EL ÚLTIMO ALIENTO

 

Bueno, mamá, llegó el día de tu viaje a ese lugar en el que tú creías y yo también, aunque con reservas.  Luz me llamó para decirme que habías vomitado y estabas febril, pero que te había dado un antitérmico y que, como había pasado otras veces, confiaba en que te recuperarías. No nos preocupamos en exceso, mami, ese tipo de sustos nos lo habías dado antes y estábamos acostumbrados a tu cara con el color recuperado poco después de beber suero con la pastilla diluida. Sin embargo no fue así, pues la temperatura acaloró tu frente al tiempo que comenzabas a respirar con fatiga, el corazón se aceleraba y tu expresión se fruncía con los párpados apretados: estabas sufriendo.  Avisamos a Cuidados Paliativos, pautaron morfina, máquina de oxígeno y nos pidieron esperar a que la naturaleza de la generación imbatible a la que perteneces, decidiera tomar un camino u otro con nosotros apartando las piedras.

María se mudó a tu cama para recostarse a tu lado, Luz, Manolo, Yasmín, Sandra y yo nos turnamos para no dejarte sola, los otros dos a ratos y cada cual con el llanto reprimido en la garganta. Diez días en los que te deslizaste hacia la oscuridad con la delicadeza que te caracteriza, mañanas en las que yo trataba de animar el ambiente con las canciones de Maria Dolores Pradera que tanto amabas, caricias y besos de tu niña hondureña, tacto de piel con piel, crema hidratante, agua fresca, sopa de pescado y gelatina de fresa hasta que cerraste los labios porque tu cuerpo se había rendido a pesar del latido acelerado del pecho.

Esa tarde, mami, esa que tú recuerdas muy bien, nos quedamos las cinco mosqueteras para acompañarte en el tramo final. María con la cabeza apoyada en tu brazo, Luz apretando tu mano, Yasmín y Sandra a ambos lados de tus piernas, yo de un punto a otro de la habitación porque no lograba quedarme quieta. Empezamos a reírnos con los vídeos tontos de Youtube, chascarrillos familiares y tonterías de todo tipo mientras tu respiración perdía el compás regalándole a tu nieta el último aliento de tu garganta. Y sí, mamá, tu adiós fue el inicio de una escena surrealista que evocaremos como uno de los momentos más bonitos, estimulantes y divertidos a pesar de la angustia que nos oprimía el pecho.  María, aleccionada por su tío, nos exhortó a quedarnos tranquilas, sin dramas o aspavientos que pudieran provocar un derroche de gritos y lamentos sobre tu cuerpo yacente; le hicimos caso y, con las mismas, Luz soltó un Me voy a poner la lavadora y terminar el cocido que a ninguna nos resultó raro. Yasmín propuso encontrar el modo de reunir tus labios para dulcificar la expresión. Sandra obedeció tomando un par de toallas pequeñas para enrollarlas por debajo de tu barbilla que yo sujetaba anudando un pañuelo alrededor de tu cara con un lazo espantoso en la cabeza. Tu hija se agobió: ¡Ten cuidado, que se ahoga! (sin comentarios, mamá..) – Parece Frida Kahlo – apuntó tu niña hondureña – Mami, lo has hecho fatal, inténtalo otra vez (tu nieta). ¿Y si cerramos la ventana? A ver si se resfría…(tu hija) – Esto parece una película de Almodóvar (Yasmín) - ¿Hay vino en la nevera? – (Sandra) – Sí, un Martín Códax – (Luz). Mamá, tráelo (tu nieta). Espera que te ayudo (Sandra). Cinco vasos al aire, cinco voces brindando por ti y otras tantas reconociendo que el alcohol hacía efecto demasiado pronto (nos mareamos), había que esconder la botella para evitar posibles recriminaciones en los hermanos que estaban por llegar y seis almas, porque tú estabas allí, compartiendo el amor que tú nos habías regalado en cada latido del corazón.

De los dos días siguientes, qué te voy a contar que no sepas. El tanatorio fue un festival de amigos y familia que acudían a abrazarnos con su hatillo de memorias contigo de protagonista. Jóvenes treintañeros que se habían enterado por sus madres de tu partida y que me escribían mensajes cariñosísimos porque recordaban la muñeca, el tren o el billete para el tío vivo que tú les habías regalado cuando eran críos anhelando tu llegada al pueblo veraniego. Compañeros de juegos en la infancia que nos hablaban de ti con infinita ternura y mujeres de tu generación a quienes venero por ser tus mejores aliadas cuando te quedaste sola con apenas 42 años, cinco hijos pequeños y la incertidumbre en la almohada de tus desvelos.

Mira que eres discreta y que no te gusta llamar la atención, pero el día de tu entierro alguien tuvo a bien confundir al conductor del furgón para que errara su camino y acabara, él y los coches con tus hijos, frente a una barrera policial prohibiendo el acceso a la calle de San Isidro (estamos en fiestas).  Quién te iba a decir a ti, que tanto hablabas de tu niñez en la pradera comiendo rosquillas, que un policía municipal iba a presidir la comitiva a su paso por los puestos, la ladera y la ermita de un santo que había movido los hilos para que Madrid te rindiera un homenaje con sabor a barquillo, chotis y chulapas de clavel en la cintura.

Sé que estás bien y con las baterías cargadas para echarnos un cable cuando lo necesitemos. Peleona, lo que se dice peleona, no lo eras porque preferías la paz al conflicto, aunque perdieras la batalla, pero testaruda eres un rato largo y, conociéndote como te conozco, debes tener al santoral revolucionado con tu lista de deberes a cumplir para que no nos falte de nada. Te confieso que echo de menos cada tesorito en tu voz cuando me hablabas, las lágrimas de emoción frente al mar de Galicia, el olor a colonia en tu piel arrugada, la caricia que calma el dolor, la ternura con tu nieta, las ganas de reír y la protección que imprimías en cada beso sobre mis mejillas mojadas.

Tu nieta llora tu ausencia abrazada a mí a poco que te nombre  con un ligero reproche por haberla abandonado y, como soy fiel seguidora del carácter de papá, en lugar de ponerme melodramática, le cuento burradas que a ti te escandalizarían a la vez que te harían reír porque nadie como tú para entrar al trapo del humor negro que tu marido empleaba para minimizar las penas. Pasamos de la risa al llanto en un suspiro así como te conminamos a que no se te ocurra desplazar mesas o sillas por el suelo, crujir la madera o jugar con las luces intermitentes.  Si vas a enviarnos una señal, por favor, que no sea tangible. Deja la cortina en su sitio, no empujes tu retrato en la pared y, mucho menos, atraigas la atención de Arya para que se ponga a ladrar mirando el techo. Cuélate en la fila de Santa Rita para que los imposibles muten en posibles, dale un beso a San Antonio de mi parte (con suerte me perdona la deuda de los euros que le debo por los objetos hallados)  y dile a papá que aquella vez que lo llamé cabrón, por haberse ido tan pronto, no era en serio, que juro que no iba en serio.

Gracias mamá por haberme regalado tantos momentos felices, gracias por tu amor incombustible y gracias por lo que he aprendido de ti y que trato de aplicar con tu nieta. Siempre recordaré esa frase que a mí me pone las pilas cuando me faltan las fuerzas: Échale huevos a la vida, Almudena, échale huevos.

Y en esas estoy, mami, echándole huevos a la vida contigo delante marcando mis pasos.