 

Sara es mi inspiración y mi entretenimiento más divertido cuando me llama para hablarme de las ocurrencias de Lolita y, aunque esté apurada por la hora, si encuentro su nombre en la pantalla, aparco las tareas en el rincón del “más tarde”, me siento en el sofá y descuelgo con la risa asegurada en la garganta.

  • ¡Hola Taboada! - ¿qué haces?

  • La cena para ver si consigo que María se acueste temprano

  • ¡Uff! Yo me he asociado con el club de fans de mi madre e imito sus decisiones mucho más inteligentes y prácticas que las mías.

  • ¿Por ejemplo?

  • A las 9 se cierra la cocina por el artículo Primero de la legislación Matamala (es mi apellido, por si no lo recuerdas).  Quien quiera cenar a partir de las nueve y un minuto, tendrá que buscarse la vida con la nevera y el microondas, así como te lo digo, y si hace falta que redacte estatutos de independencia, que por cierto está de moda, yo la primera en expedir unos cuantos acerca de la república cuya presidenta, es decir Sara Matamala, ha acordado con el vicepresidente, es decir, Ricardo Sánchez, mi marido, decretar horarios de comidas así como el reparto de actividades lúdicas como son la friega y aseo de baños, comedor y dormitorios.

  • Sara…te veo muy de actualidad, pero ¿te hacen caso?

  • ¡Que va! Pero lo intento…

La escucho suspirar y espero a que continúe

  • ¿Te ha contado tu hija el último experimento de Lolita?

  • No, ya sabes que tienen un pacto de silencio y no habla ni bajo tortura del tercer grado

  • Lo imaginaba…pero sí te habrás enterado del trabajo que tenían que hacer para la clase de ciencias.

  • Si, mi hija estaba furiosa porque Laura no les había permitido estar en el mismo grupo

  • A Lolita le pasó lo mismo, llegó echando pestes del profesorado y sus manías persecutorias hacia ella que nunca, pero que nunca, hacía nada malo…en fin, el caso es que mi querida hija nos pidió permiso a su padre y a mí para ver si podía invitar a casa a las tres compañeras con las que tenía que hacer la presentación para el resto de la clase y naturalmente le dijimos que sí ofreciéndole, incluso, nuestro ordenador que es bastante más apañado que el suyo.

Escucho una risita

  • Perdona – se disculpa – pero es que tengo que reírme porque cuando te cuente lo que hicieron no te lo vas a creer. El caso es que llegaron las miladies del acné, les ofrecí merienda y se encerraron impacientes en el dormitorio por empezar a trabajar con los folios de información que habían conseguido en el google.  Ricardo y yo nos miramos mosqueados por tanta responsabilidad repentina e impropia de Lolita que, como sabes, es una profesional en eso de escurrir el bulto con cientos de excusas que para su desgracia no cuelan porque a su edad no había nadie mejor que yo para engañar a mi madre, una bendita, que creía todo lo que yo le prometía por descabellado que fuera.

       Bueno, el caso es que Ricardo y yo nos fuimos a la cocina para tomar un descafeinado con magdalenas (recuérdame que te envíe una bolsa con tu hija porque las he comprado en un horno de panadería que han abierto nuevo en el barrio y están buenísimas), y charlando bajito por si escuchábamos algún ruido sospechoso que nos diera una excusa para entrar en la habitación y descubrir si estaban estudiando o dedicándose al selfie para ponerlo en Instagram que, por cierto, vigilo sin que Lolita se dé cuenta porque me he creado un perfil falso con una foto de un guaperas de su quinta y la muy pánfila me ha aceptado como amigo sin saber que ando detrás para cotillear lo que cuelga.

