DERECHOS TORCIDOS

Hace demasiado tiempo que vengo observando cómo el trato empresarial hacia los empleados es cada vez más inhumano. Será que me estoy haciendo una vieja refunfuñona que mira al pasado con benevolencia excesiva, pero la realidad es que no puedo dejar de comparar lo que escuchaba a mis padres sobre la despedida de tal o cual amigo por parte de la dirección de su empresa, y la frialdad que observo en el entorno actual, donde la vida personal de los trabajadores carece de valor y dignidad.

En la Sociedad de un amigo mío, se murió un compañero de trabajo de un cáncer fulminante durante las vacaciones de verano. Mi amigo me contó perplejo cómo el departamento de Recursos Humanos se limitó a enviar a un empleado de Mantenimiento con un carro para recoger el ordenador y vaciar la mesa delante del equipo que, todavía, estaba intentando asumir la muerte de un hombre con el que compartían despacho desde hacía más de veinte años. Ningún responsable, director o jefe de área, tuvo la delicadeza de comunicarlo personalmente al grupo y mucho menos preguntarles si necesitaban ayuda para recoger los objetos personales del compañero fallecido.  Mientras este amigo me lo contaba, yo notaba cómo se me erizaba la piel al imaginar la escena del operario recogiendo una mesa que, hasta hacía bien poco, estaba ocupada por un hombre que había dedicado su vida en un entorno cuya directiva carecía de un mínimo de ética y sensibilidad.

No es el único caso de esta índole que conozco, de hecho, se ha convertido en algo habitual escuchar testimonios parecidos de empresarios que tratan a su personal como meros objetos de un entramado en el que prima la avaricia sobre la calidad humana y en el que el desprecio y la humillación se han llevado por delante la cortesía, reconocimiento y buena educación de la que hablaban mis padres hacia compañeros que se jubilaban con un aplauso colectivo. La mediocridad se ha instaurado en las instituciones que nos representan con espectáculos bochornosos que me hacen preguntarme dónde se fueron los buenos modales que nos inculcaban de niños con el respeto aprendido desde que empezábamos a caminar chuperreteando el suelo. Qué fue de aquella generación que nos enseñaba educación con mayúsculas y sin aspavientos porque nos bastaba imitar su ejemplo para saber que había ciertos límites que no se podía traspasar bajo ningún concepto.

A veces pienso en si no nos estaremos mimetizando con los circuitos de un robot que funciona con un mando a distancia, o quizá, es la respuesta a un trato indiferente por parte de comités de dirección formado por ejecutivos a quienes la gorra de plata les ha hecho olvidar que, detrás de la cara con la que se cruzan en el ascensor, hay un ser humano con idénticos sentimientos a los suyos, aunque no se vistan con un traje de marca.  Gerentes con tarjeta de visita que escudan su responsabilidad en los curritos con un sueldo infinitamente menor y a quienes exponen en el escaparate de sus desmanes para que reciban los golpes que a ellos les corresponde asumir por el cargo que ocupan.

Poco a poco nos han ido borrando derechos con la excusa de crisis que, finalmente, han afectado a los que vivimos en la estructura de una pirámide con una base de pobreza cada vez más amplia y un vértice de riqueza cada vez más pequeño. Derechos que nuestros padres habían conseguido después de años de trabajo duro con un reconocimiento a su esfuerzo y no al apellido del amigo o pariente a quien incluir en la plantilla de los enchufados. Madres que paren y no pueden permitirse la baja maternal porque la disminución de sueldo implica no poder pagar recibos, trabajadores que arriesgan su salud porque no se pueden permitir el lujo de faltar a su labor si no quieren ser reemplazados, mujeres que soportan acoso para evitar el despido, inmigrantes explotados por señoritos de sombrero que tienen el cuajo de alegar que les están haciendo un favor al proporcionarles trabajo…Nos están acostumbrando a recoger migajas como si fueran monedas de oro, a aceptar contratos precarios e, incluso, burlarnos de las felonías de los poderosos sin pensar en las vidas que destruyen con cada una de sus corruptelas. Los medios de comunicación han dejado de ser independientes porque sirven a comerciantes con las siglas de uno u otro partido en la cabecera de su productora; anulan la capacidad de pensar con una censura sutil en las noticias y utilizan cortinas de humo para ocultar la apisonadora que los hombres de negro utilizan imperturbables sobre el dolor de familias que han perdido la capacidad de soñar.

Creemos que hemos avanzado y, quizá, sí en lo que respecta a la posibilidad de denunciar, pero la batalla continúa durante años de litigio con un sistema judicial arcaico y con tintes totalitarios del que, personalmente, desconfío. Tengo una amiga hondureña que se ríe de mí cuando me escucha rezongar como una cascarrabias porque en su país no hay más que dos opciones: Tragar o pasar hambre. Y tiene razón en que no hay nada como mirar hacia abajo para valorar el escalón en el que estamos posicionados, pero este sentimiento no me libra de pensar que, si los jóvenes que nos suceden no reaccionan a tiempo, y reivindican los derechos perdidos, estaremos avocados a una sociedad feudal con dos polos opuestos y una clase media sepultada en el tiempo.

La pandemia es la última excusa para cercenar derechos porque muchos empresarios temen perder el margen de sus ganancias, así como los especuladores se han frotado las manos a costa de abusar de la vulnerabilidad de los más débiles Soy consciente que resulta descorazonador leer mi alegato, pero no soy más que el eco de lo que me cuentan amigos y conocidos por la calle con la frustración y la desgana en el centro de un espíritu abatido por el poder de la codicia.

Tengo la sensación de que la mediocridad se ha instaurado entre directores y ejecutivos que, procediendo de un entorno humilde, han alcanzado el éxito por un pellizco del destino. Hombres, en general, que actúan desde la soberbia por miedo a perder lo que la vida les ha regalado: cifras por millares en sus cuentas bancarias. Practican la solidaridad desde el escaparate de su negocio, pero olvidan que el destino es caprichoso y que el desprecio que escupen a la tierra es el mismo que pisarán algún día cuando la vida les devuelva la saliva embarrada.