PERIPECIAS (4)

1

Mi hija se ha ofrecido a ir al supermercado con la lista de productos necesarios para rellenar la despensa.  Le aconsejo que se lleve el carro y me ignora con arrogancia: ¡qué horterada!. Coge una bolsa del dispensador de plásticos y reproduzco el consejo materno de mi juventud cuando empecé a asumir mi responsabilidad de hija cooperante con la petardez de la compra: llévate dos o tres más por si se rompe. La joven Taboada responde con una mirada conmiserativa y sale por la puerta con ese tufillo a sabiondez que me irrita las neuronas. Diez minutos más tarde suena el móvil: No encuentro la sal. Quince minutos: ¿Puedo comprar un coletero negro muy barato que me hace falta?. Veinte minutos: No has apuntado cuántos calabacines quieres ni me has dicho como sé si están buenos. Veinticinco: ¿Cebollas sueltas o un pack de tres?

Cuarenta minutos más tarde llama al portero automático: ¡ABREEEEE QUE VENGO MUERTA!!!! Pulso el botón y al rato entra en casa arrastrando los pies. Deja los paquetes en el suelo y se tira en plancha sobre el sofá: ¡me mueroooo! (cada día estoy más convencida de que debería acudir a castings para participar en películas melodramáticas. Habrá que indagar en el colorines). Le pido el ticket, leo la suma final y la glotis se cierra: ¡Corcholis! (vale… no es exactamente lo que dije, pero empieza también por Co…) ¿Qué diablos has comprado?. Tomo las bolsas y empiezo a vaciar: Papel higiénico extramegasuave de Puturrú de fuá, harina superguay para bizcochos gourmet (No tenemos horno, 2 kilos). Cepillo de dientes blanco nuclear, pasta ídem, champú para profesionales del estilismo, latas de refrescos energéticos (media docena), huevos ecológicos (donde estén los de las gallinas de mi tía Clotilde, que se quiten sucedáneos)… Total: 55 euros.

- Ca-ri-ñññño (arrastro las letras), te recuerdo que pertenecemos a la clase Ahorro-para-llegar-a-fin-de-mes y, en nuestro grupo social, el papel higiénico, por ejemplo, vale cualquiera de marca blanca, que te lo digo yo que he probado el papel Elefante (ese sí que dolía) y el del periódico en los toiletts de los bares cuando había un apretón.

-  ¡Ay mamá! Cuando te pones a contar batallitas, te pones.. No es mi culpa, te lo juro, es que el Tontodona se ha puesto caríiisimo, pero no te preocupes que no volveré a ir al súper porque se me da fatal.

Tomo el móvil y llamo a mi amiga Sara:

-  ¿Cómo era eso de que los hijos se creen que somos tontas?

 

2.

Tengo un hermano sanitario que suele llamarme cuando va o viene del trabajo a casa y viceversa.  Habitualmente hablamos de lo que hemos hecho, noticias relevantes del día y, de vez en cuando, nos damos un paseo por la nostalgia para recordar anécdotas de la niñez (somos los últimos de la tropa) como dignos hijos del doctor Ogino y su método funesto al que muchos de nuestra generacion le debemos ser la sorpresa de un huevo Kinder. Sin embargo, hace unos días, nuestra charla derivó en sus experiencias con pacientes que sufren trastornos digestivos.

- Mira, Almu, hay días en los que me río para no jurar en arameo cuando sufro un accidente laboral, vamos a decir, curioso.

-  Explícate

- Te voy a contar dos casos. El primero es de una chica joven que ingresó con despeñes diarreicos por un problema intestinal que le estaba mortificando.  La pusimos de lado en la cama y, al tirar de la gomita del tanga para quitárselo y poder limpiar a fondo, ésta se me escapó, rebotó en el glúteo y propulsó una bolita marrón que se estrelló en el centro de mis gafas.

Me río

- Me estás tomando el pelo

- Te juro que no. ¿Sabes eso de la tarta cuando la estampan en la cara de un pardillo? Pues lo mismo, pero con menos grumos.

- ¡Pobre chavala! Tuvo que pasarlo fatal

- Ni te cuento, pero le dije que ni se preocupara porque eran gajes del oficio.

- ¡Pobre! – repito - ¿Y el otro caso?

- Una mujer con demencia senil y también con problemas intestinales.  Ese día me ayudaba Simón, un compañero mío del servicio.  La giramos con la pompa hacia nosotros, quitamos el pañal y, entonces, empezamos a escuchar la batería de una ópera de Wagner con los tambores a todo trapo: Porróm, porróm, porrróm….Yo fui más listo y ladeé el cuerpo, pero mi colega no lo vio venir y, cuando sonaron los acordes finales, se produjo una explosión de chocolate espeso que puso a Simón como a un guerrero de terracota.

- ¡Dios!

- No, precisamente no dijo ¡Dios! si no que su recuerdo fue para todo el santoral de la pobre mujer que seguía impertérrita en su mundo paralelo.

- ¿Y?

- Simón salió zumbando a la ducha y me dejó solo con los aplausos finales. 

- Eres un crack

- No te creas, es mi trabajo, pero lo mejor fue cuando terminé de lavar a la paciente y la coloqué bien en la cama, me miró y preguntó:

- ¿A usted le gusta Wagner?

- Me estás tomando el pelo

- Bueno sí, pero es que hay que reírse.

- Cierto, hay que reírse.