FILOMENA

Estamos en racha, definitivamente, en racha de pesadilla por el cabreo de un planeta que está aullando ¡Basta! A la vez que escupe virus, tsunamis, terremotos, huracanes y, ahora, Filomena con su tormenta de nieve. Avisados estábamos, y quien diga lo contrario miente, pero los machirulos de turno, no dudaron en coger el coche para terminar abandonándolo en mitad de una calzada con la conciencia repicando en las orejas: lo sabías, atontao, lo sabías…tenemos a los gobernantes, especialmente la presidenta de la Comunidad de Madrid, a quien tengo por líder de la ineptitud humana, mirando el certificado de notas con el rojo en la asignatura de Previsión: ¿De cuántos medios disponemos? ¿Organización? ¿Gestión? ¿Comunicación? Y, por otro lado, a los listillos que creen que Papá Estado nos va a librar de todos los males obviando que esa figura imaginaria está hecha de pedacitos de todos y cada uno de los que pagamos impuestos con nuestro esfuerzo, trabajo y compromiso.  

Sin embargo, y a pesar de los nubarrones de pesimismo que arrastra el viento, he decidido deleitarme con los copos dulces que me ha regalado Filo en el porche de mi terraza.  Me levanto, abro la persiana y topo con una cordillera blanca a lo largo de la barandilla que me recuerda las mañanas en las que una sábana blanca cubría las calles de mi niñez (aún no me he enterado de la diferencia en la duración de la fiesta).  Despierto a mi hija, desayunamos, atamos a Arya y salimos a experimentar cómo caminan los pingüinos con las botas de suelas urbanas. El paisaje es un espejismo digno de una pantalla de Windows si no fuera por la tristeza que producen los troncos quebrados de árboles caídos bajo el peso de la nieve.  Nos acercamos a la plaza de las Ventas y topamos con una esquiadora a quien saludamos:  Ni en sueños podrías haber imaginado que esquiarías en la calle Alcalá. Se ríe – Si te digo la verdad, todavía no me creo que esté haciéndolo, de verdad que no lo creo. Bajamos hasta el puente sobre la M-30 y contemplamos la inmensa pista de patinaje en que se ha convertido la autopista con unos cuantos peatones, móvil en mano, disparando fotos hacia los cuatro puntos cardinales de una brújula que ha perdido los límites entre lo permitido para el motor y lo accesible para las piernas.  La joven Taboada y yo somos temerosas del Covid y guerreras contra los impresentables que siguen tomándoselo a broma con su actitud inconsciente, pero estamos contentas: no hay batallas de bolas, los vecinos van enmascarillados y no nos cruzamos con grupos multitudinarios jugando a la ruleta rusa con el bicho maldito.

 - ¿Tú sabes esquiar, mamá? – pregunta mi hija

Carraspeo

- ¿Ves esa cuesta empinada por donde baja el trineo?

- Si

- Pues una similar tiene la culpa de mi fracaso con el noble deporte de tablas y bastones

- No seas repolluda, mami, y cuéntame en idioma madre-hija (y me llama repolluda..) qué te pasó cuando eras joven

- De acuerdo, en idioma madre-hija – empiezo – intentar, lo he intentado cuatro veces por perseverante y cabezota.  Las dos primeras fueron en cursos de una semana para acabar aprendiendo a mantener el equilibrio, la tercera para formar una cuña evitando el plof entre los palos de la V invertida, y la cuarta, en una excursión invitada por unos amigos profesionales del tema, y a la que me apunté convencida de que no quedaría en ridículo por ese orgullo que Dios me dio y que ya me quité cuando la nariz me recordó el porrazo dado a lo largo de unos cuantos días de moratones.

- ¿Te caíste?

- No exactamente.  Estos amigos subieron a una de las pendientes más pronunciadas conmigo en la vanguardia de la chulería.  La cuestión fue que, al iniciar el descenso, mi cintura, rodillas, pies, cadera u hombros no hicieron ningún caso del manual de instrucciones, o lo que es lo mismo, cada una de las partes se organizó como pudo para inclinarse adelante, atrás, de un lado un otro hasta adoptar la posición de madre-proyectil con los brazos en cruz y los bastones volando a la vez que voceaba:   ¡¡¡Apartaoosss, que voooyyy! ¡Apartaooos!

Mi hija se ríe

- ¡Qué pena no haberte visto!

- Querrás decir, qué suerte… enfin, que ya puedes imaginarte cómo acabó la carrera conmigo de puré entre un montón de gente preguntando si estaba entera o tenía algún hueso roto.

- ¿Y?

- Que la dignidad es la dignidad por encima de todo, así que me levanté, sacudí la nieve, agradecí el interés, desabroché las tablas y me fui caminando muy tiesa  hacia el bar para curar mi autoestima.

- Venga, no me creo que no te doliera nada

- Hasta la uña del dedo meñique del pie, pero hija, lo solucioné con un ibuprofeno y un padrenuestro de gratitud al santoral de la Iglesia.

- O sea, que con eso te rajaste.

- Del todo

- Y ¿por qué no nos apuntamos tú y yo a un curso este año que hay tanta nieve? Seguro que esta vez lo consigues, mami.

- Ni muerta. Soy una madre entregada a la noble labor de proteger a su hija de la orfandad en la medida en que sea posible.

- No te enrolles, mamá, a tí lo que te pasa es que eres una cagueta.

- Pues sí, y a mucha honra. 

Nos vamos de vuelta a casa con el teléfono recibiendo memes de los más creativos: Quiero cancelar la suscripción del 2021, después de una semana de prueba no me interesa, gracias… La semana que viene creo que toca ovnis..Me paro en el puente que une los dos barrios separados por la autopista y le hablo a mi hija:  Estás bebiendo la Historia, anduriña, no lo olvides, saboreando la Historia. Mi hija contempla el horizonte y replica: Vale, pero mañana volvemos al pasado, ¿de acuerdo?

Arya mueve la cola y trota hacia el portal como si corroborara la opinión de su dueña.  Me encojo de hombros y sigo sus pasos evocando una frase que leí hace mucho tiempo y a la que me aferro cuando vienen mal dadas:  Cuando todo sale mal, no hay nada mejor que ponerte en lo peor. No me hace falta cargar la balanza del platillo negativo, no quiero oscurecer el día con pensamientos feos escritos sobre la incertidumbre de un futuro que no existe y, en su lugar, levanto los brazos y grito mirando al firmamento: ¡qué guay!

Mi hija y la perra se giran con la misma expresión de incredulidad:

- Vamos Arya – le escucho decir – haz como que no la conocemos, venga, vamos...

Aprieto la mascarilla contra la nariz y replico en voz alta:

- Recuerda que yo tengo la llave...