MENTES ENFERMAS

A raíz de la noticia de abusos sexuales por parte de directivos de la ONG, Intermón Oxfam, en Haití, han aparecido casos semejantes en otras organizaciones solidarias una vez las auditorías internas los han detectado, tomado medidas y ocultado hasta que no les ha quedado más remedio que denunciarlo públicamente para, imagino, evitar la fuga masiva de donantes confiados en la integridad de su labor.

Colaboro con varias ONG’s y estoy absolutamente convencida de que la inmensa mayoría de los ejecutivos, socios o voluntarios, realizan su tarea por vocación, generosidad y entrega. Hombres y mujeres, que si han escogido dedicar sus vidas a proyectos con los que mejorar las condiciones de vida de los más desafortunados (conozco personalmente a varios), no ha sido para dar rienda a sus instintos más bajos con la inmunidad que les proporciona su tarjeta de visita. Sinceramente no creo que las asociaciones de defensa de derechos humanos, sea cual sea su nombre, escondan cloacas de depredadores sexuales a la caza de niños/as y mujeres vulnerables e indefensas, no lo creo. No son los únicos que tienen que barrer los desperdicios de su casa, también deberían hacerlo sociedades multinacionales cuyos consejeros, banqueros o socios de alto nivel, se deleitan con el comercio sexual en países del tercer mundo donde la oferta reside en mantener relaciones con niñas que apenas acaban de abandonar la cuna. Y, si me acerco más al ambiente que me rodea, no dejo de preguntarme qué ocurre para que existan individuos, quizá vecinos, quizá familiares, ávidos por pulsar el play en vídeos de pornografía infantil con los que nutrir el placer de sus personalidades enfermas.

La cuestión no reside en el cargo que esta especie de ejemplares masculinos ejerza, estrato social al que pertenezca o trabajo que desempeñe si no en la ausencia de la más mínima consideración por los niños/as y mujeres a las que somete como meros objetos con los que cumplir sus deseos más primarios.  Hombres que matarían a aquél que viola a sus mujeres porque pertenecen al territorio que ellos lideran, pero que justifican sus fechorías con argumentos que provocan náuseas a poco que se alcance un mínimo de sensibilidad. Delincuentes con exceso de testosterona en el glaciar de sus venas, impotentes ante el dolor ajeno, el asco que suscitan y la muerte que producen a la vuelta de un recibo indigno.

En Estados Unidos se ha celebrado un juicio contra un médico, Larry Nasar, a quien han sentenciado por abusar de más de 260 gimnastas a lo largo de su carrera profesional.  La juez que lo condenó abandonó por un momento su toga para dirigirse a él como la mujer que ha sabido situarse en la piel de cada atleta rota ante el estrado:  Usted sabía que tenía un problema antes incluso de ser médico, podía haberse alejado, podía haber ido a cualquier parte del mundo para tratarse, de hecho lo habría hecho de haber sido un cáncer, pero no, decidió no solucionar eso que tiene dentro y que lo convierte en un depredador sexual, su decisión de atacar fue precisa, calculada, manipuladora, torturadora, despreciable…

Larry Nasar no es un caso aislado, hay muchos, demasiados como él en el mundo con la diferencia de que sus víctimas proceden de lugares a los que las cámaras de televisión no llegan acompañadas de una justicia que las proteja.  Y, mientras las ONG’s, limpias de deshechos, no denuncien, mientras los tribunales de derechos humanos no ejerzan su labor y, sobre todo, no nos tomemos en serio educar a nuestros hijos/as en burbujas conscientes de una realidad que nos afecta a todos por igual, continuaremos leyendo y escuchando noticias que escalofrían la espalda.