PERIPECIAS (3)

EL VÉRTIGO

Padezco de vértigos crónicos que suelen ir acompañados de manantiales de detritus saliendo por la boca cada vez que los otolitos de la oreja se apelotonan en manifestación contra la vertical de mi equilibrio.  No hay problema si la crisis ocurre en mi sofá, pero la oficina es otro plan diferente puesto que mis colegas están empezando a establecer turnos para ver quién me sujeta para no caer de bruces al suelo.  El último espectáculo sucedió hace un par de días al finalizar la jornada.  El señor Menière, responsable de mis vértigos, tuvo a bien aparecer repentinamente en los circuitos cerebrales tumbándome de un golpe sobre la mesa.  Cerré los ojos y contuve las náuseas con respiraciones pez-fuera-del-agua que no aplacaron el estómago.  Entreabrí las pestañas y descubrí a Pepe, un compañero de ofi, mirándome desde la puerta con cara de pies-para-que-os quiero.  Musita un que te mejores y desaparece del umbral detonando mi furia ante su cobardía: ¡PEPEEEEEEE! – grito desaforada - ¡VUELVEEE QUE NO PUEDO ANDAAAARRRR! Me hace caso, más por el susto ante mi berrido que por mi necesidad de ayuda, regresa y agarra mi brazo para sujetarme mientras caminamos dando tumbos de pared a pared hasta llegar al ascensor.  Entramos en el recinto, pulso botón y en la segunda planta balbuceo: voy a vomitar. El muchacho, habitualmente lento, respinga, me empuja al descansillo, arrastra hasta el cuarto de baño de chicas y grita: ¿Hay alguieeeennn? Silencio. Accedemos y me ayuda a colocarme en posición musulmán-rezando-a-la-Meca hasta que ceden los espasmos. Solícito como está, vuelve a ejecutar la misión de lazarillo para seguir ruta a la calle conmigo de peso muerto. En la vía para un taxi y me ayuda a acomodarme con un mandato: llama a tu hija (el ingenuo no se ha percatado todavía que si abro los ojos para mirar el móvil caeré a plomo sobre el asiento). Murmuro mi dirección y el conductor carraspea: Soy nuevo. Estoy beoda pero no lo suficiente como para responder: Pues lo siento, señor, pero ha elegido mal día para estrenarse. Le indico vagamente y antes de que pasen cinco minutos, le pido que pare para vaciar los detritus en la acera de una plaza.  El hombre sale del coche y se queda quieto detrás de mí cual guardaespaldas de famosa montando el numerito.  Recupero media vertical y regreso al auto.  No veo un pijo, pero sí escucho su voz ofreciéndome una bolsa de plástico y unos pañuelitos (paquete kleenex de toda la vida). Tanteo la oferta, agradezco con movimiento de barbilla y reflexiono acerca de la posibilidad de que el Covid esté brujuleando por la superficie del plástico para terminar de aguarme el día.  Cuando llegamos a mi portal, pago a tientas y me dejo ayudar por el caballero que, intuyo, se está acordando de sus muertos, los míos y los del Menière si supiera quién es ese tipo.  Entro en casa y me derrumbo sobre el sofá con los pañuelitos todavía en la mano.  Mi hija se acerca: Mami, si sigues así los taxistas te van a hacer la ola.

 

La Receta.

¡Hoy cocino yo! – exclama mi rabillo moreno – Toso. ¿Estás segura?Si, mami, confía en mí que he encontrado una receta en el Google con pinta de estar buenísima. Miro en la hemeroteca de mi memoria y encuentro el momento en el que yo proponía lo mismo a mi madre y su cara de espanto mal disimulado. No voy a imitarla, a fe mía que voy a incentivar con espíritu positivo la disposición de mi hija con los fogones a la vez que repaso la fecha de renovación de la póliza del seguro de hogar. ¡Vete a dar un paseo y déjame a mi que te voy a sorprender! – continúa la aspirante – Y no entres en la cocina.

Me abrigo, tomo la mochila, a Arya y salgo hacia el parque con alguna que otra encomienda a San Lorenzo por eso de ser el patrón de los cocineros. Miro el reloj y calculo el tiempo en el que mi móvil repicará con la voz de mi hija preguntándome dónde está la sal (es un suponer…). Doy una vuelta a la manzana, bajo por el paseo entre los árboles supervivientes de Filomena, le hago una foto a la cascada, subo por las escaleras, las bajo, llego hasta la linde con la autovía, doy la vuelta, cruzo el puente, subo la calle…cuarenta minutos y todavía no ha llamado…Arya tira de la correa hacia casa porque tiene genes de gato y odia los paseos más allá del recorrido habitual. Regresamos. Entro en casa, huele a noséqué pero no pregunto.  Enchufo la tele y contemplo la pantalla con la nariz inhalando el aire por si huele a quemado. Una hora, dos, dos y media: ¡Me muero de hambreeeee! – no he podido evitarlo - ¿Falta muchoooo? – Mi hija asoma por la puerta: ¡Qué impaciente eres, mamá, qué impaciente! Las tres y media de la tarde, las cuatro, las cuatro y cuarto: - Ya está, sólo falta ponerlo treinta minutos en el horno. - ¿No tenemos aperitivo? – pregunto famélica – No, que luego no comes….Las cinco… - cierra los ojos, mamá, que quiero que sea una sorpresa -  Escucho el sonido de la bandeja al colocarla en la mesa y me descubro la cara para contemplar el producto de horas de preparación: es indefinible. (No seas como tu madre.... no seas como tu madre….repite la voz interior). Carraspeo: Cariño, ¿qué es esto?Un experimento – replica contundente – huevo, patata y salchicha. Hinco el tenedor y se queda tieso en el centro de lo que parece un platillo volante de cemento amarillo: Es decir, lo que vulgarmente llamamos tortilla de patataA ver, mamá, sí pero no porque ésta tiene salchicha.

Voy a poner una reseña en el Google: Receta de tortilla de toda la vida, punto y seguido, categoría profesional, punto y aparte, Ninguna como la de mi tía Clotilde: con cebolla y sin salchicha. Fin.