PERIPECIAS (5)

Mi hija tiene una cita médica en el centro de Madrid a las tres de la tarde, pero mi hermana nos ha invitado a comer temprano en un restaurante venezolano porque está con ganas de probar comida internacional y a nosotras nos van las recetas con punto de arepa en el menú a pesar de las prisas. Pasadas las dos salimos del comedor botando por la acera gracias a la harina, queso, aguacate, pollo, patacón y otras lindezas que se repetirán en la garganta como souvenir de la comida caribeña. La acompaño a la boca del Metro, me da un beso fugaz y sale pitando esaleras abajo porque se retrasa.  Cruzo la calle y el móvil vibra en el bolsillo. Leo: “Hija llamando”.

- ¿Qué pasa?

- Que no tengo el bono, lo olvidé en casa. ¿Me dejas el tuyo?

Abro el monedero con el ojo derecho mientras el izquierdo vislumbra su figura al otro lado del semáforo con el teléfono en la oreja y las cejas angustiadas.

- No lo tengo. También lo he olvidado en casa.  Coge ese taxi que tienes delante y págalo con la tarjeta.

Para el auto, se sube y me dice adiós con un vaivén de la mano. Un minuto después el móvil zarandea el bolsillo. Está poseído.

- ¿Qué pasa? (van dos veces)

Escucho un susurro…

- No oigo, hay mucho ruido

- Mira el Whatsapp, mami

Obedezco y leo: No tengo tarjeta, dinero, DNI ni nada de nada. ¿Qué hagoooooo?

Doy media vuelta. Cruzo la calle y paro al primer coche blanco con luz verde. Me subo y ordeno:

- Siga a ese taxi (vale… no digo exactamente eso, pero sí le doy las pertinentes explicaciones del percance para que acelere y llegue al punto de encuentro con  mi hija de pasajera en el colega indicado).

Llamo a mi hija.

- Tranqui, voy detrás de ti. Cuando llegues dile al conductor que espere a tu madre.

Musita agónica (es así de melodramática)

- ¿Por dónde vas?

- En el Corte Inglés

- Nosotros ya lo hemos pasado. Dile que corra.

- ¿Por dónde vas?

- Delante del cine 

- Nosotros ya lo hemos pasado. Dile que corra

- ¿Por dónde vas?

- En Colón

- Mami, ¿Dónde..?

- A ver, despitáa, como me preguntes otra vez que por dónde vamos, la paciencia se jamacuca y acabamos los cuatro: tu driver, el mío, tú y yo en la comisaría del barrio.  Ocúpate de decirle a tu conductor que aminore la velocidad que el mío ya se ha puesto la gorra de Fernando Alonso y va a todo trapo.

- No entiendo.. ¿Has pasado ya por delante de la ambulancia?

Tomo aire.

- Acabo de verla

- Había un motorista en el suelo. Pobrecillo

- Estamos llegando.

- No, mami, que te acabo de ver y te has pasado. ¡Dile que pareeee!

Saco la tarjeta y pago a mi driver que está soltando risitas sin disimulo. Me bajo y acerco al taxi pegado a su matrícula trasera. El chófer baja la ventanilla, toma la tarjeta, la pasa y se carcajea imitando a su compañero de oficio. No le doy importancia, pero me planteo seriamente invitarlo a una rebaja en el precio por eso de haberle proporcionado el privilegio de rodar escena de acción hollywoodense por las calles de Madrid. Lo pienso, pero no ejecuto porque para mí que no cuela.

Entramos en la sala de espera, nos sentamos y refunfuño: Mira que olvidarme del bono transporte en casa… lo que nos habríamos ahorrado.

Y mi hija, que es tan lista (para lo que quiere), responde rotunda:

- Pero, mami, si lo llevas siempre en la funda del móvil. ¡Qué cabeza tienes, mamá, qué cabeza!

Y así estoy. En la consulta de un psiquiatra online por ver si el despertar del instinto asesino es algo puntual o debería tratarlo con la medicación oportuna.

 EL RELOJ

He comprado un reloj digital en el bazar oriental para ver la hora por las noches cuando me despierto y tanteo en la oscuridad buscando el móvil que suele acabar despanzurrado en el suelo.  Mi hija se presta a ponerlo en funcionamiento pulsando los botones de idioma (está en chino) hora, fecha, alarma. Primera contrariedad: no encontramos el español. Sugiero que se quede en inglés por eso de que los números no entienden de lenguas, pero ella insiste hasta que aparece el castellano de toda la vida. Segunda complicación: el meridiano de Greenwich determina si estamos en Europa o en Australia.  Acertamos de pura casualidad: hora española.  Fecha: 2001. Va a ser que no, carrriññño, 2022. Sube, baja, izquierda, derecha y nada, que el aparato sigue emperrado en que sea el uno.  Quince minutos: fecha en orden. Alarma: ni puñetera idea. Probamos pulsando frenéticamente porque a estas alturas estamos algo alteradas con el manejo del clock. – Mira, mamá, ponte la del teléfono y pasa de esto que a saber si te va a despertar a las dos de la madrugada. Déjala en off.

Con la tontería, hemos pasado dos horas entretenidas mirando la pantalla con los botones del set.  Es la hora de cenar y tengo que pensar si ensalada o ensalada porque se me han acabado las ganas de cocinar.  Agarro la caja del artefacto y veo cómo un papelito se desliza hacia el suelo con suavidad. Me agacho y leo: Manual de Instrucciones.

A las dos de la mañana suena la alarma. A las dos y cinco, el reloj está guardado en el cajón de ya lo regalaré algún día con las pilas a buen recaudo de su mecanismo.

Si ya lo decía mi madre: hija mía, donde esté el made in Spain, que se quite lo demás.

Pues eso....