ENCRUCIJADAS - RETOS

 

 

Paseando a Arya, un hombre joven se acercó a mí para preguntarme si tenía un minuto que dedicarle. No tenía prisa y respondí afirmativamente con un punto de aprensión por si se trataba de uno de los juglares de Testigos de Jehová, aunque su perfil no era el prototipo y tampoco el de un integrante de movimiento político-religioso-social del que tuviera que huir con un arsenal de excusas.

Se presentó como Iván y empezó a contarme cómo la pandemia le había obligado a cerrar un negocio de productos de telefonía en el centro de Madrid, su batalla para recuperarlo y la necesidad de malvender auriculares inalámbricos en la calle para lograr un mínimo de dinero con el que subsistir durante el tiempo que durara esta locura a la que se había visto empujado.

-        No puedes ni imaginar la angustia que tengo cada mañana cuando me despierto y pienso en que tengo que salir como un indigente para pedir dinero, aunque sea a cambio de los auriculares. Jamás habría pensado que pudiera verme en esta situación, jamás, yo tenía una vida estable y cómoda, mi familia, mi peque, mis amigos … - los ojos se humedecen – y de pronto llega este horror y mi vida se convierte en una pesadilla de la que creo que no voy a salir nunca.

Supe que tenía enfrente de mí a un personaje tangible y real, no una imagen en la sección de noticias de un periódico cualquiera, ni un número en la estadística de la población marginada. Iván era de carne y hueso, suplicante de una ayuda que esperaba no tener que pedir nunca, un superviviente con su hatillo de tecnología para ofrecer a cambio de unos cuantos euros que aliviaran su angustia. Su expresión me evocó la de una antigua amiga mía cuando tuvo que recurrir a la generosidad de la gente para desafiar el envite del destino. Se lo dije a Iván, le hablé de ella y de cómo había llegado a ser una empresaria de éxito porque nunca se rindió a pesar de tener, aparentemente, todo en contra. Le hablé de la complicidad del tiempo que nunca se detiene para recordarnos que nada es eterno, ni lo malo, ni lo bueno, de cómo cuando parece que estamos en un cajón sin salida, de pronto se abre la tapa y lo que creíamos imposible, se presenta ante nosotros como un regalo inesperado con el que borrar la tristeza. Iván asentía con la cabeza, apoyó su mano en mi brazo y dijo:

-        Eso mismo dice mi padre, pero cuesta creerlo cuando se pierden hasta las ganas de vivir. Él me ayuda mucho y mi peque me anima cada vez que me da un beso.

-        Pues, entonces, quédate con ello y sigue adelante porque seguro, seguro, que saldrás de ésta cuando menos te lo esperes.

Guardé la caja de auriculares en la mochila, nos despedimos con un apretón en el brazo y seguí el paseo dando gracias por un encuentro fortuito, inesperado y estimulante para el cuaderno que redacto con mis vivencias.

 

Unos días más tarde recibí un correo de una de las personas más queridas con su desaliento por tener que tomar decisiones en una encrucijada a la que enfrentarse con la desazón en los huesos.  Me reconocí en ella porque sé lo canalla que puede llegar a ser el miedo, su poder para anular cualquier atisbo de esperanza, ilusión u optimismo, la fuerza con la que aplasta el diafragma, quita el sueño y arrasa el pensamiento con la tinta negra de sus tentáculos. Y, no, todavía no he aprendido a aceptar su compañía cuando lo veo entrar por la puerta del corazón escudando los pesares; me resisto a su desdén aunque me cueste la respiración y la vida, pero cuando vence, cuando ha vencido, rastrear un pedacito de energía con el que mitigar su victoria es muy difícil a menos que uno tenga un mantra al que aferrarse como si fuera la esponja que limpia de vaho la imagen de un tiempo feliz en el espejo. Le escribo de vuelta compartiendo la caja de herramientas a la que acudo cuando me he encontrado en una posición similar a la suya, mis trucos para salir a flote y, sobre todo, la gratitud y el cariño que le debo por haberme sujetado cuando era yo la que caía en el abismo: Todos recetamos teorías magníficas, pero apenas las ponemos en práctica por una cuestión de autoestima. Ahora me toca a mí decirte a ti, que hagas lo que yo te diga y no lo que yo haga y, que sea lo que sea que tú decidas, me tienes siempre de tu lado para agarrarte la mano y recordarte que nos espera el futuro en una casa en la Toscana.

               Retos. La vida es una colección de retos desde el primer segundo aspirado a la sombra de una luz que ilumina el vientre dolorido de la madre. Algunos afrontan los más duros a poquito de nacer, a otros les llega más tarde, pero sea el momento que sea, a todos nos tocará coger la batuta para afinar los violines de nuestra orquesta con la energía que brote desde el fondo del corazón.