VUELTA A CASA

 

Tenemos tres horas para empacar enseres y ceder la cabaña a los nuevos turistas que envidiamos con la pena enroscada en la maleta. Me he dado el último baño en la calita desierta bajo el sol de un verano que va y viene en la costa gallega, tomado un café con Maruja y pedido a los dioses que paguen la deuda de un tiempo tan malo con la promesa de regresar el próximo verano a un lugar que nos ha alborotado las neuronas.

Vamos a dar un rodeo para tomar un aperitivo con mi prima, cargar el coche con huevos de sus gallinas, pan de mollete, requesón y chorizos en base a deleitar el paladar y nutrir los adipocitos amontonados bajo la piel. Nos esperan 7 horas de carretera por la que transito con la memoria circulando entre los ecos de la voz de mi madre cantando canciones de Maria Dolores Pradera, el sopor de las madrugadas subiendo los puertos y la costumbre de mi padre de adoptar autoestopistas jóvenes y mayores con quienes hablar del clima, cosecha y, dependiendo de quien fuera el invitado, planes de un futuro prometedor para los optimistas, y sombrío para los lastimeros incapaces de mirar a ambos lados de la tortilla.

Miro por el retrovisor y contemplo a mi hija y la perra dormitando en el asiento, la humana con los cascos en las orejas y la mascota con las suyas relajadas. He puesto un cd antiguo de la Pradera y tarareo una por una sus letras al tiempo que echo la vista atrás para revivir el gusanillo en las tripas cuando mi padre nos contaba de la vaca que iba a parir mientras estuviéramos en la aldea, los pollitos en el hueco de un horno de leña desusado o la promesa de un plato de requesón fraguado en el corredoiriño que llevaba a las cuadras.  Soy una privilegiada, murmuro entre canción y canción, una pirata con un cofre ahíto de tesoros en forma de recuerdos felices y que todavía sigue aprendiendo a atrapar los minutos alegres con la conciencia expandida para que no se conviertan en regalos que aprecie cuando sea demasiado tarde.

Tengo todavía por delante un par de semanas de vacaciones alejada de una rutina asfixiante.  No soy la única que siente que el trabajo carece de estímulo, más aún después de tantos meses de huida de un peligro con la tos en los pulmones. La pandemia ha sembrado una herencia de pesimismo y abulia entre mi gente, pero también el reconocimiento de la fugacidad del tiempo y en cómo la prisa y el estrés tapan lo maravilloso que es disfrutar de las cosas pequeñitas; de hecho, quiero detener el reloj, quiero seguir conduciendo con la flor de la canela, la respiración pausada de mi niña y el aire fresco que me agita el pelo a través de la ventana.

¡Me hago pissss! – grita mi hija alterando la paz de mis pensamientos – ¡Para, que no me aguantooooo!

La perra ladra y pulso el intermitente para salir hacia la primera área de servicio que encuentro.  Hay una flota de camiones estacionada delante de la cafetería lo que me hace deducir que se come bien y barato. Aparco y contemplo la flecha que sale del asiento trasero hacia el edificio con la mascarilla torcida en la cara. ¡Póntela bien! – advierto - ¡La mascarilla, póntela bien!

Mi hija vuelve al rato con una sonrisa de satisfacción: Mira mamá, si algo de bueno tiene el Covid es que los baños de los bares están limpísimos. ¡Qué a gusto me he quedado! ¿Comemos? No me equivocaba en mis predicciones, los bocatas están buenísimos y el precio más que asequible teniendo en cuenta nuestras incursiones por la comida gourmet escasa y cara durante el periplo del viaje.

Recogemos a Manolito Cuatro Ruedas  y nos ponemos en marcha con mi mente centrada en un proyecto que, confiamos, salga adelante en otoño. No depende de nosotras al ciento por ciento, pero sí estamos dando pasos para que cuando llegue el momento, arranquemos con el pistoletazo de salida hacia una meta con visos de ser un nuevo comienzo. Hago cábalas y, un segundo después, mi cerebro boomerang da un salto en el tiempo, se aleja del futuro y aterriza en Panamá para recordar mi angustia cuando supe que la agencia de adopción me había mentido y que, lo que creía un mes de estancia para recoger a mi pedacito moreno, se alargaría en un plazo indefinido a tenor de los organismos públicos que gestionaban la documentación. Pensé en Ester (tengo que llamarla) y en su invaluable ayuda para que los trámites se agilizaran, en esa dulzura que desprende a la vez que firmeza cuando se trata de socorrer a un/a desesperado/a como yo que andaba despotricando como un becerro sin conseguir doblegar el curso de una burocracia infinita. Me repito una y otra vez lo privilegiada que soy por tener un colchón de afecto en el que refugiarme y, con las mismas, me pongo a gritar el “no me mires, no me mires” de Mecano (he cambiado de disco) muy a pesar de las pasajeras que refunfuñan por haberlas sacado de la siesta.

Es de noche en Madrid cuando abrimos la puerta del nido con la nevera vacía, polvo en las estanterías y un par de plantas a las que no ha bastado el charco en el que las sumergí antes de irme. Riego, vaciamos el equipaje, contemplo el frigorífico y llamo a Telepizza con Arya mirándome fijamente como si fuera mi conciencia.

- Vale, te daremos el bacon pero no te acostumbres que los adipocitos son muy malos.

Y el espejo de mi dormitorio se ríe...