LA BUENA EDUCACIÓN

Tengo una hija adolescente que me recrimina cada paso que doy en contra de las normas que le enseñé desde que era una cría.  A veces tengo la sensación de estar conviviendo con un miembro de la comisión de censura familiar, pues no hay día en el que no me reproche algún tipo de comportamiento que contradiga lo que con tanto esfuerzo inculqué con sermones, razonamientos, algún que otro azotillo en el pantalón y poco más porque soy de condición blanda.

Y tiene razón en colocarme frente al espejo de la coherencia, aunque me fatigue escuchar sus arengas, pues mi ejemplo debería estar por encima de las órdenes dadas para que su educación fuera irreprochable.  No tiene sentido quejarme de que no se haya lavado las manos antes de comer (es un ejemplo), si yo misma no lo hago, o que no cruce la calle con el semáforo en rojo si su madre es la primera en atravesar la vía con el monigote verde en negro (por muy lejos que aparezca un coche).  Parece una tontería, pero no lo es si trasgredir las reglas se convierte en algo habitual e, incluso, un trofeo para los arrogantes que presumen de haberlo hecho sorteando el escarmiento.

Estos días, además del Covid, se está hablando de la monarquía española con dos bandos que andan a tortas por las redes sociales a favor o en contra de un rey, cuyo papel en la administración estatal está regido por la Constitución aprobada en referéndum.  No tengo muy claro si soy o no monárquica, pero de lo que estoy segura es de que hay una ley que cada mandatario jura cumplir cuando toma posesión de su puesto y por la que se otorga un lugar al monarca en la jerarquía de poderes, pese a quien le pese.

Cada ciudadano es libre de opinar si quiere o no la monarquía parlamentaria como modelo de estado, pero, en el caso de ocupar un puesto de poder constituyente, existe un código de respeto a la Ley que algunos reyezuelos se saltan a la torera confundiendo valoraciones personales con obligaciones de un cargo, elegido por mayoría, y cuya representación engloba a ciudadanos afines o contrarios a su ideología.

En España hay dos Comunidades, sobradamente conocidas, cuyas máximas autoridades son opuestas a la monarquía y, en consecuencia, se ausentan de actos en los que el rey participa como jefe de estado. Creen que su comportamiento es coherente con su pensamiento, pero olvidan que no son ciudadanos de a pie que eligen asistir a un evento en función de quien sea el protagonista del mismo, obvian que el letrero de alcalde o presidencia lo obtuvieron con la promesa de gobernar por y para todos, e ignoran que gestionar desde el sillón de su despacho incluye el código, no escrito, de una educación a la que ellos rebajan a la altura del betún de los zapatos con la frivolidad de su conducta.

Hace unos días, el rey Felipe acudió a Barcelona para una entrega de premios de la que la alcaldesa se ausentó en base a su criterio personal de rechazo a la soberanía. En el desfile de conmemoración de la Hispanidad, tampoco asisten determinados mandatarios por el mismo motivo: su oposición a un sistema democrático legitimado por votación.  Dirigentes que deciden tomar lo que les gusta y apartar lo que no como si la Constitución fuera una pizza con diferentes ingredientes que elegir en función de la porción que les toque. Alcaldes o presidentes de un pueblo con diferentes posturas ideológicas al que deberían representar en su totalidad y no sólo en la parte que ha otorgado el poder con el número de sus papeletas.  Y, no, no concibo la mala educación de sus actos, ni concibo ni apruebo que se comporten como niños de recreo con el “no te ajunto” en lugar de adultos responsables y respetuosos con el cargo que ostentan.

El Congreso es otro ejemplo de un curso de Primaria cuyos alumnos aplauden o abuchean al estudiante de turno.  A veces pienso si los diputados reciben una tiza al tomar posesión del cargo para trasladarse a la Escuela Infantil con algunas de sus cabezas más calvas, barriga prominente, tacones o pintalabios según sea quien ocupe un sillón; me gusta personalizar a la Presidenta (o Presidente) como la maestra con un martillito con el que ordenar silencio cuando la bulla alcanza niveles intolerables y, a los delegados, como combatientes de una guerra dialéctica en la que prima lo malo que es (o ha sido) el adversario por encima de propuestas negociadas con el objetivo de mejorar el estatus general de la clase. Podría resultar cómico pero no lo es, al menos yo no me río cuando observo sesiones parlamentarias que me producen vergüenza cuando sus señorías se enfangan en disputas de colegio. 

Hay una exposición sobre Miguel Delibes (uno de mis escritores favoritos) que visité el último fin de semana.  Los retazos de su vida, fotos, manuscritos, diarios me trasladaron a un tiempo en el que la elegancia y distinción formaban parte indisoluble de los buenos modales.  Las reglas de la buena educación, cortesía y respeto se consideraban casi indispensables en la comunicación con amigos, familiares o vecinos, así como había una exigencia implícita para conducirse con corrección a menos que quisiéramos acabar de cara a la pared, con la huella de la zapatilla en el trasero o redactando cien veces: tengo que portarme bien. Era impensable el desprecio a la autoridad, inconcebible el insulto o la agresión verbal que contemplo ahora en las redes sociales porque existía un código de cortesía que marcaba el camino de las relaciones interpersonales. Se ha mezclado libertad con el todo vale, confianza con colegueo de bar, trasgresión de las normas con el mérito, más que dudoso, de conseguir un lugar preferente en el Coliseo de emperadores que se burlan con su ejemplo de la identidad de sus votantes.

Mi madre solía decirme que la buena educación sería mi mejor tarjeta de visita y, de hecho, las únicas veces que me ha castigado ha sido por mi mal comportamiento en casa o con cualquiera que se cruzara por mi camino, fuera conocido, amigo o familiar. Quizá soy pesimista, pero tengo la impresión de que hay demasiado componente de la clase política, siendo del color que sea, que ha traspasado los límites de la  tolerancia para erigirse en cortesanos de la zafiedad convencidos de que el uso de su libertad les otorga la potestad de poder actuar con insolencia desde el sillón de su estrado.

Mi amigo Daniel, votante de izquierda y republicano de pro, suele decir que, a todos aquellos presidentes, diputados o alcaldes que se comportan como niños mal criados primando su ideología personal al cargo de representación que ocupan, les diría mirándolos a los ojos: Si has elegido estar aquí, recuerda que eres un empleado público y que tu sueldo lo pagamos los de un lado y los del otro, de modo que pasa por el aro y compórtate con la educación y dignidad que merece el país al que representas. 

Estoy de acuerdo.