EL CARNAVAL

Fiesta de carnaval y los perros de Paulov pellizcando el esófago con la nostalgia por la cocina humeando lacón, patatas, grelos, garbanzos, tocino y sopa.  Mi padre no perdonaba un fin de semana sin mantener la tradición, era el cocinero perfecto con mi madre de pinche hasta que él murió y ella ocupó su lugar con los hijos de ayudantes.  El postre era lo más preciado y latoso de hacer: las filloas.  Se buscaba el puchero más grande y se removía el líquido amarillo hasta que tuviera la consistencia adecuada para que la tortilla no resultara espesa ni tampoco tan líquida como el suero de un yogur caducado.

El domingo de carnaval me despertaba con el olor a la aldea entrando por debajo de la puerta de mi dormitorio madrileño. Me levantaba deprisa y corría al encuentro del chef que me daba un beso de buenos días para luego empujarme al pasillo porque no quería estorbos en pijama robando las filloas del plato. No había disfraz ni música o baile, pero sí una mesa atiborrada de fuentes simulando el tablero familiar del norte con su mantel de domingo, vajilla de loza, delantales cruzados en la cintura y voces recias de mujeres de labranza que, por un día, gozaban del encuentro de hermanos y sobrinos con un tazón de vino y el halago de los comensales: ¡Unha verdura preciosa, Clotilde!

Los mayores se han ido pero la tradición ha continuado en los padres de mi generación y en la calle donde pasear, bailar o cantar con máscaras, pelucas y vestidos de colores imposibles. Me confieso perezosa y, aunque me propusieran participar del evento más divertido del mundo, no me vería capaz de buscar una túnica, pantalones de bombero o maquillaje de purpurina que me hiciera estornudar. Mi última incursión en el festejo ocurrió cuando andaba por la treintena y el cebo para viajar al pueblo gallego era la promesa de un cocido entre primos y a la vieja usanza de pucheros añejos en los fogones de leña y acero.

  • Tienes que venir disfrazada – decretó mi prima – no importa de qué, pero disfrazada.

Abrí la puerta del armario y contemplé mi anatomía con los ojos entrecerrados por si me ayudaba a visualizarme como Barbie, Supermán, china mandarín o flamenca de volante y tacón.  En aquellos años no había comercios orientales con ofertas tamaño small, médium o King size a precio de ganga, si acaso, tiendas especializadas en el centro de Madrid y caras como diablos millonarios.  Fruncí el ceño y acudí a mi madre que solía tener la respuesta precisa con un chasquido de dedos. 

  • Mamá, ¿de qué me puedo disfrazar?

  • De vaca – respondió sin miramientos

  • ¡Hala! – me quejé ofuscada – ¡No estoy tan gorda!

  • No, hija, no. Tu siempre por la tremenda – resopló – Tengo un pijama blanco de tu padre por ahí guardado.  Le pintas unas manchas en negro, le ponemos una goma en la cintura, unos cuernos de periódico y, por último, le pides a tu hermana que te haga las orejas porque como tú lo intentes, te van quedar como un churro.

Me emocioné.  Buenísima idea de vestirme de vaca con nombre en un cartel y cencerro para completar el ropaje. Llamé a mi prima:

¡Ya tengo el disfraz! Saldré temprano para intentar llegar a la hora de comer. ¿Estás segura que no voy a ser la única en ir de mamarracho?

  • Que no, hombre, que no, esa es la condición o aquí no entran. 

  • De acuerdo

El cero patatero es más diestro que yo cuando se trata de coser, pintar o dibujar pero tengo que reconocer que, una vez finalizado el trabajo, ni la vaca Margarita, estaba más guapa que yo.  Me sentía orgullosa contemplándome de frente y de costado con el cojín atado al abdomen bajo la tela, las botas con pezuñas de cartulina, las orejas que mi hermana había confeccionado con acierto, los cuernos del diario ABC y el cartel en blanco y negro: Verbenera.

Hice la maleta, madrugué y recorrí los 600 km que me distanciaban de la celebración con dos paradas, una para poner gasolina y la otra para colocarme mi maravilloso traje con la idea de sorprender a los Taboada teniendo en cuenta mi fama de ridículo el justo y necesario.  La frustración empezó cuando me adentré en la geografía gallega para atravesar pueblos en los que sus habitantes paseaban con sábanas de fantasma, chaquetones raídos de espantapájaros y vacas, infinidad de vacas.  Un coche de policía me adelantó y el copiloto me saludó con la mano: ¡Adiós Margarita ¡ - acerté a interpretar – ¡Verbenera, merluzo! – respondí a sabiendas que no me oiría – ¡Verbenera…!

A las cuatro de la tarde estaba entrando por la era. Aparqué el coche y me dirigí a la entrada sujetando el badajo del cencerro para no delatarme. Abrí la puerta, crucé el zaguán, empujé la segunda y me presenté ante la mesa de primos con el lacón en el plato.  Conté los pares de cuernos: Seis, pero si sumaba los míos, ocho.

Saludé al rebaño, al pastor, al gallo y a los pollitos. Luego me fui hacia la bandeja de filloas, atrapé un par de ellas, las introduje en la boca, me senté entre las terneras y mugí con todas mis ganas:

¡ Preciosos los grelos ¡