VIOLENCIA SILENCIOSA

A raíz del testimonio de Rocío Carrasco, se han incrementado las llamadas de mujeres a Asociaciones de víctimas de violencia de género para denunciar el maltrato al que están sometidas pero y, con independencia del circo televisivo que se ha organizado alrededor, así como el debate en redes sociales con votos a favor o en contra (en cuestiones de credibilidad), lo que no tiene ningún tipo de cuestionamiento es el retrato de una víctima de violencia silenciosa amparada por un sistema judicial que repugna y que conozco a través de la mirada de una de mis mejores amigas cuyo trabajo es acompañar a niñas y mujeres frente a jueces que continúan golpeando el martillo de la indiferencia y negación de informes psicológicos forenses que no admiten ni un resquicio de duda. Le he escuchado tantas veces quejarse de impotencia que no necesito que una mujer nacida entre los pañales de la fama, abra mis ojos a una realidad que convive entre nosotros, a la que se sigue despreciando o, lo que es aún peor, se aparta de la vista porque no nos toca.

En mi entorno hay un hombre a quien veneraba por su simpatía, cariño, generosidad y alegría desde que era una cría de poco más de cinco años enamorada del galán de cine con quien compartía unos cuantos genes de quinta generación. Poco más joven que mi padre, se casó con una mujer trasgresora para una época de recato y sumisión y que a mí me fascinaba con su melena teñida de fuego. José nos la presentó orgulloso de su conquista, fuimos a su boda, participamos del nacimiento de sus hijos y celebramos cada minuto reunidos alrededor de una mesa en Madrid o en el pueblo en el que se habían establecido para formar un hogar.  José era el alma máter de cada tertulia, la risa fácil, el cariño fiel y el bolsillo abierto para invitar a cualquiera que lo saludara en calles o bares.  Sin embargo, y a pesar de mi ingenuidad, a veces me preguntaba qué había sido de aquella jovencita de pelo rojo, tacones de aguja y escote pronunciado a quien el trascurso de los años había apagado en chaquetas de solapa y mocasín de cordones.  Supuse que el entorno rural había sido el culpable de influir en su personalidad hasta el punto de mimetizarse con un tiempo en el que la apariencia lo era todo; deduje por los cuchicheos a media voz de una familia de tradición secretista, que la discreción era la primera regla de comportamiento como salvaguarda de corrillos y cotilleos en los pueblos donde hasta las paredes hablaban como paparazzis inermes, y conservé el recuerdo de su figura rompedora como un ejemplo de valentía en una sociedad que permanecía anclada en corsés estereotipados de una época con la libertad cercenada.

José incrementó su patrimonio y Sara consiguió un puesto de trabajo en un instituto, más por su necesidad de sentirse independiente que por colaborar con una economía familiar boyante. A veces nos sorprendía con atisbos de mentalidad abierta con la compra de unos vaqueros, corte de pelo a lo garçon o curso de teatro que nunca finalizaba por falta de tiempo. Me encantaba hablar con ella, reírme de sus ocurrencias cuando estábamos solas y su modo de empatizar conmigo cada vez que le relataba mis aventuras como partisana liberal (a escondidas) en la tribu familiar de inconfundible prestigio. A ella podía contarle de novios frustrados, líos de un rato o mi abogacía por la igualdad de derechos de mujeres, homosexuales o cualquier otro colectivo marginado por el siglo. Encendía un cigarrillo y escuchaba mi discurso con la risa reflejada en el cristal de sus gafas para, una vez apagado el cigarro, extraer un frasco de perfume y rociarse el cuerpo entero para que José no supiera del tabaco impropio en los atributos de una mujer que debe ser ejemplo de la femineidad.

La vida evolucionó y con ella la generación que nos sucedió con la bandera de la libertad para elegir el divorcio, tatuajes, piercings, pelos colorados y, sobre todo, capacidad para abrirse a un arco iris de posibilidades que incluían la mudanza a ciudades lejanas donde establecer su nido. José y Sara se jubilaron, fueron abuelos e iniciaron el camino de achaques con la pildorita en el dispensador del desayuno. Empezaron mis viajes con mi hija por España, Europa y América que Sara festejaba con alegría porque a ella le habría encantado conocer mundo si no fuera porque José no quería; aplaudía que su nieta enseñara rodillas y ombligo porque ella, que había sido muy moderna, había tenido que moderarse para no enfadar a José.  Y, entonces, llegó el día en que paseando ambas por una de sus fincas, se detuvo y preguntó:

- ¿Puedo contarte una cosa que no quiero que tú cuentes?

