HÉROES

Hace unos días tuve que acudir a Urgencias con mi hija por un tema sin mucha importancia, pero por el que tendría que esperar diez días si quería cita en su centro de salud y que resultaba molesto. Nos derivaron a una cama en la sala de Observación por unas cuantas horas en las que contemplé cómo el personal sanitario se desvivía por cada uno de los pacientes, la mayoría muy mayores, con una dedicación, ternura y profesionalidad impecables.  Hombres, mujeres y algún que otro adolescente, yacían en un colchón con su pijama hospitalario a merced de un equipo perfectamente organizado y eficaz que no ahorraba ni una sola palabra de cariño con cada gesto de supervisión de suero, toma de tensión, termómetro o bandeja de comida. No sé por qué motivo, me permitieron quedarme con mi hija, teniendo en cuenta las reglas con el Covid, pero me alegré de poder ser espectadora de la trinchera en la que soldados de blanco con alas en la espalda cuidan y protegen la salud de quienes les ceden su dolor para que ellos lo sanen con la calidez de aliento por detrás de la mascarilla.  Personas vulnerables, asustadas, inquietas y nostálgicas de una mano que los uniformes azules ofrecían a cambio del contacto familiar que anhelaban.  Uno de los heridos no tendría más de veinte años, un chaval con las manos cortadas por un cuchillo en una reyerta callejera que reconocía haber consumido drogas poco antes de la pelea. Tumbado con postura fetal, contestaba con monosílabos las preguntas del médico mientras una auxiliar acariciaba su brazo con un gesto maternal que me conmovió. Otra mujer, posiblemente demenciada, llamaba a gritos a un tal “Pepe” como las campanas de una iglesia en los días de fiesta. Reconozco que podía llegar a ser desquiciante, pero no para enfermeros y auxiliares que le seguían el juego con paciencia y humor. Un hombre setentón se quejaba de dolor constante, se incorporaba y recostaba llamando sin cesar a la enfermera quien acudía a cada quejido, explicaba que tenía el sedante en vena y continuaba la ronda con el resto de enfermos que buscaban ayuda, bien porque necesitaban medicina, cuña o, bien, porque les aliviaba sentir el rumor de una voz que apaciguara la incertidumbre y la soledad.

Mi hermano, auxiliar de clínica en un hospital privado, telefoneó para saber de nosotras y, cuando le comenté el escenario, me respondió que era lo habitual así como me preguntó si ahora podía imaginarme cómo habían sobrevivido a los meses más duros de la pandemia en los que tenían que triplicar turnos porque no había manos suficientes para atender a tanta gente: Créeme que lloré – me dijo sereno – especialmente una noche en la que llegaron pacientes de un hospital público donde los habían colocado sobre empapadores en el suelo de un pasillo porque todas las sillas y camillas estaban ocupadas.  Había una mujer que no creía que pudiera tener una cama, te juro que pensaba que le estaba engañando cuando le ayudé a tumbarse en el colchón al tiempo que insistía:¿de verdad es para mí? ¿Me lo promete, doctor?La arropé, Almudena, le puse sábanas y mantas evitando las lágrimas para que ella no lo viera. No está pagado, te lo juro, no lo está. No queremos aplausos, necesitamos reconocimiento, sueldos dignos, recursos y protección institucional que no tenemos. Somos vocaciones con patas, Almu, porque si no fuera por las ganas de socorrer a los pacientes, poca gente querría trabajar en Sanidad.

Estos días de horror en Ucrania, no dejo de pensar en el personal sanitario de los hospitales desbordados con la llegada de heridos a quienes atender con los pocos recursos que les quedan. Me estremece imaginar a los ángeles de bata blanca, agotados después de la pandemia, sacar fuerzas de donde no sé, para continuar en la brecha de una guerra a la que un loco con poder, amparado por la impasibilidad de una Comunidad internacional, los ha abocado con la crueldad en la firma de sus mandatos.

Son héroes, juro por lo más sagrado, que lo son.  Ellos y cada uno de los seres humanos que enfrentan la tragedia con el corazón en sus manos.  Hombres y mujeres como salvavidas de madres a las que han arrojado a la oscuridad de un pozo con sus hijos aferrados a una maleta, un peluche y una falda que huele al hogar que les acaban de robar.

A mi hermano no le tiembla la voz cuando se lo digo, cuando le pregunto por sus colegas ucranianos como si él pudiera ofrecerme una respuesta que aliviara mi aprensión.

- Es lo que hay, Almu, se dejarán la piel, como siempre hacemos, y no pensarán en nada que no sea templar el dolor, acompañar y apartar la rabia y la impotencia de su mente porque no hay más tiempo que el que dedicar a los enfermos.

Cuando nos confinaron, recuerdo que le decía a mi hija, al quejarse del encierro: sal a la terraza y mira el cielo. Tenemos comida, cobijo y un país en paz, ¿Cómo te sentirías si no fuera así, quiero decir, si cada segundo del día tuviéramos que estar pendientes de una sirena porque llegan aviones bombardeando la ciudad?

Entonces no pensé que fuera a ocurrir tan pronto ni tan cerca, que mi argumento para calmar su enfado sería la realidad de millones de personas que, al igual que nosotras, vivían sus vidas alternando problemas y alegrías de lo cotidiano con el pensamiento puesto en un porvenir sin sobresaltos. Que se iban a sentir desprotegidos, marginados, olvidados como tantos otros en distintos puntos del mapa de un mundo donde el diablo agita sus dedos con impunidad frente a un equipo de mandatarios que escupen palabras vanas con la hipocresía en la saliva de sus bocas y la responsabilidad de sus cargos en la chapa de sus maletines de cuero.