AVATARES COTIDIANOS

  1. El TÉCNICO

Mi flamante frigorífico, tamaño Playmóbil porque la cocina no da para más, ha empezado a condensar agua en el cajón de la verdura para honrar el moho que me pudre los tomates.  Busco la factura: está en garantía. Llamo al servicio técnico: Mire milady, 8 meses de nevera, dos kilos de tomate kaput, que digo yo que habrá que hacer algo…Abren incidencia, tres horas después el servicio oportuno se pone en contacto conmigo y acordamos cita del operario a las tres, cero, cero, del día siguiente.  Cuelgo y reviso la entrada, comedor y cocina. Toca ponerse las pilas que tenemos visita.  Aviso a mi descendiente: tú barres, yo el polvo.  Se escaquea con el manual de excusas varias a las que me pliego porque discutir hace que pierda tiempo en organizar la recogida de trastos del ya-lo-haré-mañana cual Escarlata O’Hara de un siglo después. Me acerco a la nevera, empujo hacia fuera, tomo la bayeta, paso el techo, los laterales, la puerta, abro, cierro, ordeno las cajas de cereales, las bolsas que acumulo cuando voy al súper y tengo a bien comprar cinco cosas más de los huevos que necesitaba para la cena, presiono, coloco en su lugar, barro y observo la cabeza de mi hija enfrascada en un libro con el rabillo del ojo apuntando hacia mí con expresión de triunfo: No cantes victoria – medito – ya se me ocurrirá cómo vengarme.

Andrés, el operario, se presenta a las cinco, cero, cero no sin antes pedirme disculpas por el retraso. Abre el frigo, palpa la pared del fondo: es el agujero. Está taponado. Coge una brida y una jeringuilla como para inyectar a una vaca. Da un chute al hueco lilliput, me explica cómo ejecutar la tarea, bebe un vaso de agua y se pira por la puerta con la propina que le doy pensando si se la ha ganado en los diez minutos que ha tardado en reparar el desastre. Mi hija me lo recrimina: mami, que nosotras somos pobres y este señor no ha hecho nadaTranqui que ya me he aprendido la lección. La próxima vez los cinco euros son míos. Se encoge de hombros y vuelve a enfrascarse en su libro de amores y desamores con final feliz.

 

2. LA TRIPA

 

Tengo una amiga de mi quinta, Cristina, con los adipocitos formando una esfera terrestre con el polo norte en el pecho y el sur en la pelvis, vamos, lo que se llama vulgarmente barriga cervecera más propia de los hombres que de las mujeres cuyas curvas suelen repartirse de un modo algo más homogéneo en el cuerpo. Mi amiga es la antítesis de los que se victimizan a poco que escuchen un comentario ofensivo, se toma la vida con humor y sabe relativizar los problemas con una dosis de humor que para mí quisiera. Es media tarde cuando suena mi móvil con su nombre en la pantalla:

- Taboada, esto de la mascarilla es un hallazgo.

- Estás de broma, ¿verdad?

- Nooo, te juro que de haber sabido lo guay que era me la hubiera puesto desde que se inventaron los donuts.

- ¿Te has bebido un vino?

- Déjame que te cuente y lo entenderás. Esta mañana, cuando iba a la oficina en el Metro, por cierto, a tope de gente para satisfacción del Covid, una chica joven se ha fijado en mi balón de oro, se ha levantado y me ha invitado a sentarme en su lugar.

- Eso es que te ha visto viejita.

- Pues no, querida mía, se ha pensado que estaba embarazada.

- No te creo.

- Que sí, membrilla, que me ha preguntado incluso si sabía si era niño o niña.

Me río.

- Te estaba vacilando

Suspira

- Vamos a ver, Taboada, que tú eres lista.  Llevaba una mascarilla negra FPP2 XXL tapándome la cara, las gafas de sol y el chaquetón ese que dices que parece de Yoko Ono. En resumen, Tabo, que me tomó por una colega de su generación con bebé en ciernes.

- Y te sentaste, claro..

