QUERIDO 2021

Reconoce que te has hecho rogar desde que tu antecesor empezó a fustigarnos con la ira de un organismo letal sobrevolando el planeta.  Te han pintado con los colores de la esperanza en tubos de ensayo con la V de victoria en la vacuna, la amargura de quien mira atrás con un lazo de luto, el aliento sosegado de los supervivientes y la ilusión de los optimistas que brindan tu llegada con un vaso medio lleno de sonrisas. 

El 2020 se despidió con las uvas compartidas en pantallas de luces y calles vacías de euforia, bares con mascarilla y entrega de regalos marcando los metros que separan del roce, abrazos y besos de los reyes principales de nuestro afecto; no fue fácil, créeme, nada fácil contener el impulso de extender las manos para tocar al hermano, amigo o, incluso, cajero de un mercado con un gesto de buenos deseos para ti que acabas de nacer en un pesebre de paja trenzada con los hilos de la fe en el aire libre de amenazas. 

Tengo que contarte que sigo haciendo el tonto cuando se me cruza el cable de la sensatez a pesar de mi voluntad para aquietarme y pensar con lógica antes de actuar a las bravas.  En los días festivos, con mi gorro de Papá Noel (a quien, por cierto, detesto), recorrí la misma calle cuatro veces (ocho km exactamente) buscando una tienda de ropa que a mi hija había enamorado con esa pasión que desborda por los mini trapos que muestran su ombligo.  Has oído bien, 4 veces arriba y abajo hasta que llamé a mi amiga Geno, lista como nadie, le conté mi desazón y respondió contundente:  Almudena, te equivocaste de acera.  Cruza y vete por la de enfrente. Pues eso, 2021, que encontré los mini trapos después de pasar dos horas memorizando letreros y portales de un lateral confundido. ¿Te ríes? De acuerdo, acepto tu risa porque yo también me río a pesar de lo enfurruñada que me puse cuando el contador de pasos de mi pulsera alumbró un número diminuto en lugar de un cartelón reluciente: Objetivo cumplido con creces. Vete a casa a descansar.

No fue la única tontería de finales de tu predecesor.  Sabes de mis ganas de redecorar el hogar cuando me canso de contemplar las paredes como un cuadro impresionista que he pintado sin acabar de convencerme el resultado. Esta vez decidí que no le vendría mal una estantería en forma de cubo que descubrí en el almacén sueco del aprovechamiento de espacio.  Dicho y hecho, acudo al comercio (que diría mi tía Carmiña), pago, cargo y traigo al hogar con la sana intención de ser la emperatriz de su montaje.  Cuatro tablas, 2021, cuatro a ensamblar como las piezas de un puzzle.  Primer intento…una, dos, tres y la cuarta que no encaja.  Desarmo, segundo intento….Una, dos, tres y la cuarta que no se acopla ni a golpe de martillo.  Desarmo, abro el folleto de instrucciones y veo un número 1 en el tablón principal, ese que había dejado para lo último… tomo aire, me voy a la cocina, bebo un trago de cerveza, pico un colín con queso, cuento hasta diez, regreso a la alfombra y empiezo de nuevo. Eureka, tengo la estantería.  Abro la caja del riel y su hoja pertinente de indicaciones.  No entiendo nada, rayas verticales y horizontales con flechas, tornillos y taladros….Paso al paso número tres:  llamar a Geno.  ¿Cuándo puedes venir a colgarme la estantería?.  Hemos quedado el fin de semana.  Resuelto.

