TROTAMUNDOS

Dos jóvenes de mi familia se han ido al otro lado del planeta con proyectos relativos a su formación porque España no les ha dado la oportunidad que merecen y necesitan.  No son los únicos en tomar los bártulos y cruzar los mares con su maleta de sueños mientras sus padres lloran a escondidas por detrás de la barrera que los separa de la puerta de embarque.  No lo dicen, pero sé que tienen el corazón arrugado de pena a pesar del mantra con el que nacen los hijos y que resulta tan fácil aplicar cuando no somos los que los acompañamos al aeropuerto con un único billete de ida: Los hijos tienen que volar, es ley de vida.

El planteamiento no es la norma implícita en la asunción de la maternidad, si no la causa por la que nuestros jóvenes abandonan el nido como trotamundos buscando lo que aquí no les proporciona un puñado de gobernantes, sean del color que sean, con la responsabilidad y conciencia que deberían mostrar si fueran medianamente sensatos. Tenemos un país fértil en ilusiones y paisaje abandonado por falta de infraestructuras que desarrollen la magnitud que poseen; pueblos que mueren día a día con los fantasmas de un pasado que reclama el regreso de sus habitantes con el equipaje innovador de lo aprendido en escuelas y Universidades, hombres y mujeres ávidos de crear, emprender, llevar a cabo ideas brillantes que chocan con los muros de la inoperancia y que, cuando no les queda más remedio que cruzar la aduana, recogen la siembra con titulares en negrita: el éxito de un/a español/a… como si fuera un trofeo que hemos vendido en lugar de preguntarnos: ¿Y por qué no aquí?

Fuimos un país de emigración forzosa cuando el hambre mordió a las familias de la posguerra; barcos y trenes atestados de españoles que ondeaban pañuelos a sabiendas que era una despedida definitiva, que no habría probabilidad de volver a abrazar a las madres que lloraban lágrimas de sangre, y que el humo que despedían las chimeneas de unos y otros, olía a incertidumbre y miedo. Noventa años después, y salvando muchas diferencias, muchos de nuestros jóvenes están siendo obligados a repetir la Historia por falta de oportunidades que les permitan trabajar en aquello para lo que se han preparado. Tienen formación, ímpetu y ganas, muchas ganas de comerse el mundo con su vajilla de anhelos, pero no en la tierra que los vio nacer porque no hay puertas abiertas, ni puentes que faciliten el acceso a la fábrica donde desplegar su intelecto.

Jesús Calleja ha emitido una serie de programas con su helicóptero sobrevolando páramos, valles y montañas de un entorno rural al que expone con toda su belleza.  No se cansa de pregonar la riqueza de pueblos y sus protagonistas con un bagaje de propósitos que acometer con los medios rudimentarios que poseen. Mujeres, en su mayoría, que ruedan su imaginación a la luz de la hoguera para lograr un avance que mejore la calidad de vida heredada por abuelos cuya sabiduría habría que imprimir en las cartillas de escuela. Cultura con mayúscula de una naturaleza que los niños de la urbe aprenden a reconocer en un plato de comida y a los que pocos les enseñan el trabajo, esfuerzo y dedicación que se esconde tras el rabillo de una manzana.  Estudiantes de ciudad que otean el horizonte de rascacielos como si fuera el objetivo de su conquista y no el pasto del que nos nutrimos y que podría ofrecer infinitas oportunidades si el Estado incentivara proyectos en un entorno rural que se muere por falta de programas que lo revitalicen.

Exportamos trotamundos allende fronteras en lugar de entregarles el atlas de oportunidades a la vuelta de la esquina; investigadores, científicos, médicos, artistas de la creatividad, inventores de la intuición enredada en las telarañas de Ministerios y Consejerías que ejecutan su labor con el antifaz de lo inmediato porque no saben, ni quieren, mirar más allá del éxito fugaz en las papeletas que los votan.

Uno de mis libros favoritos es El Camino, de Miguel Delibes cuyo protagonista, Daniel el Mochuelo, es un niño obligado por su padre a emigrar a la ciudad para alcanzar el progreso que él no entiende porque le basta con lo que tiene y vive desde su alma asentada en un presente feliz. Me pregunto si ese pensamiento de entonces, quiero decir, la idea de que el progreso está lejos del lugar en el que uno crece, no perdura en la percepción de los que nos gobiernan para justificar su desmaña con los jóvenes de hoy en día a quienes se les debería impulsar para invertir el fruto de su empeño en la tierra que los vio nacer y quienes se sienten abandonados por los flecos de un sistema endeble, parco en intenciones y despectivo con la energía que desprende un corazón que late con la fuerza de un ciclón.

Los trotamundos de ahora son herederos de Daniel el Mochuelo, algunos se van por propia iniciativa en aras de recorrer el planeta con la meta de sus ilusiones, pero a otros, demasiados, no les dan elección para desarrollar su potencial en un país que envejece y que, además, se escuda en la terraza de bares, como principal fuente de ingresos, en lugar de invertir en el talento de una generación con ganas de volar cerca del nido que los amparó al nacer.

¡Qué pena!