RIANXO

He estado debatiéndome en si debía escribir la crónica de este día o ir directa el the end del viaje porque nuestra última jornada gallega amaneció con lluvia, frío y niebla en connivencia con un otoño adelantado.  Nos despertamos a buena hora, abrimos la puerta al balcón y los nubarrones nos desearon los buenos días con sus mejores galas en gris.  Mi hija optó por regresar al colchón, enchufarse al móvil y realizar paseos de un metro entre la cama, cocina y baño rememorando los meses de confinamiento en casa. No había cafetera y yo sin café soy una ameba en el cristal de un microscopio, es decir, un ente plano e inerte y, teniendo en cuenta el porvenir tan poco halagüeño que se nos presentaba, decidí cruzar al bar para revitalizar mis neuronas con un desayuno energético.

La dueña del local era una mujer de aldea, pecho rebosante, ropa negra de luto y habla galega que me ofreció un café en un tazón familiar y, de regalo, un par de sobaos plastificados porque tostada o zumo no entraba en el menú dispuesto.  Me senté en la terraza con mis dos sudaderas superpuestas, un pañuelo en el cuello y la mocha con el pelo insurrecto con la humedad de aliada (juro que me había peinado). Maruja barría el suelo con frenesí, pero al cabo de unos minutos se sentó a mi lado y empezamos a charlar sobre la vida en el pueblo, el archifamoso Covid y mi infancia en la aldea familiar. La patrona se removía en la silla y alzaba la voz como si yo estuviera sorda (que lo estoy) o fuera ella a la que le faltaban unos decibelios de audición en las orejas y, puesto que allí no había nadie más que nosotras, pensé en si no estaríamos representando alguno de los poemas de Rosalía frente a una platea vacía.

Una vez intercambiadas las vivencias mutuas, regresé a la caseta con la idea de espabilar a mi marmota que permanecía en su nido abrigada por el radiador encendido.

-        ¿Nos damos un baño en la playa? – pregunté a sabiendas la respuesta

Levantó la vista del móvil y respondió

-        ¿Te han puesto algo en el café o es que te has levantado con un tornillo de menos?

-        Cariño, mi cerebelo está en pleno rendimiento, son las ganas de mar lo que me animan a nadar bajo esta lluvia tan romántica..

Se ríe

-        Creo mami que tengo razón, el café tenía polvos sospechosos

Suspiro y decido acercarme al pueblo, aunque sea para tener perspectiva de dónde hemos estado cuando me pregunten si merece la pena conocerlo. Arranco a Manolito Cuatro Ruedas y me dirijo al puerto donde aparco bajo el orbayo, sin paraguas o capucha que me proteja del agua.  La intención es estupenda, pero la realidad se queda en parada en un soportal, foto deslucida, lamentos de qué-hago-yo-aquí y vuelta a casa con la duda entre cocer espaguetis o arroz porque la despensa no tiene más opciones: pasta o arroz. Fin.

El tedio de la tarde no ayuda a ponernos las pilas en cuestión de ganas por hacer deporte mental, pero sí unas cuantas flexiones (los armarios de la cocina son muy bajos), sentadillas (cama, terraza y sofá) y meditaciones sobre los truenos que acobardan a la perra tendida bajo la cama. Partida de parchís (me gana ella), de cartas (gano yo), y de nuevo al encuentro de Maruja para encargarle la cena.

-        ¿Qué puede hacerme que no sea pescado, una tortilla tal vez?

-        Calamares, raxo, merluza

-        No, pescado no, gracias.  Llevamos tres días comiendo peces.

-        Entón, calamares

-        A ver, Maruja, gracias pero preferimos otra cosa.

-        Xa, pois teño un pouquiño de rape

-        Genial, Maruja, pero ¿tiene algo más que pescado?

Se queda pensando y continúa

-        Zorza con patacas

-        Perfecto. Una ración de zorza con patacas, entonces.

-        ¿Zorza?

-        Si, zorza

-        Está ben, en veinte minutos estará feito

Entro en el comedor y le comento a mi hija que cenaremos pescado.

-        ¿Pero no habíamos decidido que fuera una tortilla?

-        Nosotras sí, pero la jefa está jugando a la ruleta rusa y, o bien toca peces, o bien zorza.

-        ¿No tiene huevos?

-        Ni idea, pero sea como sea hoy toca cena sorpresa.

-        Ya. Pues a mí no me gustan las sorpresas.

-        Aventura, hija mía, la vida es una aventura..

Media hora después me presento con una fuente maravillosamente llena de picadillo de chorizo y patatas fritas del huerto.

-        ¿Y la tortilla?

Me quedo pensando un segundo antes de responder:

-   Cariño, no sé por qué me da a mí que harías buenas migas con Maruja.