CAMINO DE RIANXO

 

Nos despedimos de Tui con pocas ganas de continuar el viaje a pesar de los tres días que nos quedan aún para regalarnos el espíritu con la imagen del terruño gallego. El punto final del destino es Rianxo, pero quiero hacer una parada en el pueblo costero donde pasé los mejores veranos de mi vida, y también los más amargos.  El sol nos acompaña durante todo el trayecto hasta alcanzar la callejuela que enmarca la playa con sombrillas de veraneantes y mar vacío de bañistas valientes que sean capaces de soportar las cuchillas del frío.  Aparco, bajamos a la arena y mi hija se adelanta a mi propuesta antes incluso de musitar un sonido: Ni de broma voy a bañarme, mamá, no lo intentes que yo no soy tú y tengo la piel muy sensible… Le recuerdo a su abuela nadando hasta la línea de las boyas con casi 80 años cumplidos y su resistencia a la temperatura gélida de la marea, la voluntad, el empeño y su actitud positiva para afirmar sin pudor que el agua estaba muy buena un poquito fría al principio, pero luego maravillosa – Y mi hija me escucha, pasa de mi arenga y se sienta apoyada en un muro como si fuera la viva estampa de una artista famosa que busca el anonimato escudada en sus gafas de sol y con una toalla a modo de turbante en la cabeza: Te esperamos aquí - resuelve impertérrita - no te ahogues.

Si mi madre podía, yo también, voy meditando camino de la orilla.  Acerco un pie, rozo el agua y reculo. No sé por qué, pero tengo la impresión de ser observada por decenas de ojos apostando a que me quedo en tierra. Cuento hasta diez y reinicio los pasos hasta cubrir los tobillos: duelen. Veinte: las rodillas. Treinta: la cadera. ¡Tus muertos! – resoplo el aire comprimido en el escote – una adolescente brinca a mi lado para zambullirse de un golpe salpicándome con gracia…asoma la cabeza y me recomienda que la imite para no sufrir tanto.. Asiento con la cabeza a la vez que empiezo de cero el contador: 10, 20, 30… 100 y mantengo la postura ficus medio hundida en el mar. Mi compañera se acerca: ¡Vamos, no lo piense tanto que está muy buena! (tengo para mí que mi madre acaba de teletransportarse desde su cama para acribillarme el orgullo).  Esta vez no cuento ni el cero para sumergirme jurando en arameo con los brazos como aspas de una lancha supersónica sobre la superficie del mar. Ni buena ni porras en vinagre porque no me caliento hasta que no alcanzo la primera bola naranja resollando como un burro. Giro hacia la playa y atisbo a los socorristas sopesando la posibilidad de fingir que me ahogo para que me remolquen con sus musculitos, pero aparto la tentación por eso de estar acompañada de una hija con ínfulas de máter de la honestidad con la que me mortifica cada vez que el cable se me cruza y concibo una chaladura semejante.

Comemos en la terraza del restaurante de un amigo que demuestra su intenso deseo de recobrar lo perdido con una cuenta exorbitada (amigo, repito, amigo). Saco la lupa y leo línea a línea el precio de los cuatro pimientos de padrón, tres almejas a la marinera, ensalada, refrescos y café. Pago la factura y me despido con un abrazo: ¡chaval, te has subido a la parra!. Se encoge de hombros y con su acento gallego responde: Xa sabes… o confinamento foi moi malo para o sector - Te recuperarás enseguida – respondo concisa a la vez que me planteo si no debería pedirle una servilleta de papel como souvenir por eso de continuar con la tontería que me inspira estar de vacaciones en la costa.

Manolito Cuatro Ruedas nos espera paciente para guiarnos al camping de Rianxo donde hemos reservado un bungalow para disfrutar los dos días que nos quedan.  Llevamos lejía y resquemor por si el bicho acecha la caseta aún después de haber sido desinfectada con esmero. En la cafetería de la entrada hay una fiesta con un grupo numeroso de jóvenes a quienes el Covid les trae al fresco por la forma en la que se relacionan y comparten bebida sin ningún tipo de precaución. Tratamos de evitar que nos afee el día y, en consecuencia, dejamos los bártulos en la habitación, abrigamos con una sudadera y bajamos a la calita solitaria que hay a pocos metros del alojamiento.

Anochece cuando nos sentamos en una piedra lisa que parece recibirnos a orillas del mar y bajo los reflejos de una luz prodigiosa. La brisa, el color de las nubes, el graznido de las gaviotas y el rubor del horizonte nos arrastran al silencio roto por la voz susurrante de mi niña:

-        ¡Mamá! Llámame cursi, pero ¡qué feliz soy!

Acaricio su pelo y contesto:

-        Yo también, tesoro, yo también