FELICES FIESTAS

Escribo con el soniquete de los niños de San Ildefonso cantando los premios del sorteo de Lotería de Navidad, la niebla cubriendo mi balcón y Arya dormitando con los ojos semiabiertos a poco que escuche el ruido de un vecino pasando por delante de mi puerta.

El año huracanado va caminando hacia su final con los pies hundidos en el fango de nuestros pesares; si quería gloria la ha tenido y, si pretendía formar parte de la memoria colectiva con un crespón negro en la portada del calendario, lo ha conseguido con creces pues quien más y quien menos ha guardado un duelo por amigos o conocidos cuyas vidas fueron arrebatadas por un virus maldito.  Y, si, me niego a dejarme arrastrar por la melancolía que deja a su paso, a tragarme el cebo de su ponzoña, a vivir envuelta en pesimismo con mi gente tan lejos del calor de su abrazo, a permitirle que me quite las ganas de paladear la piruleta de una sonrisa afectuosa en la gente que quiero.

He frenado en seco las prisas para cumplir tareas en la maratón de los días, y descubierto que el nido que decoré con los tornillos de mi incursión al noble oficio del bricolaje, es el lugar perfecto para tomar fuerza cuando las emociones negativas me aturden la cabeza a golpe de condicionantes con el No al frente de un batallón de expectativas infundadas. La mente es lista y puñetera cuando está en modo tocapelotas, especialmente si el aire se enturbia con noticias que incitan al miedo a oprimir el diafragma con sus peores presagios, infla y desinfla pensamientos oscuros hasta que me harto de su persistencia, tomo el spray de los malos rollos y pulverizo su fealdad con las ráfagas de luz que emergen de los momentos felices.

Hay por ahí un meme que ironiza acerca de lo difícil que va a resultar hacer un programa de televisión con los mejores momentos de este año redondamente maldito, pero seguro que los redactores encuentran material en las idas y venidas de famosos por el panorama de cotilleos suculentos para suplir la ausencia de imágenes que nos hagan pensar que no fue tan malo.  Muchos de los que hayan sufrido el zarpazo de la pandemia no querrán oír hablar de consejos acerca de lo que deben o no deben hacer para curar la herida, les resbalarán las frases tópicas de lo positivo que debe ser uno y buscarán desahogarse en el hombro de quien quiera abrazarlo, aunque sea en la distancia, sin juicios, opiniones o dictámenes emitidos con la mejor de las intenciones pero tan ineficaces como un puñado de azúcar con el que endulzar la miel.

Es tiempo de abrir el corazón para acoger a quien necesita refugio, fuerza para seguir adelante, calor para fundir el hielo de la tristeza, sensibilidad para entender su desánimo y sabiduría para encontrar la palabra justa que le ayude a soportar su carga. Y, sobre todo, vivir minuto a minuto con la mirada puesta en cada instante de alegría por pequeño que sea, aprender que el humor relativiza lo más serio y agarrar la bandera de la ilusión con mano de hierro para que no escape entre las oleadas del viento.

Felices Fiestas a todos. 

Con todo mi afecto