LA MENTE INQUIETA

 

1. Cuando los pájaros abandonan el nido

Mi hija empieza a batir las alas con curiosidad por lo que atisba fuera de las ramas de un nido que la ha protegido, confieso que en exceso, durante sus años de infancia.  Hay días en los que se prepara para volar y, otros, en los que se acurruca entre las pajas por miedo a una tierra desconocida en la que tendrá que enfrentarse a depredadores con un coraje que aún le falta.

Es su proceso de vida, el mío es aceptar que no puedo retenerla, que esa teoría maravillosa que defendía con tanto ardor: los hijos tienen que despegar para ser independientes, me la estoy tragando con el jarabe de la inquietud y aprensión a que no esté suficientemente preparada para afrontar su propia aventura con la brújula de lo aprendido. Insisto en que la teoría sería impecable si no fuera porque lleva una connotación de efectos secundarios que he empezado a padecer porque nadie me advirtió del miedo a perder el control sobre mi más preciado tesoro.

¡Ay la letra pequeña de un contrato que firmé con tanta confianza! Párrafos engañosos que encadenan el ombligo a personillas que claman por su independencia sin apenas darnos cuenta de los años vividos con la tirita en la herida, el beso de las buenas noches, los regalos de Navidad y el collar de macarrones con una cartulina pintada: Mami, te quiero.

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2. Libélulas de la vileza

Hace poco más de un año el Covid nos arrasó confinándonos a las cuatro paredes de hogares como hornos de pan en sus múltiples variantes.  Los medios de comunicación y redes sociales se llenaron de mensajes positivos con la intención de minimizar la crueldad de unas estadísticas que erizaban la piel a poco que uno tuviera un mínimo de sensibilidad hacia el entorno. Los más optimistas daban por seguro que todos saldríamos mejores de la pandemia, pero los escépticos, como yo, teníamos la convicción de que nada de aquello estimularía la bondad para que extendiera sus ramas por los corazones a menos que tuvieran la semilla integrada en el terreno de sus emociones.  En definitiva, los malos seguirían siendo malos y los buenos, buenos. No me equivoqué pues el rencuentro con conocidos y colegas fue la confirmación de que las personas no cambian a menos que tomen la decisión de hacerlo en función del dictado de su conciencia (si es que la tienen). El gen gallego de la desconfianza, así como el de la duda con el depende aleteando en la boca, no sólo me dio la razón si no que además he descubierto cómo las libélulas de la vileza sobrevuelan sin pudor sobre las olas de una Humanidad que ha perdido el valor de la ternura, educación y cortesía con la que se comportaban nuestros mayores.  Se ha despertado el monstruo del todo vale para denigrar a cualquiera que piense distinto tras el parapeto del anonimato en las redes, incrementado denuncias de mujeres que sufren violencia doméstica, agresiones brutales de manadas de hienas en celo, ataques de una homofobia que creíamos superados, retrocedido en la Historia para azuzar la ideología extremista con la que menospreciar la dignidad de una mujer, la estigmatización de inmigrantes, orientación sexual, razas y religión que no comulgue con la Biblia y una libertad entendida bajo el foco de una verdad más que cuestionable y que no admite oposición. No dejo de asombrarme con el veneno que escupen las voces de los medios de comunicación, los Whatsaps con mensajes ofensivos o los dimes y diretes de diputados que se comportan como niños de patio apretando el puño para que no les roben las canicas más valiosas, es decir, su sillón. Los buenos callan, los malos gritan y, entre medias, los supervivientes al espectáculo de un circo de romanos que acatan los preceptos del césar, sea cual sea su nombre, seguimos volteando las hojas del calendario con los pies de puntillas sobre la arena que nos ha tocado pisar.

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El caballero de armadura oxidada

Cada supermercado de mi barrio tiene su propio sintecho en la puerta desde la que me saluda con alegría porque sabe que obtendrá el aguinaldo una vez salga con mi carrito cargado.  Las mujeres mayores suelen pararse a hablar con ellos en una alternancia de confidencias familiares en el que ellas ganan por goleada al encontrar en ellos un oído cómplice y paciente con sus desahogos y chascarrillos que alivian los ratos de su soledad. Confieso que me conmueve la relación que los une en un espacio de tiempo tan breve, así como intuyo que esos minutos de charla que intercambian son un bocado de placer efímero y, sin embargo, real como el papel de la barra de pan que comparten.

Hace unas semanas se presentó un nuevo caballero en la puerta del súper al que acudo para productos concretos.  Sentado en la esquina del frontal, me saludó muy ceremonioso inclinando la cabeza y balbuciendo palabras en un idioma extranjero. Me incliné y le pedí que repitiera lo dicho porque no le había entendido; él acarició las solapas de su chaqueta vieja, atusó el pelillo ralo de su cabeza y murmuró con voz algo más inteligible: Pantone. Estiré el cuello e insistí en mi incapacidad para comprender lo que decía: Pantone – repitió pasando los dedos por la coronilla – Pantone.  Alcé las cejas y con la neurona intuitiva que utilizo cuando la comunicación se establece con el cable escacharrado de un teléfono, respondí: ¿Me está diciendo que quiere champú para el pelo de la marca Pantene? – Sus ojos brillaron y sus dientes asomaron amarillos con alguna que otra melladura en las paletas (no llevaba mascarilla): Sí, sí, sí… – cabeceó contento – Pantone, Pantone, Pantone… Me quedé quieta pensando en lo surrealista de la situación y, sobre todo, en el molde que el caballero había roto al pedir que le regalara champú en lugar de dinero o comida.  Entré en el mercado, cumplimenté mi lista de la compra y me dirigí a la sección de droguería para acatar su deseo. Leí las etiquetas con los precios de las diferentes marcas y deduje que Lord Pantone debía ser descendiente de un honorable señor de gusto refinado con la higiene capilar en sus extensas modalidades:  …Anticaspa, antigrasa, cabello dañado, quebradizo, nutritivo, de día, de noche, con efecto volumen, para cabello rizado, liso…. Tomé uno, lo dejé, otro, lo devolví y así hasta elegir el más barato con el remusguillo de la culpa por mi tacañería atizando el entrecejo. Me dirigí a la Caja, pagué, embolsé y salí a consumar el recado con la razón debatiéndose entre estar haciendo el canelo o la satisfacción de haber cumplido con la caridad cristiana.

No soy muy asidua a la zona, pero siempre que paso delante del supermercado y lo encuentro sentado en el umbral de la puerta, tanto si me lo pide como si no, le traigo su Pantone acompañado de cualquier otro producto de alimentación que se me antoje y acorde con su condición de caballero.  Hablar no habla mucho, pero sí me mira agradecido, coge el champú con las dos manos y, al igual que el primer día, se recuesta en el cristal, abraza la botella y sonríe mientras yo me despido especulando sobre su vida con cientos de posibilidades que amontono en la bandeja de mi curiosidad.

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    Mente inquieta la mía, la que proyecta sus pensamientos como estrellas fugaces que aparecen y desaparecen hasta que los dedos los atrapan para entrelazar sus ecos con las palabras escritas. No importa si es la figura de una niña que se hace mayor, el rostro de una serpiente venenosa, el lord de un champú caro, el olor a verano, un proyecto soñado o las voces que me dicen que me quieren. Ella parlotea sin cesar, hilvana, analiza, deduce y, después, anima al corazón para que siga el rastro con su latido al compás de su arrojo.