QUERIDA CALA

 

Hace unos meses te encontraste por casualidad con un conocido que abrió tus ojos a una realidad completamente desconocida y abrumadora como el golpe de un puño en la boca del estómago.  Feliz en tu burbuja, nunca imaginaste que aquél encuentro fortuito pudiera revolcarte en un lodazal de decepciones, tristeza e impotencia porque el suelo firme, en el que habías caminado a lo largo de tantos años, se había diluido en agua turbia.  El corazón se detuvo y empezaste a respirar el aire cálido del verano con bocanadas de estupor y agonía al cincuenta por ciento, congelaste las horas y caíste en un pozo de preguntas sin respuesta con el autoestima herido.

Eres muy generosa y superhéroe a la hora de rescatar a los amigos de sus llantos, pero la pócima que utilizas para otros te supo a poco cuando intentaste beberla; buscaste ayuda profesional a escondidas, te enterraste en la arena y mantuviste tu perfil de torpedo de la vitalidad hasta que tu escudo se hizo añicos bajo los efectos del vino. Gritaste, lloraste, maldijiste y suplicaste abrazos y besos de quienes estamos a tu lado con un flotador para que sigas nadando con aletas en tus pies.

Te conozco y sé que zurcirás la tela rota por la traición con la inteligencia de tus entrañas.  Puede que flaquees e, incluso, que te lances a pasear por la adolescencia atolondrada, pero recuperarás el equilibrio, la ilusión y las ganas de comerte el mundo desde una esfera diferente y con su cristal más grueso. Bailarás un rock, balada o tango con esa chispa que nace en tus pupilas, cantarás a pleno pulmón desde el balcón de tu terraza y beberás una cerveza a la salud de todos los que estamos remando contigo en tu barca.

Sigue erre que erre, como sueles decir, que a cabezota y valiente no te gana nadie. Coloca la mochila en la espalda y hazle agujeros en los bolsillos para que caigan las piedras. Recupera el timón de tu vida y haz tuya ese mantra de los optimistas: Si una puerta se cierra, abre las ventanas y espera todo lo bueno que está por venir. 

La vida es acojonante, dice un anuncio de Navidad, y lo es aunque a veces se disfrace de fea. Maquíllala con el humor que tanto nos hace reír, llena el saco de Mamá Noel con fotos de luces en el parque, cuece los sinsabores en un guiso francés y saluda al año que entra con las uvas de la libertad para mirar tu ombligo y repetir hasta que te agotes: ¡Cala, tú si que vales!

Te quiero