FEOS

Hay muchos tipos de feos a quienes categorizamos según sea nuestro criterio de belleza al margen de los modelos con los que los publicistas copan las marcas de sus productos.  

Honestamente reconozco que ni he participado ni incrementado voces de chismes sobre la guapura de mis compañeros de estudios o trabajo porque nunca le he dado más importancia que la que realmente tiene a menos que el escaparate sea la pieza más relevante del individuo que acabamos de conocer.

Estamos viviendo una revolución a favor de la defensa de las mujeres que han sufrido acoso, vejaciones y, en el peor de los casos, maltrato y asesinato a lo largo de siglos de aceptación social y resignación cristiana transmitida de generación en generación con el peso insoportable de un karma sagrado.  Se habla de si el piropo está en desuso, si no hay que mezclar galantería con grosería o si se está cruzando un límite peligroso hacia el maltrato del hombre como centro de una diana a la que lanzar el veneno de dardos que las mujeres han ido acumulando con comentarios acusatorios, bien porque iban provocando, bien porque ellas se lo habían buscado o bien porque fingían asco cuando, la realidad es que les atraía el morbo de sentirse esclavas del poder masculino. Decenas de años de resignación y silencio, inculcados desde la cuna, a la que las víctimas se han enfrentado con valentía y a las que hombres y mujeres de bien han secundado sin recelos o fisuras.

Hay demasiados especímenes que sin matar, robar o violar, consienten la agresión como parte de una vida que no querrían para ellos porque partiría en dos la plataforma sobre la que asientan sus razonamientos. Individuos con los que convivimos y que ironizan con desprecio cada denuncia pública de un acoso sexual: se ha puesto de moda…es una estupidez armar tanto jaleo por algo que ha ocurrido toda la vida, no sé de qué se extrañan si sólo hay que mirar cómo van algunas por la calle para llamar la atención y luego, si ocurre algo malo, van y se quejan.. mentes retrógradas a las que maldigo con la rabia que me proporciona mi 75 por ciento de meiga gallega y otro 25 de herencia gitana sin confirmar pero que, seguro, circula por la genética de mi torrente sanguíneo.

Feos, este tipo de señores que alardean de su condición de trogloditas, son feos por muy atractivo que luzca su rostro, el platino en la tarjeta, el color de los ojos o la envergadura de su espalda.  Espantosamente feos y dignos de ser trasladados a una cueva en la que subsistir con cuchillos de piedra, pieles sintéticas y raciones diarias de palomitas con sabor al vómito que arrojan los inocentes después de haber sido abatidos por un semejante de los de su especie. Humanos con hielo en las costillas, ignorantes y grotescos enfundados en trajes, camisetas o corbatas impermeables a la sensibilidad y empatía con los más vulnerables de una cadena de la que habría que apartar eslabones de cualquier género, masculino o femenino, que minimice la profundidad de una cicatriz que supura angustia, impotencia y rencor.

A todos estos paleolíticos del siglo XXI les diría que cejen en su empeño de vampirizar a las mujeres con sus arengas de una supremacía incierta; que contemplen a sus hijas, esposas, madres como víctimas posibles de un ataque sexual y si con ello consiguen paladear por un microsegundo el hedor del delincuente, quizá entonces contemporicen con el sentido común que nos iguala bajo el paraguas del respeto a la dignidad humana que todos y todas compartimos.

Y, por supuesto, mi deseo de que no se vean obligados a cruzar al otro lado de la barrera para apretar la mano de una hija, hermana o amiga a quien hayan acosado, agredido o insultado, que no tengan que secar sus lágrimas con el pañuelo de su propia tristeza, que la ira no les tizne las pupilas de deseo de venganza porque les aseguro que, aún con la suerte de no haberlo padecido, no necesito un cartón de palomitas para intuir la herida lacerante de un cuchillo de pedernal en el latido entrecortado del pecho.