¿LIBERTAD DE EXPRESIÓN?

 

Estos días de condenas de cárcel por mensajes y canciones con tufillo a enaltecimiento del terrorismo, amenazas o calumnias a la máxima representación del estado, han provocado un pellizco de aprensión al exponerme con opiniones en las que siempre he evitado escribir palabras groseras por una cuestión de ética personal.  Los medios de comunicación y redes sociales arden en debates con cada sentencia judicial que implique prisión para los acusados que, una vez se quitan la careta de matones, no dejan de ser como cualquiera de nosotros con un brote de rabia exagerado y, en cierta manera, peligroso.

El lenguaje es un arma poderosa como también lo es sufrir la impotencia que supone la falta de oportunidades para llevar una vida digna, el abuso continuado de suministradoras de lo básico con sus recibos indecentes, la emisión de imágenes con cargos políticos que se han beneficiado de dinero público y que apenas si dan un paseo por las celdas de una prisión, acusados con poder económico para contratar bufetes millonarios que los libren de pagar sus fechorías, y raterillos defendidos por letrados de oficio quienes, únicamente la pasión por su trabajo, conseguiría librarlos de condenas excesivas.

Leo, observo las noticias tratando de posicionarme en ambas caras de una situación, que no desearía sufrir en carne propia, y que me plantea dudas a la hora de establecer límites en la libertad de expresión que considero innegociable.  Ahora bien, ¿hasta dónde se puede permitir el insulto, provocación y agresión verbal sin que exista un castigo? ¿Hasta cuándo podría soportar ataques de anónimos que no sólo me amenazan a mí sino que, además, extienden su odio a mis hijos? ¿Puedo confiar en que no van a llegar más lejos, que mi familia no sufra el acoso, la burla o la intimidación por quienes hacen eco de mensajes agresivos? ¿Qué nivel de exigencia hay que aplicar para que la frontera entre el brote de ira y la certidumbre de que existe una probabilidad alta a que el emisor de las cartas cumpla con su cometido? ¿Acaso no está el mundo poblado de violentos delirantes? y, por último, ¿Cuántos justos pagarán por pecadores infames y absueltos?

No soy jurista ni pretendo estudiar manuales de leyes interpretables a tenor de lo que leo en las noticias, a pesar de mi escepticismo respecto a la objetividad de la prensa, pero sí tengo bastante de soñadora con utopías como cerillas que se encienden y apagan tan pronto la nube se esfuma y, bajo ese prisma de irrealidades, agarro una toga y un martillo para condenar a los impulsivos de palabras desagradables a realizar trabajos para la comunidad, que falta le hace, fuera del horario laboral, con una botella rellena de dignidad, tila y simpatía hacia los desfavorecidos que habitan el escalón más bajo de la supervivencia. (Los que pintan cuadros o emiten opiniones sobre otro tipo de cuestiones calientes, en la calle libres y a solas con sus conciencias).

En cualquier caso, a cada uno de los que se adueña de espadas con hojas configuradas con letras agresivas, títulos de magistratura cosidos a una capa o guitarras estridentes, a cada individuo que se erige en justiciero con la ira descontrolada en el dictado de su pensamiento, o la aplicación de leyes en función de una moral discutible, los ataría al centro de la diana que antaño diseñaron para arrojar sus dardos y, cuando vieran acercarse la flecha que otros les disparan, les preguntaría bien cerquita de su oreja:

¿De verdad querrías esto para ti?