VALENÇA DO MIÑO - TUI

 

Nos levantamos cumpliendo el turno de desayuno fijado por el hotel para evitar aglomeraciones que inviten al Covid a participar del buffet. Nutrimos nuestro cuerpo con café, fruta y tostadas, recogemos a Arya en la habitación y nos vamos con Manolito Cuatro Ruedas a Valença do Miño por recomendación de los parientes gallegos que andan no muy lejos de la zona.  Teníamos pensado caminar el kilómetro y medio que nos separa de los lusos, pero recordé el consejo de un primo aficionado a las compras: Llévate el coche y la tarjeta porque caerás en la tentación de renovar el armario aunque no te haga falta.

El GPS nos guía por un par de calles antes de cruzar un puente que nos separa de una fortaleza con la hora del reloj adelantada. Nos fascina que un puñado de metros marquen la diferencia de idioma, cultura y tiempo con las orillas del río fronterizo entre reinos medievales. Idea, lo que se dice, idea de dónde vamos no tenemos mucha, pero somos aventureras por naturaleza y, como tales, aparcamos en el quinto pino de una calle rural con la brújula de la intuición escacharrada.  Gafas de sol, mochila a la espalda, Arya remolona y dedo mojado al aire para decidir si arriba, abajo, derecha o izquierda.

  • No sé, mamá, pero ¿Qué tal si preguntamos?

  • ¿El qué?

  • Pues eso, que dónde estamos

  • En Valença

  • Mamiiii, menos guasa que te conozco y eres capaz de recorrer la misma calle tres veces fingiendo que es muy bonita cuando la realidad es que te has perdido tropocientas veces.

  • ¡Qué fama, hija mía, qué fama!

Entro en la primera tienda que encuentro y pregunto al dueño dónde está la zona de los souvenirs (arte arquitectónico igual a camiseta de mi abuela estuvo aquí y se acordó de mí, pero en luso). El hombre, muy parco, me responde con el nombre de lo que parece una especie de mezcla entre Primark, Corte Inglés y Carrefour en el mismo punto de encuentro. Mi hija no está muy convencida y sigue mis pasos renuente: mamá, que este señor se ha creído que quieres comprar filetes, que te lo digo yo que soy muy lista. Ni caso, subo por la acera cuatro manzanas hasta llegar a una rotonda desde la que contemplamos cómo los coches con pinta de turistas, suben una cuesta para alcanzar la cima de la fortaleza. Bajamos, aupamos en Manolito, doy varias vueltas por la rotonda hasta descubrir a un conductor que me inspira confianza para perseguirlo y alcanzar nuestro destino. Aparco, gafas, mochila, Arya, cuatro curvas cuesta arriba y la entrada con un aparcamiento llenito de plazas vacías.  Recuperamos resuello y retrocedemos de vuelta a la caza del auto para acercarlo a la puerta. Freno, apago el motor y miro el reloj: dos horas desde que salimos de Tui, un kilómetro de distancia y unos cuantos más de paseo entre idas y vueltas por los senderos de la inopia.

Nos enamoramos de los muros, las torres, el paisaje y las tiendas con su surtido de tejidos multicolores a precio de saldo. Nos abduce la belleza de las fachadas y la sonrisa de comerciantes como bereberes exponiendo los cebos a nuestra apetencia; la mezcolanza de acentos y la atracción de un vino que alienta el paladar con su dulzura, el aire cálido del verano y la complicidad que nos une ahora que la golondrina que creció en mi nido ha iniciado las prácticas de un vuelo que no voy, ni quiero poder evitar.

Es tarde cuando regresamos al hotel, no sin antes haber visitado la maravillosa catedral de Tui, directas a la ducha con mi conciencia sumando paquetes mientras se autoconvence de la utilidad de todo lo que cargamos con las etiquetas del made in maripili portugués. Aseamos, revisamos fotos y acudimos al comedor para saciar el apetito con una ensalada mixta y una pechuga de pollo. Pertenecemos al último turno con otra mesa donde se reúne una familia de cuatro y otra más con una pareja aburrida que apenas se miran.  Las paredes son ventanales abiertos al monte que rodea el Parador con el río no muy lejos de la hierba cuidada que lo cubre; mi hija contempla el paisaje y empieza a comentar lo afortunadas que somos hasta que noto un golpe en el talón de la sandalia. Miro al suelo y reparo en un ratoncillo que corre a toda velocidad por la linde del cristal tratando de encontrar la salida.  Me levanto de un resorte y arrodillo en el asiento.

  • ¡Mami! – susurra mi hija espantada - ¿a qué viene ahora ponerte a rezar en la silla?

  • Un ratón – respondo – un ratón y señalo al animalillo en zigzag por las baldosas.

Busco a una camarera y le hago un gesto con la mano señalando al intruso.  Se acerca solícita y me pregunta si necesito algo más:

  • Yo no, pero ese little mouse necesita salir de aquí antes de que le dé un colapso.

Los comensales observan la jugada sin inmutarse mientras yo continúo en postura oración-a-la-Meca, mi hija en modo Indiana Jones y los camareros haciendo maniobras para dirigir al ratón que, después de unos cuantos porrazos sobre el cristal, sale escopetado hacia el prado. Recupero la postura erectus y quito importancia al suceso cuando los chicos de uniforme me piden disculpas por el trastorno que haya podido producir la captura del roedor.

  • No suele ocurrir – me dice el que parece de más autoridad – pero con el tema del Covid tenemos todo abierto para que el edificio se ventile y como estamos en mitad del campo, tenemos que estar alerta para que no entren animales.  Alguna vez se nos ha colado un gato, pero nunca un ratón.  Perdone las molestias y gracias por su colaboración.

Nos vamos a la habitación con la respiración alterada (la mía).

  • ¡Qué pena que no dejen entrar a los perros en el restaurante! – suspira mi hija – Arya se lo habría pasado bomba tratando de pillar al ratón.

  • Si, claro – respondo – y también habríamos tenido que pagar los desperfectos.

  • Tú, mamá, tú, que yo todavía soy joven y no gano dinero.

Y la puñetera se ríe…