MISSES TORPES

Teresa, la muchacha que cuida de mi madre, enferma de Alzheimer avanzado, ha sido operada de la vesícula y, en consecuencia, mi hermana Luz y yo hemos tomado el relevo en la noble disciplina de asistir con la torpeza, inexperiencia y acción (del calibre de unas tomas falsas de peli) a una mujer que, afortunadamente, se ha mudado al mundo de Yupi desde donde nos contempla sin emitir una sola queja.

Teresa nos había dado instrucciones con la dulzura que le caracteriza y, juro por la lámpara de mi salón, que habíamos tomado nota con precisión e interés en aras de proteger el cuerpecillo materno de caídas infortunadas que derivaran en Urgencias hospitalarias. Teresa estaba dolorida y algo kaput pero no lo suficiente como para no levantarse y vigilar nuestros pasos con expresión de desconfianza que delataba con el pelo recogido a la virulé: cuidado con mi niña – parecía decir – mucho cuidado que es mía… Y tiene razón pues el vínculo que ha formado con mi madre se asemeja al de Romeo y Julieta con los hijos aplaudiendo la suerte de presenciar sus escenas de amor.

Primer paso: El despertar.  Mi hermana y yo nos hemos comprado una faja-corsé pues ambas padecemos de lumbares contraídas con molestias esporádicas que nos mortifican la rutina.  Apretamos las correas alrededor del abdomen: el busto a la barbilla, las caderas ensanchadas, no importa, no estamos para lucir encantos.  Tú coge por allí – me dice la jefa – yo por aquí. Empujamos las piernas hacia el suelo, mi madre gira 90º y permanece tiesa sobre el colchón.  Tomamos sus brazos y tiramos hacia el corsé: mi madre tensa, para mí que no se fía ni un pelo.  Colocamos manos en las axilas, empujamos y sentamos en la silla de ruedas empujando los pies que siguen en línea recta con las rodillas. Rodamos hacia el cuarto de baño; un par de choques con pared, puerta, pared y entramos directas al lavabo.  Levantamos, una sujeta la otra desnuda y saca el pañal.  Estamos sudando.  Subimos y sentamos en el asiento ortopédico de la bañera.  Llevamos 45 minutos. No importa.  Mi hermana toma los frascos de agua micelar, tónico para las arrugas, crema hidratante y embadurna con algodón la cara de mamá con las cejas fruncidas (repito, para mí que no se fía).  Giramos la silla y nos introducimos las tres en la artesa. Toca ducha con pelo.  Abrimos el grifo, fría, templamos, arde, enfriamos, nos hemos pasado, calentamos e iniciamos operación higiene con fruición y delicadeza. Media hora después conseguimos girar de nuevo el asiento con las piernas dobladas hacia la alfombrilla que mi hermana se empeña en colocar. Cogemos la toalla y nos repartimos para secar tirando de una esquina u otra con algún que otro gruñido de no te la lleves toda que no llega. Luz es fan de la hidratación de piel con cremas varias que ha colocado primorosa en la repisa del mueble del lavabo. Toma una y empieza a untar pecho, hombros, brazos, manos, cuello… cambia de crema: glúteos, piernas, pies, cadera, cintura, espalda, espalda, espalda.  Toma la tercera: piernas, cadera, hombros, cuello, hombros, brazos, torso… mi madre reluce…. Nos acercamos al taburete para coger la ropa y, con el rabillo del ojo, observo como nuestra adorada mamá inicia maniobra tobogán sobre la silla ortopédica cuyos agujeros no frenan el impulso: ¡LUZZZZZZ! ¡QUE SE CAEEEE!!! Alargamos manos y frenamos el resbalón de la tostada de mantequilla en la que se ha convertido nuestra progenitora.  Alzamos y aposentamos sujetando a 20 dedos el cuerpo nonagenario sin atrevernos a mirar la cara por eso de si de pronto baja al planeta y nos amenaza con castigarnos sin paga: Te has pasado con la crema – rezongo. – Hay que hidratarla bien – replica mi sister

Es la una y media de la tarde y aún no ha desayunado.  La sentamos en el inodoro y endilgamos leche con avena y sobao, zumo de frutas, agua, leche, zumo, agua… las dos y media, las tres… Vestimos, colocamos en la silla de ruedas y trasladamos al sofá para acostarla. Teresa nos espera en el de enfrente con cara de resignación sobre el pijama. Tumbamos, tapamos y contemplo la boca de mi madre curvada hacia arriba: Creo que se está burlando de nosotras, hermanita, para mí que se está riendo.

Diez días después no hemos conseguido batir el récord, pero no es porque no quisiéramos, lo juro, es porque Teresa se ha recuperado de modo milagroso y ha tomado las riendas con decisión.  No coge peso ni hace fuerza, pero dirige a las soldaditas con inteligencia y rapidez.  Hemos recuperado horarios normales, colaboración materna, aunque sea desde el planeta dorado en el que vive, aflojado el corsé y tiempo para ocuparnos de otros quehaceres que nos quiten la coletilla del ¡qué tarde, Dios mío, qué tarde!..

Anoche, cuando me despedí de ella, le di un beso con las dos mascarillas FPP2 que calzo para evitar el Covid, abrió los ojos y susurró: Gracias corazón.

Y, entonces, me puse a bailar…