- Por supuesto

Suspiró y continuó

- Te habrás fijado que José y yo dormimos en habitaciones separadas, pero no has preguntado por qué.

- Suponía que por comodidad

- Ojalá hubiera sido así, pero no. Sé que todos creéis que mi marido es maravilloso, y lo es en algunos aspectos, que es encantador, cariñoso y divertido pero lo que nadie sabe es las veces que se transforma en un monstruo porque he llegado cinco minutos tarde, he salido con una amiga, me maquillo para hacer la compra o la falda se ciñe a la cadera – las pupilas se empañan – no sabes lo que es dormir con un cuchillo debajo de la almohada por si entra de repente por las noches, levantarse sin saber qué día va a tener, salir con él a la plaza y simular que todo está bien, mirarse al espejo y encontrarse fea, gorda, inútil porque de tanto que lo has escuchado te lo crees, convivir con una persona a quien todo el pueblo admira a sabiendas que nadie me creería si dijera lo contrario.

Tomo aire

- ¿Tus hijos lo saben?

- Si, lo supieron porque uno de ellos lo vio una noche que vino a vernos sin avisar.  Llamó a su hermano Roberto, ya sabes, el psicólogo, le contó la historia y se lo llevó a la consulta del psiquiatra para tratamiento. 

- ¿Y?

- Está tomando pastillas porque yo se las doy quiera o no quiera.  Está más tranquilo y también más viejo – sonríe de medio lado – los ataques han desaparecido.. casi, pero yo me he acostumbrado a vivir con el miedo y ya no me lo quito de encima.

- Eres una valiente

Se ríe

- No creas, es supervivencia. Me alivia contártelo porque sé que tú me crees. Eres la más lista de tus hermanos

- Y tú una pelota…

Nos reímos y volvemos a casa.

Han pasado varios años desde su confesión y no hemos vuelto a hablar del tema aunque sí lo hago con su hijo.  Al principio tuve que hacer un esfuerzo para mantener mi actitud cariñosa con él y José lo notó cuando me reprochó que parecía más fría. Inventé excusas para convencerlo de que si la llamaba a ella, y no a él como solía hacer, era porque quería contarle cosillas de mujeres que los hombres no entendían. Si se lo creyó o no, no lo sé, pero no volvió a recriminar mi ausencia de afecto.

José es un anciano de casi 90 años con alguna que otra fuga en su cabeza.  Hay días en que me reconoce, otros me confunde con mi madre o simula saber quién soy con preguntas de cortesía general que no le comprometen. El confinamiento ha acelerado su deterioro y la vitalidad que caracterizaba su temperamento extrovertido.  El día que fallezca será un acontecimiento social en el pueblo, posiblemente homenajes y, posiblemente, un titular de periódico local alabando su personalidad arrolladora mientras su viuda secará las lágrimas con un pañuelillo de tela, estrechará manos, abrazará a los vecinos y liberará por fin el miedo que acariciaba su piel.

A veces me pregunto qué hubiera pasado si José hubiera llegado al final de su propósito cuando amenazaba a Sara con matarla. Con toda certeza, habría visto imágenes en la televisión con los vecinos sorprendidos, incrédulos y escépticos de la versión oficial. Escucharía a los defensores del honor de José con comentarios alusivos a la reprobable actitud de su mujer (lo provocó, seguro que lo provocó), otros se posicionarían al lado de ella por una cuestión de simpatía y, los últimos, mirarían hacia abajo sin tomar partido en una guerra que no les afecta.

Ignoro si Rocío Carrasco es una actriz soberbia que está representando un monólogo con las entrañas al aire (aunque lo dudo), ni si el retrato que hace de su ex marido lo convierte en un villano con hielo en el corazón, pero de lo que sí estoy segura es de la existencia de una violencia silenciosa en demasiadas mujeres que callan, exculpan y se destruyen poco a poco con el beneplácito de un sistema judicial que continúa anclado en leyes infames que las revictimizan ahondando en su herida con sentencias obscenas.

Falta mucho camino por recorrer, mentalidades arcaicas que vapulear con lecciones de educación y empatía, juzgados formados por especialistas en violencia de género y coraje para denunciar, aislar y marginar a todos aquellos, hombres y mujeres, que desprecian y humillan a víctimas de agresiones psicológicas cuyas cicatrices no las cura un algodón empapado en Betadine ni una tanda de puntos trenzados en una consulta de Urgencias.