CRÓNICA DE UN VIAJE A CALPE (ALICANTE)

 

Hace mucho tiempo que tenía pensado escribir la crónica de un viaje a Calpe (Alicante) que realicé en uno de esos puentes de mayo en los que los madrileños salimos escopetados allá por el 2010. Mi amiga Marian compartía un apartamento vacacional, y a turnos, con sus hermanos situado en un conglomerado de edificios construidos por Ricardo Bofill al borde del mar. Generosa y desprendida como era, me ofreció cederme los días que le correspondían para que mi hija y yo los disfrutáramos con quienes eligiéramos ya que ella no era muy partidaria del sol, playa o terracita repleta de guiris.

Dicho y hecho, se lo propuse a Ángela y a su hija, compañera y amiga de la mía en el cole, quien aceptó el plan encantada para rápidamente organizar fecha, hora y logística de supermercado en lo relativo a desayunos y cenas.  Intención: Salida a las 7 de la tarde. Cruda Realidad: las nueve porque al acercarme a llenar el depósito de gasolina, el atento operario tuvo a bien mirar las ruedas y advertir: Mire, señora, está a punto de tener un accidente con estas llantas que tienen las rayas borradas. Ni se le ocurra meterse en carretera porque no lo cuenta, se lo aseguro, no lo cuenta.  Tragué saliva y llamé a mi amiga: Plan B. Tengo que ir al taller ahora mismo a por unas ruedas nuevas. Te aviso cuando esté listo. Me acerco a mi mecánico de confianza (queda una hora para cerrar): Lo siento, Almudena, estas ruedas son muy raras y no las tengo. Vete a Pepito que, con suerte, las tiene. Me acerco a visitar a Pepito contando las bolas del rosario en el volante para que no me falle.  Entro (queda media hora para cerrar). Pregunto y lloriqueo:  Por favor, por favor, por favor… que tengo un trastorno de salud mental y necesito urgentemente un cambio de aires.  El Pepito me mira con cara de no-te-quedes-conmigo-que-no-cuela…pero levanta la vista hacia las estanterías de ruedas exóticas y encuentra las cuatro que a mí me hacen falta.  ¿Tienen que ser todas? – pregunto con un hilo de voz – Pues sí – responde el Pepito – las tienes fatal. La calculadora mental se pone en marcha, acepto la compra de zapatos de Manolito Cuatro Ruedas y llamo a Ángela mientras el mecánico se afana en la ejecución del trasvase más contento que unas pascuas por el dinero que le va a permitir comprar un bonsái de puturrú de fuá a su mujer por el día de la madre.

- En una hora vamos a recogeros. Vete echando un vistazo al Google para mirar el súper más barato de Calpe que acaban de fundirme la Visa.

- Ok – responde (es así de concisa).

A las nueve llegamos a su portal, guardamos las maletas y los sacos de comida en el portaequipajes, las niñas con sus mochilas y bolsas de Barbies atadas en el asiento trasero, introducimos el cd de las canciones de la telenovela Patito Feo en la radio, cinturón de seguridad, gafas de sol y resignación frente al tráfico que, estamos seguras, nos vamos a endilgar con patatas.

Cuatro horas más tarde, es decir la una de la madrugada, hemos llegado a la mitad de camino con las niñas roncando, el Patito Feo en su décima tourné por los altavoces y nosotras dando vueltas por una autopista que está en obras y nos desvía por los misteriosos caminos de la nada.  Ángela sigue las indicaciones de un GPS que ha decidido ir a su bola: Toma la salida 4, en la rotonda toma la tercera salida (no hay rotonda), paro, hago una pirueta y retrocedo al punto de salida. Autopista. Tom tom redirigiendo.  Valencia. Vamos bien. GPS: Toma la salida 9. No hay salida 9, están en obras, tomo la 10. Tom tom redirigiendo. Sal por la salida 7 – Valencia. Salgo y empezamos a distinguir letreros en mayúscula: Castellón 50 km ... Castellón 30 km: Castellón 10 km.  Tres de la madrugada.  El Patito Feo ebrio de tanto cantar. Miro a Ángela: Para mí que Calpe está cerca de Alicante.. vamos, que para mí que vamos en dirección contraria.

