CUESTIÓN DE COULOTTES

Últimamente hay un trasiego de coulottes en mi edificio que empieza a provocarme cierto desasosiego por esa rara cualidad mía de psicoanalizar hechos repetitivos con vistas a traída de suerte o desgracia según me pille el día. El primero en hacer su puesta en escena es uno negro con breve pernera  en el alféizar de la ventana de mi hija que agarramos con la punta de los dedos para deducir que es un calzoncillo mitad siglo XX, mitad XXI por la hechura, algo extraña, de sus costuras.  La joven Taboada y yo elucubramos con la vecindad de los pisos superiores haciendo cálculos de a cuál de los miembros masculinos puede pertenecer la prenda interior: el calvo menudo con gato de mala leche, el dandy de traje y corbata o el dueño de un perro gigante con timidez enfermiza. Por otro lado, no estamos seguras de que ninguno de ellos quiera recuperar la lencería, debido la intimidad que conlleva, pues nuestra relación con ellos se limita a los encuentros fortuitos en el ascensor careciendo de información oportuna: nombre, edad, estado civil o puerta del domicilio que habitan.

Buscamos una bolsa de plástico del súper y guardamos el coulotte a la espera de decidir si investigar su procedencia o derivarlo al camión de la basura con una tarjeta de despedida que, para eso, mi hija y yo, somos muy cumplidas con el medio ambiente. Un par de horas más tarde, el calvo menudo con felino malhumorado, coincide conmigo en el elevador y siendo, como es, el más dicharachero de los postulantes, le pregunto directamente si ha echado de menos un calzón en su gaveta: ¡Pues no lo sé! – responde conciso – pero seguramente que es mío porque ya sabes que mi gato es un malasangre que nunca me deja en paz y es probable que lo haya empujado fuera mientras tendía la colada. Te espero aquí – continúa sujetando la puerta abierta del ascensor – tráelo y te lo confirmo.  Entro en el hogar, agarro la bolsa, salgo, se la entrego, saca el objeto, lo mira, me mira y concluye: Es una braga. Trago la saliva abochornada, farfullo una excusa y asiento al comprobar que tiene razón: es una braga.

Esa noche aparece un papel por debajo del umbral: ¡Hola!, soy Raquel, la del quinto. Se me han caído unas braguitas negras en tu tendedero. ¿Te importaría meterlas en mi buzón? Gracias. Mi hija lo lee y se ofrece a introducir el objeto por la ranura de su box correspondiente. Baja, cumple el cometido, sube y unos minutos después llaman al timbre.  Abro y me encuentro a la vecina del sexto: - Perdona que te moleste – comenta gentil – Óscar me ha dicho que cree que tienes una braga mía. (estoy contenta, ahora ya sé cómo se llama el calvo menudo del gato malaleche) y respondo dubitativa – No, creo que no porque Raquel nos dejó un mensaje reclamándola y se la hemos devuelto esta tarde. Mi vecina se encoge de hombros: ¡Vale!, entonces será suya!. Se marcha por la escalera y, poco después, escuchamos de nuevo el timbre.  Abro la puerta y aparece Raquel con la bolsa de plástico en la mano: ¡Muchas gracias! Te devuelvo la bolsa por si te hace falta! Y se va por el mismo camino que la del sexto. Cierro, miro a mi hija y le escucho decir: Si tanto se empeñan en encontrarla es porque debe ser de las caras

El segundo interfecto, en la corriente de coulottes de ida y vuelta, pertenece a la colección: Mercadillo-pueblo donde mi hermana disfruta de sus vacaciones y desde el que me llama entusiasmada. ¡Almudena! – aúlla - acabo de comprarte una braga negra que aprieta las nalgas. Ya sabes, de esas que levantan los glúteos para moldear el cuerpo. Mi vanidad carraspea: No me hace falta, estoy estupenda - ¡que sí, que sí! ¡Pruébala que la señora me ha dicho te pone el trasero respingón. – Ya.. y ¿Qué talla has cogido? – pregunto recelosa – Ni idea, la he calculado a ojo – se calla un segundo y continúa – pero seguro que te vale, vamos, estoy casi segura de que te vale. Volvemos esta tarde, paso por tu casa y te la dejo con la botella de aceite, queso y chorizos que también te he comprado – cuelga y me voy al dormitorio para contemplar el reflejo de mi perfil en el espejo.  Mi hija me observa suspicaz: ¿Por qué te miras tanto?Tu tía, que dice que me ha comprado un milagro para parecerme a Jennifer López, pero fíjate que yo me veo igual que ella…- La joven Taboada suspira y desaparece eludiendo el suspenso en diplomacia.

El nuevo miembro de mi lencería accede al hogar directo a la lavadora y, veinticuatro horas después, a la barandilla de la terraza de mi vecina de abajo por mi torpeza al presionar la pinza que lo tiene sujeto a la cuerda: - ¡Mierda, NOOOO! – largo al verlo ondear por el aire. Me calzo, me pongo la mascarilla, abro la puerta, salgo, bajo la escalera, llamo al timbre y espero.  No hay nadie. Subo, abro, me descalzo, me quito la mascarilla, me lavo las manos me asomo al balcón y contemplo la aprieto-nalgas plegada sobre el travesaño. Mi hija ha escuchado mi lamento y se acerca para hacerse un croquis de la situación con el ceño fruncido: Yo la rescato, mami, no te preocupes que yo te la rescato.  Quita la tapa del cubo de los porsi familiar, toma un ovillo de cuerda y un gancho, enlaza la una con el otro, anuda, se asoma a la baranda e inicia operación pesca dejando caer el anzuelo los 3 metros que nos separan del objetivo a la vez que yo instruyo: Más arriba, no… baja…a la derecha… no, que te pasas… a la izquierda… sube… no tanto… baja un poco… espera que se cae…no, por ese lado no, por el otro… engánchalo por el agujero… no hombre no, por ese no, por el otro… y así hasta que el garfio acata el destino de traernos la faja de vuelta a casa. No hace calor pero estamos sudando; mi hija toma la prenda, la estira en horizontal y en vertical: es enana.

-        ¿Qué talla de calzoncillos crees que usa el vecino del gato?

-        No me tientes, anduriña, no me tientes..