QUERIDO MANUEL (PAPÁ)

 

Querido Manuel,

Se acerca el día de Todos los Santos y, como es habitual desde hace varios años, no iré a visitarte al cementerio porque tu nieta es quien decide la fecha oportuna para llevarte unas flores. Es curioso cómo reivindica su no creencia en Dios pero sí que tú la proteges desde que llegamos a casa; recuerda cómo solía decirme que hablaba contigo cuando estaba jugando con sus peluches y cómo a mí se me erizaba el vello porque eso del espiritismo, fantasmas y demás cuestiones esotéricas me ponen a mil las neuronas. No había visto tu foto aún, cuando ya mantenía conversaciones contigo que me retransmitía sin preaviso y a cualquier hora del día: que si la querías mucho, que si estabas muy contento de ser su abuelo, que si era muy guapa…. enfín, qué te voy a contar que tú no sepas siendo el responsable del departamento de su protección.


He narrado con humor las vicisitudes para alcanzar el nicho en el cuarto piso de un pabellón que nos tiene a mal traer con la escalera, ni te cuento el culebrón que viviremos cuando le llegue el turno a mamá, quinto piso, y los operarios tengan que subir la caja con ayuda de una grúa; me conoces y sabes que tengo una imaginación portentosa, de modo que ya estoy viendo cómo saldremos escopetados cuando veamos oscilar la cuerda que la sujeta para no acabar espachurrados en el suelo. Tu nieta gritará, llorará y protestará porque nosotros, tus hijos, estaremos a medias entre risas y lágrimas con la colaboración del humor negro que caracteriza a tu hijo Manolo. Asumo que organizar el caos del accidente, que te llevó a ti por delante y al resto de la familia a los hospitales, por parte de tus amigos debió ser harto difícil, pero reconóceme que comprar dos tumbas a cien metros del pavimento, no fue lo que se dice, una idea brillante. Los Taboada somos bajitos por definición así que no te ofendas si no decoramos las lápidas con un ramillete de flores, es que no alcanzamos, papá, no alcanzamos.


El año de tu partida fue bisiesto y, desde entonces, tu mujer alimentó la superstición de que el 29 de febrero era fatídico para la historia de la humanidad. Y lo cierto es que, tanto si es porque lo integré en el ADN, o porque la sangre gallega que heredé de ti tienta a las meigas, he sufrido con pesar la maldición de los bisiestos hasta llegar a este 2020 en el que se ha cebado con la expansión de un virus arrasando sin piedad cientos de miles de vidas. Quiero creer, creo, que estás cerca porque a ti lo del edén no te entusiasma si no estás acompañado de la gente que tanto quieres, vital como eres, y cabezota, ni Dios habrá conseguido convencerte de subir un escalón hacia la eternidad que pregona la Biblia, eres terrenal y apasionado por los circuitos de una tecnología que apenas empezaba a despertar cuando te fuiste. Quiero creer, y creo, que te enoja no haber estado a este lado del puente trasteando con ordenadores, móviles y aparatos científicos con los que descubrir los misterios de un útero que estudiabas desde la intuición y experiencia con mujeres postradas en la camilla de tu consulta. Y sé, quiero saber, que me escuchas cuando te cuento de esta locura que asola el planeta, de la inoperancia de una clase política que se enreda en lidiar batallas internas en lugar de reunirse alrededor de una mesa para alcanzar un equilibrio de ideas que nos saquen de este agujero negro, que la generación de sanitarios que te sucede está desbordada, exhausta e indignada con cada irresponsable que se levanta con una chapa de papel en la frente: A mí no me va a pasar…, de los miedos a un futuro incierto, la nostalgia por el abrazo, el delirio de los exacerbados para generar odios que deriven en conflictos insalvables, la tristeza de las calles vacías, el regreso a la confrontación entre bandos que deberían haber desaparecido hace mucho tiempo y de los que tú renegabas porque habías palpado la violencia fraguada con rencores añejos.


Sí, papá, hemos avanzado mucho en asuntos tecnológicos, se acabó pedir 25 pesetas por la calle para llamar a casa desde una cabina, utilizar el papel de calco rosa para copiar un folio, escribir cien veces tengo que portarme bien en clase, los juguetes articulados a falta de botón que los accione, la televisión en blanco y negro, los tenderos que fiaban sus productos a cambio de una cartulina clavada en la pared con una chincheta: señora de Taboada: 30 pesetas (hay tarjeta) , la inocencia de los 15 años en la red social de las pipas con Coca cola en la calle, las iglesias llenas, las postales y tarjetas navideñas, los abuelos de calceta y propina, el telegrama, los zurcidos meticulosos para que durara la ropa y las chuletas escondidas en los pliegues de la falda inglesa. Tu nieta se burla de mí cuando reivindico el mérito de nuestra generación para abrir el camino de la suya a este espacio de facilidades con el que convive, ella y los de su especie, pregunta si no nos aburríamos muchíiiiisimooo cuando éramos niños y tiene el cuajo de argumentar que los que hemos vivido en la antigüedad, no entendemos su mentalidad porque venimos, poco más o menos, que de la Era del mono. En fin, papá, qué te voy a contar que no hayas visto desde ese lado en el que necesito creer; y sin embargo, por detrás de las ondas que nos comunican, pervive el latido de emociones que no cambian por avanzada que parezca la Humanidad. Estos meses de desconcierto han avivado aquello que dábamos por seguro y que ha resultado ser vulnerable: un te veo mañana, las velas de una tarta de cumpleaños que soplar juntos, el beso a mamá en su colchón de inconsciencia, el sueldo con el que llegar a fin de mes, la respiración libre de telas que la coarten, la certeza de que una nariz mocosa es un resfriado sin posibilidad de acompañarse con un apellido mortal, el tacto de la piel amada, el pellizco cariñoso en el brazo y la garantía de un parlamento que no juega al parchís con nuestras vidas porque sus peleas chapuceras de ahora serán las causantes de nuestro naufragio en el océano de su egocentrismo, soberbia y ambición.


Manuel, sabes que te quiero y que sigo escuchando tu risa maliciosa cuando meto la pata con alguna tontería. Tu nieta también nota tu protección y afirma con rotundidad que, aunque Dios no existe (si lo tienes por ahí cerca, dile que no se lo tenga en cuenta), el abuelo sí como ángel de la guarda. No se lo rebato, papá, que ya sabes como son los adolescentes cuando se enrocan en una idea, la razón como a los tontos y, luego, si cambian de opinión, otra vez la razón como a los tontos hasta que sean capaces de debatir sin imponer su criterio.


Sobreviviremos al desánimo, miedo y mascarilla porque no hay otra alternativa mejor. Y recuperaremos la alegría, los achuchones y la cara al descubierto. Los capullitos seguirán siendo capullitos, la buena gente, buena gente y los periódicos encontrarán una vasta hemeroteca para recurrir a ella cuando falte contenido a las noticias.


Vamos, papá, que tenemos virus para un rato.


Y, por favor, no te alejes que te necesito, pero eso sí, sin hacer aspavientos que sabes lo mucho que me asustan los crujidos de madera, el siseo de cortinas o el ruido de los pasos sobre el parquet. Caladiño, papá, caladiño que te conozco…