EL TAXISTA

 

El taxista es uno de los muchos que circulan en Madrid con la música sonando aflamencada en la radio, el banderín del Real Madrid pegado con una ventosa en el cristal delantero y la imagen de San Cristóbal sobre un imán que coloca en el centro del salpicadero. Hoy no ha sido un mal día, no de los peores al menos, pero está cansado y quiere volver a casa pronto.

Mira por el retrovisor y observa a su pasajero con disimulo. Es un hombre maduro, grueso y de aspecto intelectual que está hablando por el móvil con una sonrisa maliciosa en los labios. Basilio no es entrometido, como tampoco de los que establece conversación a poco que el viajero lo interpele con cualquier tipo de excusa; se reconoce adicto al silencio por desconfianza y temor a que el interfecto resulte ser un iluminado que le aturulle la cabeza con radicalismos políticos, soflamas llenas de consejos o confesiones de una vida personal que a él, francamente, le traen al fresco.  Sin embargo, el hombre que ha recogido en la estación de Atocha, tiene un aire juvenil que le recuerda a su mocedad cuando sorbía los vientos por Rosita, la muchacha por la que abandonó la cuadrilla, trabajó de repartidor para comprar el coche, y con quien fundó una familia de dos hijos y dos nietos consumando, así, los planes de un futuro que les había alcanzado sin apenas darse cuenta.

El pasajero baja la voz y se ríe ajeno a la mirada de reojo que el conductor le regala mientras espera a que el semáforo se tiña de verde. Parece un hombre feliz, enamorado como un colegial a pesar de haber superado la barrera de los cincuenta; ilusionado con Dios sabe quién puede ser el amor que lo retrotrae a los años de bigote incipiente, gomina en el tupé, besos en el callejón y guateques trasnochados. 

  • Sí, cariño, nos vemos mañana a las siete en el café de la esquina.  No, no creo que llegue tarde, la reunión empieza a las cuatro y es para debatir un tema concreto, bueno, eso espero porque ya sabes lo pesado que se pone a veces Enrique… sí.. – se ríe – el del cinturón con chapa de sheriff…de acuerdo tesoro pero ahora tengo que colgar porque estoy llegando. Te llamo en un rato y me cuentas. Un beso amor

El taxista pulsa el intermitente y frena: son 9 euros con 20 - dice con su tono neutro habitual. El pasajero saca el monedero, paga y se baja dándole las gracias con un hasta luego que a Basilio le resulta extrañamente cercano. Respira hondo y apaga la bombilla del techo: es suficiente por hoy – murmura subiendo el volumen de la radio - suficiente

Media hora más tarde entra por la puerta de la cocina y aspira el olor a guiso de carne que tanto le place.  Rosita aparece en el umbral y le saluda con un beso en la mejilla:

  • ¿Qué tal el día? Pareces contento

  • No especialmente – responde Basilio – sólo estaba pensando en que hace demasiado tiempo que no te digo que te quiero – carraspea -  y te quiero,  lo sabes  ¿verdad?

Rosita le da un empujón en la espalda y responde con la voz sutilmente temblorosa:

  • ¡Pues claro que lo sé, Niño! – Venga, vete a duchar que quiero cenar antes de que empiece la serie

El taxista esboza una sonrisa: Niño…¿Hace cuánto que no lo llamaba así? Gira sobre sus pies y se encamina hacia el pasillo para detenerse frente al espejo que su mujer se empeñó en colgar para retocarse el pelo antes de salir a la calle. Sesenta y seis cumplidos, pero parecen muchos más…

- Es hora de jubilarse - musita

Introduce la mano en el bolsillo de la chaqueta, saca la llave del coche y la deja sobre la repisa del dormitorio.

Está contento.