QUERIDA H

Te conocí cuando mi familia recurrió a ti como airbag contra las secuelas de un golpe inesperado y doloroso del que tú nos protegiste con las píldoras de tu profesionalidad.  Aún recuerdo tu llamada, una vez iniciamos el período de cicatrización, para pedirme seguir en contacto conmigo saltándote la norma implícita de no traspasar la relación médico-paciente con injerencias personales.  Me sorprendió y halagó que quisieras fortalecer el vínculo con tu afecto y, por supuesto, acepté el trato con el brazo rodeando el tronco de tu fortaleza.  Fui egoísta, H, porque desde entonces, me cobijé bajo tu sombra en los momentos fríos de esta vida mía con los pies sumergidos en aguas intempestivas.

Supe de tu pasión por los perros y viajes con tu compañero de vida, de tu rutina por museos y exposiciones en aras de nutrir el apetito por la cultura, de la risa pronta y la facilidad con la que relativizabas cualquier nudo que a mí me apretaba el gaznate y que tú deshacías con pastillas de empatía.  Representabas el equilibrio que a mí me faltaba, el pañuelo para endulzar la amargura y el brindis por los momentos alegres con la copa rebosada de deseos cumplidos.

Hace un par de años, si calculo bien, te jubilaste de un oficio que pesa en el alma.  Querías la libertad de un tiempo sin rutinas establecidas por horario laboral; pasear, dibujar, pintar, construir tu espacio a la vera de tu chico y amigas con las que compartir aventuras gastronómicas e instructivas en pinacotecas donde deleitarte con la historia y belleza de cuadros o esculturas de artistas a los que descubrir con el cincel de tu curiosidad. Eres peregrina en montañas y valles, pueblos y ciudades, ríos y mares de una geografía que amabas recorrer de la mano del hombre con quien compartías mucho más que una cama y quien, hace tan sólo un mes, ha volado hacia las estrellas en apenas un suspiro de tu aliento entrecortado. Me llamaste para contármelo cuando tuviste fuerza suficiente para no deshacerte en llanto y, te confieso, todavía no he sido capaz de encontrar la mía para devolverte la llamada porque preguntarte cómo estás me resulta vano, absurdo y baldío. No voy a ser yo quien te aconseje como sobrellevar al duelo, las fases de estupor, rabia, dolor y nostalgia en cada minúsculo detalle que refleje su cara, el olor de su cuerpo, la caricia en tu espalda. Te hablé de la sabiduría del Tiempo con su maletín de gasas para taponar la herida, pero tú y yo sabemos que, aunque no detiene sus pasos, sí ralentiza el minutero en bocanadas de un aire que entra en los pulmones con los flecos de la tristeza.

Ahora me toca a mí ser tu airbag si lo necesitas. Basta con un mensaje o un tintineo de la campanilla en mi teléfono para acompañarte con un vino y el abrazo en esta maldita distancia que nos impone el virus.  Sé que tienes cariño alrededor y que no te dejan sola, pero también que estoy lista para sujetar tu tronco si es que notas que se tambalea, que estoy tan cerca como necesites y que, con esa intuición de meiga gallega que pulula en las venas, puedo atreverme a decirte que él no se ha ido, que sólo se ha fundido entre los pliegues de tu corazón para acompañarte en cada uno de sus latidos.

Con todo mi afecto,