ELADIO - RETRATO DE MI LOCA IMAGINACIÓN

Caminando con mi hija y Arya por una ruta diferente a la habitual, me topé con un montón de latas de cerveza vacías, un ramo de flores vencido sobre el asfalto y un par de velas encendidas a los pies de la persiana cerrada de un bar como una especie de homenaje a quien supuse regentaba el local.  Me detuve frente a la puerta, hice una foto y miré alrededor buscando algún vecino que pudiera saciar mi curiosidad con una historia conmovedora, pero mi hija frustró el intento con un tirón de mi brazo por temor a la verborrea que me caracteriza y que tanto le mortifica. Me resigné con desgana, pero a cambio abrí la espita de mi imaginación para recrear decenas de posibilidades con un protagonista que diseñé como un hombre maduro, casado, sin hijos y triponcete al que los chavales pendencieros veneraban por su bonhomía.  Elegí un nombre: Eladio, un apodo: El súper y a continuación pergeñé una pandilla de adolescentes ávidos de exprimir la vida con alcohol y drogas a quienes mi personaje reconducía con una Coca Cola, un plato de croquetas y un manual de consejos a los que, por extraño que parezca, ellos hacían caso. 

Tiré del hilo de mi pasado y recuperé a David, un crío marginal al que dediqué los meses de colaboración con una ONG, para traérmelo de vuelta con la actitud chulesca que lo identificaba y que a mí me ponía al borde del colapso nervioso. Fotografié su cara desafiante en el mostrador del bar, la jactancia con la que se vanagloriaba de sus fechorías, su prepotencia al incumplir las normas y el modo con el que afrontaba la vida en una carrera hacia las tinieblas con la navaja afilada en el bolsillo. Rodé la escena con la cámara de mi espejismo: delincuente aborda un bar con un cuchillo, el dueño lo mira, se encoge de hombros y le espeta: ¿Tú eres tonto?. El chaval le devuelve la mirada atónita, no sabe qué hacer, eso no era lo esperado, Eladio tendría que haberse puesto nervioso, haberle dado el dinero de la caja o, si me apuras, salir a perseguirlo con un palo… En fin, cualquier cosa menos eso de pasar de él y decirle que era tonto. El súper sale de detrás de la barra, le quita la navaja, la tira al contenedor, lo empuja a un taburete, le obliga a sentarse y le pone una Coca Cola con un plato de croquetas recién hechas:  Bebe y come que te hace falta, chaval.  Las ha hecho Sara, mi mujer, y están muy buenas

David titubea lo justo para despojarse de la careta de matón y empezar a comer receloso por si aparece un policía en la entrada. No se fía de ese hombre a pesar de que sus colegas le advirtieron que no lo tocara porque es de los buenos. Bebe un sorbo del vaso y recobra la postura desafiante cuando Eladio se aproxima con un paño frotando cubiertos:

- ¿Y el colegio?

- No voy. No sirve de nada.

- Mira chaval, tú tienes cara de listo pero eres muy tonto.

- Soy listo, por eso no voy

- Tienes razón, no hay nada mejor que disfrutar la vida encerrado en un reformatorio o en la cárcel jugando a las cartas con un puñado de chorizos.

- No me des la brasa que tú no eres mi padre – interrumpe David

- No, no lo soy, pero me has caído bien así que te propongo un trato – responde el súper – Tú vas al colegio y yo te doy dinero a cambio de que limpies el bar con una condición: te quiero aquí todas las tardes haciendo los deberes.

Extiende la mano:

-        ¿Aceptas?

David se encoge de hombros y aprieta los dedos del súper con reticencia porque tiene hambre y porque da por hecho que Eladio es uno más de los que hacen promesas que no cumplen. El adolescente está cansado de las visitas de los funcionarios de Servicios Sociales que ofrecen y no dan, harto de las broncas en casa y, por qué no, hastiado de tener que sortear los peligros a los que se enfrenta con los tatuajes del miedo, pero se equivoca porque el súper no es un embustero ni un cantamañanas que presuma de buenismo sobre un taco de papeles mojados. Eladio es cabezón y perseverante en la confianza de lograr que el chaval consiga el título universitario que a él le falta; asume que será un proceso largo con una meta difusa pero no ceja en su empeño y paga material, matrículas y tasas, ampara y exige desde el cariño con el que se sienta cada anochecer para preguntar la lección, revisar el trabajo y premiar con un pescozón de orgullo cada reto superado.

Diez años después David telefonea al súper:

- Tengo la copia enmarcada del título para que la cuelgues en la pared como querías. Esta tarde me acerco con mi novia para que Sara y tú la conozcáis.

- ¿Cuántas chicas llevas? - pregunta el súper - Aquí no nos traigas más que nos encariñamos con ellas y luego Sara lo pasa fatal cuando las dejas.

 – Te garantizo que es la definitiva – David se ríe – Ana es diferente del resto porque es especial.

A las tres Sara lo llama con la voz entrecortada: Eladio se nos ha ido, cariñoel corazón de tan grande que lo tenía se le ha roto…los médicos no han podido hacer nada…

Y el bar se cierra y empiezan a apilarse las latas de cerveza, las velas, las flores… Y una mujer se para frente a la persiana para hacer una foto con su hija tirando del brazo para que no pregunte, para que deje en paz las vidas de una gente que ni conoce ni debería importarle.

-        Mamá estás muy callada. ¿En qué piensas?

-        En nada en particular.. bueno sí, escribiendo el guión de una película

-        ¿Con final feliz?

-        No exactamente

-        Entonces no me la cuentes.

Y regresamos a casa.