MÁS PERIPECIAS (2)

Pilar es un zascandil con una batidora mental que gira tan rápido como la atención que pone en mil cosas y, a la vez, en ninguna. Es fin de semana y su familia ha encargado comida japonesa para cenar. Lo han consensuado con ella, pero ni se acuerda porque está a tortas con la lista de la compra, la ropa de la plancha y la programación de sus clases. El clan familiar está a su aire cuando suena el timbre del telefonillo. Pilar descuelga y pregunta quién es:

-        Sushi – responde una voz masculina

-        Lo siento, aquí no vive ninguna Susana, pero no te preocupes que te abro.

Pulsa el botón y se gira hacia el comedor donde se topa con el resto de la familia mirándola atónitos.

-        ¡Mamá! – exclama el pequeño - ¡Es el pedido japonés!

Y Pilar, que es así de chula, responde: ¿Pero no habíamos quedado en cenar una pizza?

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Angela se ha comprado una televisión nueva y, como es habitual en la mayoría de los mortales, ha pasado olímpicamente del libro de instrucciones para guardarlo en el cajón del por si acaso que nunca abre. Toma el mando, enfoca la pantalla y pulsa el menú.  Lee los letreros y va de ok en ok hasta que consigue sintonizar los canales contratados con la CIA telefónica. Se sienta en su sofá y aprieta una tecla que configura el aparato en modo conexión para invidentes. La cadena elegida está emitiendo una película con la compañía de una voz chirriante: Lisa abre la puerta y se tropieza con el gato, se cae sobre la mesa y empuja un jarrón que también se cae. La olla está hirviendo, el pollo se quema, Tom bebe agua y se atraganta, tose, tose mucho, se quita la corbata, se sienta y coge un libro, fin de la escena, ahora llega Lisa con una tirita en la frente y el ojo amoratado…. Ángela entra en shock y empieza a pulsar frenéticamente las teclas para poner en off a la señorita que interpreta la acción: Idiomas, pantalla, sonido, programación y nada, no acierta con la opción adecuada. ¡Que veo! – profiere en un intento desesperado para que la tele lo entienda - ¡que yo lo veo!, pero la narradora sigue erre que erre con la descripción de la peli. Ángela resopla, apaga el televisor y enciende la radio:

¡Que le den!

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La bombilla de mi cocina es de bajo consumo y baja iluminación a la que me he acostumbrado desde que la compré hace unos cuantos años. Cortar la cebolla o freír las croquetas conlleva un baile de salón entre el pie derecho y el izquierdo porque la espalda me tapa la luz y mi hija, que lo de cocinar no entra en sus esquemas, lleva una buena temporada con el run run de mamá no se ve un pijo cada vez que asoma la cabeza para ver cuánto le falta a la comida. Voy a la ferretería a buscar un enchufe y, de paso, pregunto por una lamparilla con potencia suficiente para que no se me quemen las croquetas porque no atino a distinguir la sartén.  El comerciante me entrega una caja y me dice: Tranquila, ésta ilumina más que el sol.  Me cobra 16 euros, le pregunto si es que lleva el casquillo de oro y se ríe: no, hombre no, ya te he dicho que brilla mucho…Llego a casa, cojo la escalera, subo al techo, cambio la bombilla, bajo, aprieto el conmutador y las paredes me deslumbran la vista. Mi hija, que repito no pisa la cocina ni muerta, asoma la cabeza y dice: ¡Madre mía! ¡Cuánta porquería tienes! Apago y replico: Recuérdame dónde guardo la bombilla vieja para colocarla cuando vengan invitados, pero, mientras tanto, este finde te toca amoniaco y bayeta. – Bueno, mamá, tampoco hay que ponerse así, he exagerado mucho, está limpísimo.

Pero no se libra, a fe mía que no se libra.