VIDAS FRAGMENTADAS

 

   Escribí este texto hace varios años y forma parte de mi libro La Vida en Colores.  Sin embargo, lo he rescatado porque las estadísticas de agresión sexual siguen siendo demoledoras y, mientras no se modifiquen leyes y se eduque en la dignidad y el respeto, niñas, niños y mujeres, seguirán sufriendo una lacra que debería haber sido erradicada hace mucho tiempo.

El Ciasi es el centro de investigación de abusos sexuales infantiles al que acuden familias con sospecha, o convicción, de que sus hijos han sido agredidos sexualmente.  Mi amiga Roberta trabajó allí los siete meses que pudo soportar los testimonios de pacientes que tomaban un lápiz y dibujaban monstruos inclinados sobre ellos con marcas rojas de sangre en la zona genital.  Es una terapeuta de primer orden, pero tiene hijos cuyas expresiones se solapaban con las de las caritas que levantaban la vista del papel para preguntar si podían parar ya porque estaban cansados de pintar al monstruo, si había quedado bonito o si podía merendar el bollycao que mamá había guardado en su cartera del cole.

Roberta habla de falta de recursos, listas de espera interminables y casos que se multiplican por cientos en familias aparentemente normales. Tíos, padres, monitores o profesores que engrosan la estela de pederastas anónimos con denuncias en juzgados que acaban archivadas por falta de pruebas. Pequeños que ocultan las agresiones por miedo a las amenazas, pero no la rabia que expulsan golpeando las paredes, el rechazo a la escuela, descontrol de esfínteres o heridas provocadas en sí mismos para castigar una culpa de la que se sienten responsables.

Me cuenta de procesos judiciales que daban asco cuando la ley aceptaba que podía haber consentimiento en niñas 14 años agredidas por adultos de más de 30 (actualmente es distinta). Adolescentes aturdidas, vulnerables, manipuladas por hombres que les prometían un palacio encantado para que, una vez sometidas al poder de su cuerpo, fueran intimidadas con chantajes y advertencias de lo que podría ocurrir si lo compartían con alguien. Juicios de magistrados que superponían la imagen de una puta a la de una cría que empieza a vivir con la losa de un pecado que no ha cometido y por el que tiene que pagar una condena injusta.

Le pregunto qué está ocurriendo para que las agresiones sexuales hayan incrementado exponencialmente y cómo superar el trauma especialmente cuando las víctimas son niños que apenas han aprendido a caminar.  Me responde que cada caso es único pero que lo esencial reside en intentar recuperar la normalidad de sus vidas con la rutina salpicada de estímulos positivos, paciencia y dedicación por parte de familias que no juzguen o culpabilicen aún más de lo que ellos ya se ocupan de hacer y, aunque trato de entenderlo, no puedo evitar seguir interrogando - Dime cómo lo hacen si ellos también tienen que tener el alma rota – Con amor – responde – con corrientes interminables de amor.

Durante el proceso judicial, y mediático, de una violación múltiple en la que participaron cinco indeseables, sentí una profunda aversión al leer las conversaciones de Whatsapps en las que hacían gala de su proeza siendo, a la vez, alabados por colegas sin una pizca de empatía por la víctima. Los abogados lamentaron la repercusión en la opinión pública, pero por primera vez las mujeres se alzaron al unísono contra el arsenal de actitudes masculinas con las que hemos convivido, tolerado y aceptado como parte de un juego que domina con mayor o menor conciencia nuestra propia dignidad. Hemos crecido con la vergüenza bordeando el escote y el pudor en las rodillas que, además, trasmitimos a nuestras hijas por temor al encuentro con un delincuente que se crea con derecho a insultar o agredir a sabiendas que quedará impune mientras el hedor de la provocación femenina siga flotando en el ambiente. Conozco a muy pocas mujeres que no hayan sufrido alguna vez la vejación de un hombre con sus manos babeando sobre parte de su cuerpo como si fueran muñecas de su propiedad, y muy pocas con capacidad de reacción para enfrentarlo porque cuando sucede, cuando una se encuentra encerrada en un callejón sin salida, la mente se bloquea y el pánico presiona el diafragma impidiéndole, incluso, respirar. Hablo por experiencia pues cuando era muy joven un chico introdujo su mano entre mis piernas para frotar sus dedos en mi pubis mientras presumía de su gesta ante el grupo de amigos que vitoreaban con la burla y el desprecio rompiendo el aire a carcajadas. Tenía 18 años, los mismos que la víctima de la violación múltiple, el lugar, una discoteca, no había bebido y estaba sola porque mis amigos se encontraban al otro lado del local.  Si aquellos delincuentes me hubieran cogido entre todos y sacado a la calle para violarme no me habría resistido porque el terror había paralizado mis piernas.

Trocar las leyes es más sencillo que modificar el pensamiento en hombres y mujeres (existen) que continúan disculpando a los agresores como si fueran animales en celo incapaces de controlar sus instintos. La dominación sexual es la incapacidad masculina de reconocer sus debilidades y mientras no cambiemos el chip del macho sobre la hembra, mientras haya hombres girando la cabeza para contemplar con lascivia la medida de una falda o la abertura de un escote, mientras se escuche ella lo provocó o se juzgue a las mujeres de ser banales por el mero hecho de tener varios amantes y a ellos de ser héroes del imperio cuando se pavonean de sus conquistas, mientras no se destruyan etiquetas, prejuicios y se dignifique al sexo femenino otorgándole de identidad sin fisuras, el Ciasi y cualquier otro centro de terapia en el que desahogar el trauma de una agresión sexual, mantendrá sus listas de niños y mujeres a la espera de un cordel que reúna las madejas de una vida fragmentada en porqués sin respuesta