PRIMERA PARADA: BENAVENTE

Tengo una hermana enormemente generosa que nos regaló un cofre de Paradores a disfrutar cuando a mi hija, perra y yo tuviéramos a bien salir del encierro Covid.  Dicho y hecho, reservé en Tui por eso de que admitían mascotas (no sin antes asegurarse que estaban en óptimas condiciones para no dilapidar el tiempo en la mordedura de muebles y enseres varios de la habitación).

Los otolitos de mi oreja han girado vertiginosos desde que empezó el año y, en consecuencia, decidí partir el trayecto en dos fases quedando a dormir en un hotelito coqueto de Benavente con el fin de evitar trompos en la carretera, llegado el caso de que decidieran montar una fiesta giratoria, y como es habitual en nosotras, salimos tarde, llegamos tarde y nos aposentamos tarde. Nada grave.

La cafetería del hotel mostraba un menú poco apetecible para las dos aspirantes a pijas con cuenta corriente de costumbre en colorado, de modo que acudimos al google para indagar restaurantes donde cenar algo más que un triste pincho de tortilla caducada y café con bollería industrial. Primera oferta: El Ermitaño. ¡Mola! – exclama mi hija – Vamos ya mamá que nos cierran. Asiento por la fatiga que supone pulsar el cursor hacia abajo, estoy de vacaciones y cualquier mínimo esfuerzo del dedo índice me da pereza.

Subimos a Manolito Cuatro Ruedas y activamos el GPS con la señorita de marras indicando ruta calle arriba, calle abajo.  Salimos del pueblo y nos adentramos por una carretera comarcal envuelta en tinieblas. No veo un pijo. – Anduriña, para mí que esto nos lleva a un club de alterne, espera a ver las luces de neón y verás como acierto. - ¡Ay mamá! Tú siempre tan negativa… - Que te digo yo que acabamos cenando con fosforitos en la fachada, que te lo digo… - Y dale, mamá, confía en mí que sé de lo que me hablo. La glotis se cierra ¿Qué demonios sabeeee? – Giro a la derecha, a la izquierda y escucho el Has llegado con un suspiro de alivio: no hay luces de neón, pero sí una fachada lujosa con las estrellas de Michelín en el tejado.

- Anduriña, preparemos la Visa platino, que no tenemos, y coge los guantes de fregar del portaequipajes por si tenemos que pernoctar en la cocina.

- Pues vámonos y busquemos otro lugar

El reloj marca las 23 horas. Opción una: rezar para que no me frían la primera noche, Opción dos: dormir con las tripas vacías. Elijo la primera y me encomiendo a los santos financieros que suelen sacarme de apuros cuando lo he necesitado.

Accedemos al lugar donde nos recibe un maître de guante blanco haciendo reverencias. Trago saliva. Subimos al salón, nos acomodan en mesa, pedimos bebida y nos la sirven ipso-facto a la vez que nos muestran el código de barras para descargar la carta. Bebo un trago y leo la pantalla por el lado derecho, es decir, el de los precios. Mi hija me imita, abre los ojos y exclama: ¡Tranquila, mami, hay menú infantil que es más barato!

El cocinero se acerca y nos saluda cortés dándonos la bienvenida. El maître y una camarera encantadora que se ha percatado del susto. Nos traen el aperitivo de la casa: una bandejita con un bloque de queso francés y dos vasitos de crema blanca con hojitas de hierba aromática.  Tomo el cuchillo y lo hinco en el bloque. Rebota. No es queso, es una piedra con agujeros. Mi hija estalla en carcajadas y rezongo: Vale, listilla, tú también creías que era fromage…más te vale que apliques la educación que con tanto esmero te he dado y te comportes acorde al lugar: codos fuera de la mesa, nada de chuparte los dedos, servilleta entre bocado y bocado, espalda recta y rodillas juntas (lo del meñique enhiesto lo obvio porque sería exagerado).

Nos sirven entrada y xyyysdsxssddd que, traducido al argot, significa bistec en pedacitos con guarnición fina. Tenemos el estómago algo repleto después de tanto pan con crema, aceitunas y ensalada. ¡Uff, mami! ¿Qué hacemos? No vamos a poder comerlo todo… Arya – respondo concisa – Se lo llevaremos a Arya. - ¿Cómo? – Abro la mochila y encuentro bolsa de tela con mascarillas de repuesto. Extraigo la protección Covid y se la cedo a mi hija para que sea ella la que sufra el bochorno en caso de ser pillada in fraganti. Me mira con ojos de mamá-qué-cara-más-dura-tienes…- privilegio de ser la madre, yo mando…Filetito a filetito el sobre florido se va llenando de comida gourmet entre idas y venidas de camareros que no se enteran de la operativa gracias a la destreza filial.

Hora de pagar la cuenta. Nos traen el papel y suspiro con alegría: no hemos llegado a las tres cifras. Mi hija toma la nota y adopta la postura de una adulta: A medias mamá, que tengo ahorros y ya no soy una cría a la que tengas que pagarle todo. A medias.

Me debato entre la alegría de saber que algo hice bien y la tristeza por la añoranza de su figurita de pelos tiesos sentada en mi regazo cuando no alcanzaba la mesa. Pagamos, nos levantamos y regresamos a recoger a Manolito con el botín de Arya escondido en la mochila.

Al llegar al hotel, vaciamos la bolsa en el plato de la perra.

- Ni una brizna, Arya, no dejes ni una brizna que nos ha costado muy caro…

El animal peludo ataca, mastica, se relame y atiza el rabo contra la cama. Está feliz.

Mañana directas a Galicia.

¡Qué bien!