LA "OTRA" PANDEMIA

Se habla de la pandemia del Covid en todo el planeta, pero existe una igualmente grave y que está afectando a jóvenes con igual virulencia. Chicos y chicas de 12 años en adelante, con trastornos severos de conducta, intentos autolíticos, fracaso escolar, descontrol de impulsos, desmotivación y estallidos de ira con rabia inusitada.  No es una apreciación personal, es lo que escucho decir a mis hermanos médicos, terapeutas y amigas extranjeras que me comentan del incremento de casos, conocidos y desconocidos, en sus respectivos países.

Los padres son los cuidadores de esta generación que explota como la válvula de una olla exprés que ha consumido el agua.  Se barajan nombres a un trastorno que tiene descolocados a psiquiatras, psicólogos y familiares que lidian, día a día, con la incertidumbre y la frustración. Comparto la noticia con amigas mías, madres de chavales en plena adolescencia, y todas convenimos en repartir la culpabilidad entre nosotros y un medio social envenenado por un exceso de información que vuela por las redes sin mecanismos de control que la frene, verifique o avive la curiosidad que nosotros saciábamos con la imaginación y el ingenio. Una de mis mejores amigas me decía el otro día: nos hemos equivocado al ciento por ciento, Taboada, hemos criado a nuestros hijos como si fueran burbujas de jabón que había que proteger en exceso. Si pedían agua, corríamos a la cocina para llevarles el vaso, les hemos preguntado qué querían comer desde bien chiquitos, dónde querían ir, qué querían ponerse y a qué lugar les apetecería viajar como si fueran los reyes de un país en el que hemos ocupado el lugar de lacayos. Les hemos quitado autoridad a los maestros, cuestionado cada norma y condenado sin pudor a quienes impartían una disciplina que nosotros no hemos querido imponer por no sé qué estúpido complejo al ser mujeres con aspiraciones laborales que han crecido bajo las faldas de amas de casa cuya preocupación por nosotros era la centésima parte de la nuestra por la de los hijos, entre otros motivos, porque la falta de respeto a su jefatura era del todo implanteable.

Leo que las consecuencias del confinamiento han generado un cráter de inestabilidad en la salud mental de los jóvenes, pero me pregunto si ese agujero de inseguridad y falta de motivación no formaría parte de su identidad de ratones de laboratorio a los que los mayores hemos dejado en libertad sin haberles enseñado que tenían que pagar con su esfuerzo la llave que les abre la puerta. Se lo hemos puesto fácil, demasiado fácil y, tan pronto se han dado cuenta que volar cuesta, y mucho, se rebelan y exhiben su frustración practicando lo que les hemos inculcado: la manipulación.

Pienso en los padres que tienen que gestionar el sufrimiento que genera vivir con adolescentes a quienes no pueden dejar solos por miedo a que se lancen por la ventana, corten la piel con un cuchillo, beban hasta perder el sentido o, peor aún, atiborren de pastillas porque en momentos de crisis son incapaces de razonar que la muerte no es una opción de ida y vuelta, que sus decisiones no sólo les atañen a ellos si no al entorno sumido en angustia que los rodea y que la vida no es esa nebulosa en la que de pronto se encuentran y de la que no saben salir si no es con ayuda de un especialista. Pienso en las familias que tienen un chaval o chavala con la mayoría de edad recién cumplida y que se niegan a tratarse porque han tirado la toalla, en hombres y mujeres que sufren fobias, ataques de pánico, ansiedad en un país en el que la salud mental se ha considerado siempre un mal menor cuando es la que sustenta la fortaleza del individuo, su empuje y el tono vital con el que afrontar los problemas, sean del género que sean.

El Covid ha despertado al monstruo dormido entre sábanas de un confort que creíamos seguro hasta que lo espabiló la certeza de que somos mucho más vulnerables de lo que pensábamos. Sin embargo, el virus no ha sido el único responsable en hacernos tambalear, la guerra en Ucrania, tan cerca para los europeos que siempre miran de lado cuando ocurre en territorio fuera del continente, la lava de un volcán que despedaza hogares sin piedad a su paso, la inflación, el coste de la electricidad etc, etc, etc, nos han dado un toque a la conciencia para que, como decía una mujer ucraniana hace unos días en los que reflexionaba acerca de sus quejas por las pequeñeces de lo cotidiano, no sabemos lo privilegiados que somos hasta que un desastre natural, o la maldad del ser humano, bombardea el suelo sobre el caminamos para hacerlo desaparecer con un chasquido de dedos.

En Navidad compré un libro que encontré por azar en el mostrador de una librería: Hasta los cojones del pensamiento positivo (Buenaventura del charco), con el que me he sentido identificada desde la primera línea. No vale de nada maquillar los problemas con frases maravillosas que ni los hacen desaparecer, ni los anulan. Si hay tormenta, no nos encerremos entre cortinas de flores porque las nubes no se van a ocultar, aunque pretendamos lo contrario, pero si podremos afrontar los truenos con un estupendo paraguas y los pies bailando ligeros bajo el aguacero.