PERIPECIAS

LA CONFIANZA

Es sábado y tengo una cena en casa de una amiga en el centro de Madrid.  El piso tiene una terraza con vistas prodigiosas a los tejados de la ciudad en la que solemos tapear los atardeceres de verano, pero es otoño, llueve y hace frío de modo que el mirador queda relegado a los fumadores o valientes que quieren ver cómo la lluvia anega las calles. Salgo con mi paraguas porque la cornisa, que podría proteger del agua, es minúscula y apenas si cubre el cuerpo a menos que tenga forma de bastoncillo con cabeza.  AC está de pie con una postura a medias Cuasimodo, a medias torre Eiffel; se gira hacia mí y, al reconocerme, avanza hacia la pared de enfrente dando pasitos al trote, se apoya en el muro y exclama: ¡qué bien! ¡Tú eres de confianza! Y, cuando voy a preguntarle a qué se refiere, escucho una explosión procedente de la trasera de su pantalón. Me quedo tiesa con el paraguas cerrado en la mano y el flequillo goteando la lluvia: el shock me ha dejado catatónica.  Mi amiga suelta una risita y finiquita la escena con una expresión irrefutable: ¡Qué alivio!

---------------------------------

EL BOMBERO

Camino de mi hogar, paso por delante del parque de bomberos donde dos apuestísimos muchachos están vendiendo calendarios del 2022 con fotos de los ilustres miembros de la municipalidad mostrando la belleza de su musculatura. No hace falta que el David de Miguel Angel con uniforme azul me invite a colaborar con la venta del producto, ya me acerco yo con el latido acelerado y los ojos bizqueando.

-        Buenos días, bombón (lo de bombón lo pienso, pero no lo digo)

-        Buenos días, señora (odio que me llame así), ¿Quiere un calendario para una asociación benéfica?

-        ¡Por supuesto! ¡No uno, quiero dos! (el segundo de regalo para mi amiga Teresa que es devota de San Bombero)

-        Muchas gracias, señora (si repite señora se queda con los almanaques), y si quieres (vamos mejor, me ha tuteado), te puedes subir al camión con el casco y te hago una foto.

-        No, hombre no – replico con chirivitas en las pupilas – si hay que hacer un retrato, que sea contigo, total si digo que eres mi novio nadie me va a creer, y si cuento que me he cambiado de oficio, tampoco, así que me quedo el recuerdo para mí y para todas las envidiosas a las que le voy a enviar la foto.

El muchacho me saca cabeza y medio cuerpo, pero el casco disimula la diferencia haciéndome parecer unos cuantos centímetros más alta.  Me abrazo a su cintura (él a la mía) y su compañero dispara con mi sonrisa anuncio pasta-dientes a todo trapo. Pago y me despido con la emoción de una adolescente después de recibir el autógrafo de su ídolo. Cuando llego a casa le enseño la foto a mi hija que, como es habitual, rezonga: Menos mal que no iba contigo, ¡qué vergüenza!Pues que sepas que me lo voy a llevar a la oficina porque teniendo en cuenta lo que tengo alrededor, al menos, la imagen de estos hombretones tan guapos me alegrará las mañanas. – No serás, capaz, mami, no serás capaz.

Esta no me conoce todavía…

-------------------------------- 

LAS BOTAS

Me levanto como todas las mañanas preguntándome quién fue el listillo que dijo eso de que a quien madruga Dios lo ayuda porque llevo haciéndolo un porrón de años y no he notado especialmente que el Señor me eche un cable para que no sea necesario levantar el país en la oficina. Mi hija se ha quedado a dormir en mi dormitorio y, como buena madre que soy, me muevo a tientas con la luz del móvil que se apaga cada cinco segundos por orden mía en los ajustes de su configuración. Mano derecha con el pulgar va y viene por la pantalla para iluminar el armario (tenía que haberme dejado la ropa preparada anoche), ducha, crema, pelo, desayuno con café y Arya al acecho por si cuela una galleta.  Me pongo la cazadora, la mochila en la espalda y calzo al tun tun (llego tarde) para salir a la calle.  Cruzo el portal, bajo por las escaleras y empiezo a caminar por una acera que tiene los adoquines de lado derecho más altos que los del izquierdo. Me paro en seco. Algo no va bien. Enciendo la linterna del móvil (no basta la pantalla) y enfoco los pies: Bota derecha negra y tacón, bota izquierda marrón y plana. Giro sobre mis pasos y regreso al hogar con intención de arreglar el desaguisado pedestre. Busco la llave en la cazadora, no está, en la mochila, tampoco, en los bolsillos del pantalón, ni huella.  Pulso el timbre una, dos y a la tercera aparece la cara somnolienta de mi sucesora: ¿Qué pasa?Dos cosillas sin importancia, cariño, llevo las botas descompuestas y me he dejado las llaves en casa. Se rasca la cabeza y responde_ ¿Cómo se llama el médico que estudia la cabeza? Te lo digo por si tienes que pedir cita que ya sabes como está la abuela. Yo me libro porque no soy de tu sangre, pero tú

Se ha quedado sin paga.

Por lista.