LA CENA

El whatsapp de mi teléfono se ilumina con el mensaje de mi amiga Blanca en el grupo de "Inauguración piso nuevo": estáis invitadas a mi casa. Se ruega confirmación. Cinco minutos después aparecen las respuestas acompañadas de manos aplaudiendo y caritas sonrientes: ¡me apunto! ¡Y yo! ¡Por supuesto! ¿Qué llevo? ¿Tienes sillas suficientes? ¿Se puede llevar animal de compañía? Si es de cuatro patas no, y si es de dos tampoco: cena de chicas. - ¡Fiestuki! - Le grito a mi hija, - ¡Tengo fiestuki! - al tiempo que ella me contempla con esa expresión severa que ha puesto de moda desde que se ha enganchado a no sé qué serie en la que los hijos deben creer que son los padres y viceversa: - no bebas vino, te sienta fatal y luego te duele la cabeza (me quedo muda y empiezo a oscilar entre crujirla o sacar a la perra. Decido lo segundo)

Llego puntual y coincido con una de las comensales (intuyo) en el portal. Ambas cargamos bolsa con propuesta de plato, ella morcilla, yo paté. Entramos en el ascensor y pulsamos botón número 7. Subimos y abrimos compuertas: hay una pared. Pulsamos el número 6 y atisbamos el cristal: pared. La glotis empieza a estrecharse y, con disimulo, controlo el botón de emergencia porque, para mí, que acabamos endilgando la morcilla en el elevador mientras esperamos operario. Pulsamos el número 7 y giramos ciento ochenta grados para descubrir que el muy ladino está de vacile: la salida es por el otro lado. Nos reímos: Por cierto, yo soy Concha – yo Almudena.

El salón-comedor se va llenando de voces femeninas que se presentan con la memoria tratando de retener los nombres para no quedar mal cuando, media hora después, se tenga que recurrir al: Lady X, ¿Te importa pasarme la tortilla?. Somos mujeres de mundo y, como tales, la conversación fluye con espontaneidad sobre nuestros orígenes con la sección internacional animando la fiesta con su acento francés y sentido del humor español. Intercambiamos anécdotas con la risa a borbotones: chascarrillos de mercado, hijos, discotecas sabrosonas y cuerpo de bomberos al que alguna que otra ha tenido que acudir con la frustración de toparse con hombretones poco aparentes para lo bien que se lucen en internet.

Hemos dejado los dramas personales en el descansillo de la escalera, las cuitas y las hojas de excell con cuentas que recuerdan lo achuchada que está la vida. No medimos calorías ni andamos con zarandajas de política que estropee la risa fácil, el brillo en el cristal de las copas o el cigarrillo que María pide a escondidas para que su escudera no la descubra con un coscorrón en la conciencia. Quizá sea el vino, o quizá las ganas de disfrutar lo que el Covid nos ha quitado en mayor o menor proporción, pero lo cierto es que los doce apóstoles en femenino, que diría Blanca, estamos celebrando la vida en horas de humor y alegría que estimulan la serotonina por conexión espontánea.

Llega la sesión de fotos y las voces con multitud de advertencias: que no salga mi tripa, espera que se me han empañado las gafas, ¡ojo con sacarme de perfil!, yo delante que soy bajita, yo atrás que soy más alta, moveros que no cabemos todas, tú a la izquierda, tú a la derecha, ¡Ponle filtro! Te recuerdo que en la fiesta ibicenca salimos todas tremendas.. ¡Claro! ¡El blanco engorda! – Ya, por eso yo me llamo Blanca..- ¡qué graciosa! - ¿Quién hace el selfie? Yo no que engorda la cara, Vale, yo lo hago

La medianoche ha quedado atrás cuando por fin nos despedimos de la anfitriona con la comida sobrante repartida en bolsas y muy pocas ganas de regresar al mundo real. Quedamos en organizar el próximo encuentro para celebrar Halloween por eso de tener una excusa que nos reúna de nuevo. Eso sí, vestidas de negro para venerar a los muertos, y porque disimula el exceso de adipocitos a quien le haga falta.

Naturalmente