Busco un área de servicio abierta, abandono la autopista, paro, accedo y pregunto al gasolinero qué tal si me confirma que, a este paso, acabamos en Francia.  Asiente con voz de manda-huevos-con-las-despistadas. Pinta las indicaciones en un papel (el de toda la vida), me lo entrega y desea suerte con sonrisa mefistofélica que obvio para no meterme en debates de mujeres al volante, listas, guapas y elegantes.

Cuatro y media de la madrugada (se supone que teníamos que haber llegado a las 12): El pueblo. Ni pajolera idea de dónde está la urbanización de Bofill. Leemos carteles a diestro y siniestro. Nada. Buscamos un policía. Nada. Un bar abierto. Nada. ¡Paraaaaaaa! – grita de golpe mi amiga - ¡Un señoooooorrrr, allí hay un señooooorrrr!.  Bajo la ventanilla enloquecida: ¡Por favor, por favor, por favor! El hombre se acerca, inclina la cabeza y vislumbra las bellas durmientes, las Barbies espatarradas en el asiento y nuestras caras de felicidad por el encuentro.  Es un encanto. Nos indica la ruta y desaparece en la oscuridad de la calle (para mí que fue un enviado del universo, vamos, que esto que pienso es para mí..). El arquitecto ha construido un tetris urbanístico espectacular con fachadas rojas y rosas que nos maravillará por la mañana, pero que a las cuatro cuarenta y cinco de la madrugada como que nos trae al fresco porque lo que nosotras queremos es encontrar el patio azul donde se ubica el apartamento. No vemos un pijo. Empezamos a escrutar el laberinto de escaleras que suben y bajan como las piezas de un Lego.  El equipaje pesa.  Lo dejamos en el suelo y acordamos tomar nota del sitio para recuperarlo una vez hayamos encontrado el p.p.a (acrónimo de puto patio azul).  Tropocientos escalones después, y otro tanto de agujetas en las rodillas, las niñas chillan: ¡ahí, ahí, ahí!...Leemos números: El 10. Saco la llave. La introduzco. No entra. Segundo intento. No va. Tercer intento: nada.  Me rasco la cabeza y recuerdo el consejo de Marian: Si tenéis algún problema, id al apartamento 12. Es de un matrimonio mayor que vive todo el año y que tiene llave de repuesto.  Cinco de la mañana. Ángela y yo celebramos un cónclave. Podemos dormir en el coche (ni ganas) o acudir a los vecinos con la vergüenza pintada en la cara.  Las niñas no tienen derecho a opinar, son pequeñas, pero sus ojos de cordero degollado ablandan el corazón. Investigamos placas con la lámpara del móvil y tocamos el timbre a la vez que mi amiga sugiere esconder a las descendientes detrás de una pared. – Ni de broma – replico – si nos ven solas van a pensar que somos un par de taradas vendiendo Biblias de madrugada. Las niñas delante. Nos abre una pareja en pijama con expresión somnolienta mezclada de estupor.

- Buenas noches – carraspeo – lo siento de veras, de veras que lo siento (lo sé, me repito), pero soy amiga de los Rodríguez que me han dado una llave que no entra en la cerradura de la casa.  Me dijeron que ustedes tenían una… sabemos que es muy muy muy tarde, pero nos da pena que las niñas duerman en el coche (y nosotras, pero no lo digo)

La mujer sonríe con ternura, acaricia la cabeza de las gurruminas y le conmina a él para que nos eche un cable. El marido toma mi llave, la mira y sentencia: Esta no es. Dos minutos después nos guía hacia el hogar vacacional, abre la puerta, aprieta el conmutador de la luz, nos explica cuatro cosas importantes y se vuelve a dormir con nosotras rindiendo pleitesía y las niñas bailando por las habitaciones las canciones de Patito.

Dos minutos después Ángela exclama:

¡Coño! ¿Dónde hemos dejado las bolsas?