Estornuda y rezonga

  • ¡Maldito resfriado! – tengo que comprar miel porque me pica la garganta
  • Si, pero antes, por favor, cuéntame qué pasó con tu hija

  • Bueno, pues la situación era esta:  Ricardo y yo en la cocina, Kike viendo la tele, el gato a su aire y las cuatro miladies del acné encerradas en la cueva.  Aguantamos una hora como un par de campeones hasta que abrí el cubo de la ropa sucia, cogí uno de sus pantalones y me fui al dormitorio para preguntarle si le haría falta porque iba a poner la lavadora.  Llamé con los nudillos y abrí de sopetón por si acaso las pillaba in fraganti y no les quedaba más remedio que confesar el delito. El instinto no me falló porque lo que vi fue a cuatro apaches sentadas en el suelo formando un círculo, sosteniendo un rotulador de esos de toda la vida entre los dedos, una vela blanca en el centro y las pantallas de los móviles mostrando la cara de zagales de su quinta alrededor del cirio.  Un cuadro, Almudena, un cuadro te lo juro.  A mi hija casi le dio un infarto pero las otras no se quedaron atrás y a poco tenemos un aquelarre de adolescentes patitiesas en la alfombra que, además, empezaba a oler a quemado.

  • Pero, ¿qué demonios estáis haciendo? – les pregunté tratando de no elevar el tono y asustar al resto de la familia. ¿Y el trabajo? ¿Y el ordenador? ¿Y los folios?

Mi hija recuperó su estatus de tranquilas-que-esto-lo-arreglo-yo y respondió impertérrita:

  • Invocando al subconsciente de Pedro, Tomás, Marcos y Pepe.

Oye, que casi me atraganto con la saliva, te lo juro, pero conseguí dominarme e imitando la expresión imperturbable de Lolita insistí en el interrogatorio

  • Genial, muy buena idea si supiera qué significa y para qué se supone que son los rotuladores y la vela que está a punto de provocar un incendio que nos deje sin casa que, por otra parte, no tenemos intención de abandonar a excepción de ti si lo que quieres es que te llevemos a un convento de clausura para aprender a cocinar pastelitos de crema de esos que venden a precio de oro y que están riquísimos. A tu padre le encantan, ya lo sabes.

Solté una carcajada

  • Te estás burlando de mí

  • Que no, Taboada, que te juro que solté la parrafada de un golpe y sin inmutarme. Naturalmente, las tres jinetas del Apocalipsis me miraron con cara de susto por si resultaba que estaba loca y tenían que salir corriendo, pero Lolita las tranquilizó enseguida diciendo:
  • No os preocupéis, mi madre es muy vacilona y está hablando en broma.  A ver mamá, estos chicos nos gustan y estamos tratando de leer su subconsciente para saber si nosotras también les gustamos.  Lo del trabajo era una mentirijilla sin importancia que tenemos que hacer en clase, porque si hubieras sabido la verdad no me habrías dejado, y lo sabes, pero no te preocupes porque no es nada malo. Mira, si tu coges el rotulador por un extremo, lo subes y lo bajas acercando la punta a la llama, nombras al chico que te interesa y cuentas hasta cinco, tu mente viajará hasta donde esté y sabrás qué siente él por ti.  Mami, (cree que con el diminutivo tiene la batalla ganada), funciona y créeme que es flipante; hemos visto que Tomás está hecho un lío, no sabe si le gusto más yo o Paula pero es que a Paula no le gusta pero a mí sí. ¿Lo entiendes?
  • Si, claro, cariño, entiendo que ahora mismo vais a apagar la vela, recoger las carteras y salir por la puerta antes de que llame al gato, invoque a la gata del vecino y tengamos que celebrar la boda.

Sonrío de nuevo. 

  • ¿Y se fueron?

  • ¡Hombre! Tú que crees – termina con una risita – salieron escopetadas sin decir adiós por si las perseguía con una escoba mientras Lolita insistía en que yo era así de guasona, que no tuvieran miedo y que sólo era una cuestión de un gen perdido en no sé qué lugar de la cadena pero que no era peligroso.  Se lo he contado a Ricardo y me ha dicho que con mi forma de actuar nunca conseguiré que Lolita traiga a sus amigas a casa, de modo que estoy pensando en si debería invitarlas otra vez y apuntarme al rollo de la invocación por si me sorprendo con la noticia de que mi marido tiene intención de viajar a Honolulú dejándome a mis anchas con el gato, los niños y la hipoteca. ¿Tú qué piensas?

  • Que si te decides, yo también me apunto…