FANATISMOS

Pocas cosas me irritan más que los fanáticos religiosos que se permiten el lujo de juzgar y sentenciar a quienes no comulgan con su pensamiento. Se suele poner el foco de atención en los musulmanes radicales, pero pocos hablan de los ultracatólicos que vivieron su momento de gloria con la Santa Inquisición, las condenas a muerte, masivas e indiscriminadas, que aplicaron a hombres y mujeres bajo el beneplácito y legitimidad del poder ejecutivo. Idólatras de la cerrazón que, además, culpabilizan a la mujer de todas las desgracias, las estigmatizan, marginan y despojan de su identidad para ser utilizadas como meros objetos de placer masculino. 

Por esta razón, soy incapaz de entender a las mujeres que forman parte de estos grupos liderados por hombres que exponen su testosterona como un bastón de mando al estilo medieval.  Partidos políticos (tenemos un claro ejemplo en España) cuyo programa electoral se vanagloria de anular los derechos de la mujer en base a su inferioridad aunque no tengan el coraje de exponerlo abiertamente. Formaciones legítimas que aspiran a destruir la dignidad femenina, por la que tantas mujeres murieron acribilladas en un paredón, y que tienen el cuajo de ampararse en los libros de una Biblia donde la falocracia campa por sus respetos de una manera vergonzante. Es la hipocresía con mayúsculas, pues esos hombres que presumen de tratar y valorar a las mujeres con respeto, esos que van a la Misa dominical para redimir su conciencia, son los mismos que pagan por abusar de niñas y chicas muy jóvenes explotadas por sectas putrefactas y mafias que nunca se extinguirán mientras siga habiendo demanda de clientes obscenos.

En estas fiestas prenavideñas se ha armado un revuelo en Granada por haber colgado cruces invertidas en las luces de la ciudad (confieso que estéticamente no me parecen adecuadas). Los ultraderechistas se han mostrado muy ofendidos al considerarlo un símbolo satánico en aras de las leyes de la religión católica que profesan con devoción.  Han pedido la dimisión del alcalde, manifestado y pedido que quiten lo que para ellos es una loa al diablo, saturado las redes sociales con sus arengas e, incluso, utilizado a los hijos como argumento para no pasear por las calles porque “fomentan” el satanismo. Curioso contemplar el espectáculo en imágenes como si fuera el guion de una película del siglo XV y, curioso, no haber escuchado intervenir a algún sacerdote para aclarar que la cruz invertida es un símbolo que representa la humildad de San Pedro al rogar que lo crucificaran boca abajo porque se sentía indigno frente a la crucifixión de Cristo. Reconozco que no me extraña el silencio porque la Iglesia tiene por costumbre mirar hacia otro lado cuando se producen situaciones que pueden desprestigiar su estatus, de hecho, lo hizo en los años negros de terrorismo de ETA, ha ocultado durante siglos los abusos a niños desde las escuelas, justificado sus aberraciones y tapado los desmanes de sus obispos con rezos de perdón que flotan en el aire pero no redimen a las víctimas. Afortunadamente no son muchos los clérigos con el alma envenenada, pero sí los suficientes para destrozar la vida de seres humanos a los que, en teoría, deberían amar y proteger bajo el palio del amor a Cristo.

Volviendo a las cruces invertidas y a partidos políticos con un ideario que recuerda al modo de vida establecido por la ley de un dictador, con los derechos humanos por el barro y el regreso de las mujeres al ostracismo, me pregunto qué ocurre para que haya tantos devotos que ni siquiera se cuestionen la veracidad de lo que escuchan, dediquen su tiempo libre a protestar por algo relativo a la fe y no hagan nada por defender los derechos de la mujer y tantos otros que nos quitan día a día sin enterarnos.

Se predica la independencia de los poderes con la boca chica porque la Iglesia sigue teniendo mucho poder desde el púlpito asentado en determinados ámbitos y, teniendo en cuenta su anclaje al pensamiento medieval, a veces, y cuando escucho a esa gente aullando en contra de una simple cruz de luces, me pregunto en qué punto de su formación y educación se cerró el candado a la duda, curiosidad y criterio para discernir la verdad de la mentira, la imaginación de la realidad y la exacerbación de la calma.

Hace muchos años leí una novela en la que uno de los protagonistas (un anciano chino) le decía a un sacerdote que al cielo se accedía por diferentes puertas, pero que él quería entrar por la misma que su amigo predicaba. Aquella escena representaba la tolerancia, respeto y amor que debería ser común a cualquier creencia religiosa, pero con independencia de la fe o descrédito en la existencia de un Dios cuyos dogmas han escrito los hombres, no estaría de más aplicar la sensatez a los ofendidos que se amparan en fanatismos para recordarles que flaco favor le hacen al dios que veneran, sea cual sea su nombre, al actuar en contra de la paz que Él mismo simboliza.

Se acerca la Navidad con el zurrón de los buenos deseos y la zambomba de la ilusión (para quién todavía la conserve). Quizá soy una anticuada, pero echo de menos la magia de estas fiestas en mi niñez, la carta a los Reyes Magos pidiendo el juguete (el único) que tanto ansiaba, la voz de mis tíos en la conferencia anual desde Galicia o Caracas, la algarabía del vecindario en el rellano de la escalera, las copas de champagne, la mantelería de fiesta y el olor a horno y consomé en cada esquina de la casa.  

Habrá que tomar un vino por los que se fueron y por los que han llegado, celebrar que estamos juntos, escribir Whatsapps a los Reyes (que seguro se han modernizado) con caritas de corazones y soplar las velas de las penas en el corazón para que baile con alegría. Al fin y al cabo, nosotros somos los magos de cucurucho azul y varita de estrella con la que llenar el aire de nubes de humo blanco que nos transporten al candor de la niñez.

Feliz Navidad a todos