- Hombre, pues sí, y no sólo me senté si no que cuando me preguntó si sabía el sexo del niño, le dije que era una niña, que se llamaría Lucía, que daba muchas patadas y que estaba deseando que naciera porque me encontraba muy pesada.

- ¿Estás segura que esa chica veía bien?

- Ella no lo sé, pero la señora que estaba enfrente de mí, me miró guiñando un ojo, ladeó la cabeza y me puso el pulgar hacia arriba como diciendo: qué bien te ha salido, maja, qué bien.

- Eso es, Cris, apoyando la causa de las maduritas con clase.

- Exacto.

- Y con morro, reconoce que con mucho morro.

- Lo que quieras, pero ya estoy buscando grupos de teatro amateur porque acabo de descubrir mi vocación.

- Avísame cuando lo encuentres. No me pierdo el estreno

- Tranquila que te aviso..

 3. TORTITAS CASERAS

Mi hija y yo nos hamos despertado pronto para ser domingo y decidimos tomar desayuno americano potente: tortitas, huevo, bacon, zumo de naranja, café y salchichas (ella que a mí me estraga tanta grasa en un plato). Tengo la receta de masa, pero no la busco porque me he levantado con el ego inflado y juro por los ratones amarillos que no me hace falta leer ingredientes.  Tomo vaso de batidora, introduzco elementos, mezclo y preparo sartén de Barbie con el tamaño preciso para cocinar los planetas esponjosos.  Enciendo el fuego, unto de mantequilla y vierto el primer cucharón de la masa. Arrugo la nariz, para mí que hay algo mal en el potingue amarillo, me inclino, huelo, espero, tomo la espátula, doy la vuelta, tuesto y cuando la saco al plato, la tortita resbala, cae al suelo y rebota. Arya vuela hacia mí, agacha la cabeza, husmea y se larga al salón con el rabo tieso. Me inclino y tomo la planicie con la punta de los dedos: está dura como una piedra. Mordisqueo el borde y mastico arena empalagosa con la superficie quemada. Cojo el vaso y sacudo lo que parece un enorme grumo de pasta concentrada y espesa. Abro el móvil y busco la receta: una cucharada de azúcar, 200 ml de leche. Ato cabos, mi experimento tiene una cucharada de leche, 200 gramos de azúcar. Me rasco la cara y balanceo opciones: una: bote por el sumidero y empezar de nuevo. Dos: hacerme la tonta y seguir adelante con el breakfast. Elijo la segunda y planto las tres tortitas de pedernal en la escudilla, huevos, bacon y salchicha. Mi hija se acerca, coge una bandeja, coloca plato, vaso, cubiertos y servilleta. Se va a la terraza, acomoda, parte con el tenedor y endilga bocado mientras yo bebo mi café como si nada. Mastica, mastica, mastica… toma zumo, segundo bocado: mastica, mastica, mastica.. Me mira: ¿Has cambiado de receta? No sé, esto está demasiado dulce.. Recuerdo su huida de responsabilidad frente a la visita del técnico y paladeo la venganza inesperada: En absoluto, cariño, será que te has levantado con el paladar atrofiado.  Escruta mi expresión de ángel inocente y replica: Mamá que te conozco y estas tortitas no son las de siempre, ¿no te estarás vengando por algo malo que haya hecho, verdad? - ¡Ay hija! ¡Qué melodramática te pones! Ni que les hubiera echado cicuta. Cómetelas que no todo el mundo se puede permitir este lujo.

 

Dos horas más tarde consigue terminar los planetas de azúcar. Lleva la bandeja a la cocina, recoge y murmura:

 

Me la has colado, mamá, seguro que me la has colado.

Estoy sorda y toca sacar a Arya. En el descansillo me encuentro a mi vecina de la puerta de al lado:

 

- ¡Qué contenta pareces hoy! – saluda sonriente

- Pues sí, Patricia, será que me he levantado de buen humor

- ¡Estupendo! Yo sin embargo estoy mustia con mi hijo que me está dando guerra con un rollo de esos de adolescente insoportable.

Le guiño un ojo y pregunto:

-¿No le gustarán las tortitas, verdad?