SEGUNDA PARADA: SANTA TEGRA

Nos levantamos con energía, recogemos, desayunamos y aupamos en Manolito Cuatro Ruedas destino el monte de Santa Tegra, un lugar que visité con mis padres cuando sus hijos éramos cominos de gazpacho y que, sin embargo, recuerdo con una especial nostalgia.  Arya trota hacia el coche con el rabo ahuyentando las moscas cual vaca en el pasto, esta perra nuestra tiene nuestros genes viajeros y, tan pronto olisquea la aventura, se pone en marcha y ya no hay nada que la frene en su carrera.

El tráfico es fluido, algún que otro camión y los descerebrados que circulan sobrepasando la velocidad en 40 km por hora con el piloto haciendo aspavientos si resulta que estoy adelantando un camión y le mortifica mi aceleración reducida, (Vale, confieso mi culpa pues cada vez que me toca uno de estos, levanto el pie del acelerador para deleitarme con el vaivén de sus gafas de sol de un lado al otro del frontal de su auto). Provincia de Orense y mis tripas que se lanzan a bailar salsa mientras mis acompañantes dormitan la siesta del burro en el asiento trasero. Aspiro el aire fresco de los puertos quemando etapas que sumo con el corazón acelerado: regreso a mi tierra.

Son las dos de la tarde cuando alcanzamos los cuatro edificios que pueblan la cima de un monte en el que el viento nos despeina con virulencia y nos hiela la piel desnuda de los brazos. Nada grave. Sudadera y caso omiso al estilismo casero porque las vistas al mar ahogan cualquier otro sentido que nos haga centrar la atención en lo mundano. Me acerco al borde del abismo y mi figura de mujer madurita se funde con la de una niña en brazos de su padre que extiende la mano para que cuente la desembocadura de las rías gallegas. Escucho su voz y atiendo maravillada con el paisaje que se presenta ante mí con la tierra, cielo y mar en un arco de belleza infinita. Los ojos se humedecen y la nariz moquea: ¡Mamá! ¡Ya estás llorando!  Esta niña mía no sabe aún que algún día será ella quien gimotee cuando regrese a los lugares que ambas recorremos con nuestro morral de anécdotas que contar a su prole.

Foto, foto, foto y vuelta al mundo terrenal con el apetito acechando el estómago. Imanes para la nevera, regalos para la familia y cafetería donde refugiarnos del huracán helado con un caldo caliente y una ración de pulpo que sabe a gloria. El mesero y yo intercambiamos opiniones sobre el impacto del Covid, la ruina de su negocio y la desesperación ante el comportamiento de tantos irresponsables que siguen pensando que es una broma de mal gusto, que a ellos no les va a tocar y que la libertad es un todo-vale a costa de la salud propia y ajena.

Nos despedimos y acercamos a los restos de un poblado celta con un castro marcado por el paso de los siglos. Mi hija es prosaica y sólo ve piedras en círculos, yo imaginativa y encuentro una comunidad de hombres y mujeres sobreviviendo al envite de la naturaleza agreste que los rodea. Contemplo los niños trepando por la ladera, el fuego que calienta el invierno y la soledad de los últimos supervivientes antes de naufragar en el paso de una Historia que no admite marcha atrás. Me envalentono y trato de imitarlos con las sandalias de la modernidad que resbalan en la hierba, me arrastran por el barro y empujan mis rodillas al suelo con su pertinente moratón y tela manchada de verde, negro y marrón afeando la pernera. La risita de mi hija es inconfundible, se está mofando del fardo en cruz sobre la tierra en el que me he convertido. Ríete, desgraciá, que como me parta un pie, va a conducir Rita la Cantaora..Ni caso, las carcajadas aumentan aunque la conciencia le obliga a acercarse y ofrecerme una mano para recuperar la vertical.  Va a ser que no, el orgullo es más fuerte que su condescendencia de modo que me levanto, sacudo, giro los tobillos (funcionan), froto las rodillas (joden), y busco lo más parecido a un sendero que me permita llegar a la carretera con la dignidad indemne.

Está anocheciendo cuando llegamos al Parador de Tui, a orillas del río Miño y a los pies del cerro donde se erige la catedral por la que caminan los peregrinos que van a Santiago. Somos huéspedes, es cierto, pero el personal que nos recibe consigue que nos sintamos en casa.

Mañana Valença do Miño, Portugal.