¿Continúo? Día cinco de enero.  Salgo por la mañana con mi corona de paje en busca de un cofre para los zapatos de mi hija.  Hace frío, pero camino tan rápido que ni me entero de que las orejas están rojas.  Cumplo mi cometido y regreso directa al supermercado para finiquitar la lista de productos puré de calabacín que apetece comer.  Voy con la bolsa de paquetes envueltos, un roscón, verduras y, cuando me inclino a pillar las cebollas, el suelo desaparece, las piernas flaquean y me lanzo en plancha hacia las baldosas con la frente a modo de parapeto.  Escucho ruido de pasos y el grito masculino de un empleado: ¡Se ha caído una señoraaaaaa! ¡Se ha caído una señoraaaaa! La cabeza me da vueltas pero eso de señora, me ha llegado al alma, digo yo que bocabajo con la mascarilla puesta no ha podido contar las arrugas. Tengo los ojos cerrados porque los párpados no responden a ningún estímulo por interés que tenga el entorno.  Me piden el móvil y el pin de desbloqueo para llamar a mi hija que llega cual sputnik en pijama y sofocada del susto: de estas me va a coger una pulmonía – pienso. ¡Vete a casa y ponte un abrigo! – le ordeno. Escucho el zumbido de la ambulancia, las voces de los sanitarios, la respiración entrecortada de mi retoño, y a mi garganta esgrimir en susurros: vértigo, es un puñetero y repugnante vértigo. Me van a llevar al hospital, pero les suplico que no, que a mi cama que ya me conoce y me cura solita.   Ni caso.  No pueden  Les hablo de llamar a los bomberos que, seguro, me trasladan en un plis plás, y oigo cómo un ambulanciero musita: no estás tan mal si preguntas por los bomberos, es que no nos ves porque estas fatal, pero somos muy guapos…Tengo la cabeza metida en una bolsa de plástico, pero consigo esbozar una sonrisa. Me suben a volandas, acomodan en una silla de ruedas, guían para trepar a la ambulancia, sujetan con correas, tensión, temperatura y sirena para trasladarme al centro hospitalario con mi cuerpo-gelatina dentro. Cinco horas después de suero en vena, retorno a la conciencia con los otolitos del equilibrio en vertical, me entregan el alta y recupero mi colchón con una enfermera solícita que, de exagerada que es, por un momento había temido su orfandad en un apartamento vacío de madre-petarda en los días sin sobresaltos.  Y dos días después, acudo al súper para agradecer la atención a la cajera: Qué susto, señora, qué susto cuando escuché el golpe.  Pensé que se había caído el mueble de las piñas naturales que hay en la frutería. Visualizo el mismo y deduzco que me está llamando gorda sin aspavientos.  Me caen bien estos chicos, y el precio de sus productos es económico, pero no sé si perdonarles los dos epítetos con los que me han definido: señora y gorda.  Lo pasaré por alto.

Enfín, 2021, sabrás que llegas cargado de sueños en una salud rimbombante, rezos y nostalgias, anhelos y ansias por los abrazos perdidos, aspiraciones por la estabilidad laboral y un botiquín de tiritas de ternura para los corazones, que te han recibido, rotos.  Pórtate bien, bebé de las ilusiones frescas, y no olvides que ni las mascarillas ni el gel desinfectante son suficientes para aplacar la impaciencia por volver a un tiempo en el que la vida, la de todos nosotros, transcurría por el oleaje de mares transparentes, que no queremos más icebergs que golpeen el casco de nuestro acero, ni vendavales con arena de una ciudad oriental.  Regálanos ganas de vivir, fuerza, esperanza, voluntad, un sistema inmunitario a prueba de minas y, sobre todo, besos millones de besos que no hemos podido dar y que tanto echamos de menos.

A por todas, 2021, a por todas en el vaso del optimismo con el que celebrar tu llegada. No nos falles que te necesitamos conectado al polo positivo de una batería cargada de humor, energía, amor y brío para remar contra la corriente de los avatares. Nos lo merecemos, pequeño bebé del calendario, aunque caminemos a trompazos para alcanzar el destino de la próxima Nochevieja con las uvas en las copas reunidas alrededor de una mesa que no tiene limitaciones por las leyes promulgadas en aras de salvaguardar la salud.

¡A por todas!, repito, ¡a por todas!