LA FIESTA SORPRESA

 

         Esta crónica está dedicada a todos mis hermanos, parejas e hijos, mis chicas del Calvin, de Oro (parejas incluidas), María, Ana, los que no pudieron venir (Beatriz y familia,Manoliño, Anxela, Geno, Rocío, Yasmín, Alan, Elia, Nathalie, Merche, Fernando, Carmen y Nuria), los que me enviaron mensajes desde México, Estados Unidos, Londres, Francia, Austria, rincones de España y, especialmente, a mi niña morena por su empeño, ilusión y cariño impreso en cada segundo de una tarde inolvidable.

Llevo pidiéndole a mi hija una fiesta sorpresa por mi cumpleaños desde que los dinosaurios se extinguieron, pero cada vez que lo sugería, resoplaba mirando al techo con la boca apretada para no repetirme por enésima vez que era más pesada que una vaca en brazos.  El caso es que, por fin, este año que cumplo un número redondo, se metió en faena creando un grupo de Whatsapp (hace cuatro meses) con mi familia y amigos en el que, según me han contado, los lunes se iniciaba con un Recapitulemos para tratar de establecer un orden en el cruce de las sugerencias.

Confieso que la mosca de la sospecha revoloteó con alguna que otra metedura de pata, por parte de familiares, en mis meninges inquietas y que, una vez percatados del error, solucionaban con audios y propuestas algo extrañas que reafirmaban mis recelos. Sin embargo, decidí bloquear cualquier atisbo de emoción en aras de mantener la ilusión de mi princesa kuna en su bautizo como aspirante a actriz hollywoodense. Mentir lo hizo de premio, controlar la impaciencia también y reducir el estrés con los cambios de día y horario por parte de los convidados, de lujo pues no me percaté de convivir con una jovencita a punto de sufrir un ataque de nervios.

La mañana de mi aniversario amaneció con la rutina habitual: ducha, café, paseo Arya y desayuno a las 11 en bar por eso de hacer algo diferente. Ella a su tarea, yo a la mía para quedar a las cinco de la tarde y poner rumbo a la casa de mi madre en la sierra madrileña.  El plan consistía en reunirnos con mi hermano, su mujer y su cuñado para darnos un baño en la piscina y, luego, dirigirnos a un restaurante donde compartir la bienvenida a las arrugas, pero cuando llegó el momento, empezaron las excusas para demorar el viaje: que si tengo que pasar por casa de Rocío, que si no tienes que ir al supermercado, que si me he olvidado no sé qué en casa, que si, que si, que si con su móvil a todo trapo, mientras mis meninges continuaban aletargadas porque contaban que sería mi parentela quien habría preparado la sorpresa con sándwiches, empanada y tortilla de patata.

A las seis y media nos ponemos en marcha. Rodamos a velocidad de crucero y accedemos a la finca por una vía diferente a la habitual.

- ¡¡¡Frena!!! – grita mi hija

Freno

- Baja

Bajo

Diva abre el maletero y saca un camisón de su abuela para vendarme los ojos (es así de original). Me toma de la mano, me guía hacia la cancilla y desanuda el camisón.  En la puerta una foto, globos entre los pinos, mesas decoradas y mi familia (hermanos, parejas e hijos) entonando el cumpleaños feliz con una sonrisa resplandeciente. Aún no sé que hay un grupo de amigas (las chicas del Calvin, Ana y María) escondidas en el garaje.

- ¡Qué calor! Como no venga pronto me voy a derretir – se queja una

- Pues tú estás flaca, mírame a mí

- Ya, pero es que tengo la menopausia y me estoy muriendo

- Yo ya la pasé

- Y yo

- Y yo

- Y yo

- ¡Qué suerte!

- Llama a Diva y dile que venga ya

- No lo coge, seguro que se ha dejado el móvil en el coche

- ¡Qué calor!

Mi hija vuelve a cogerme de la mano (como si las hubiera oído) y me lleva al contenedor de mujeres derretidas.  Abre la puerta y me quedo turulata.  Jamás habría imaginado que hubieran venido después de haberme dado la barrila con el Whatasapp de flores, caritas de corazones y Pásalo bien en la pantalla.  Me emociono, las abrazo y nos vamos a la mesa.  Bebo un vaso de vino de un tirón. Estoy muerta de sed. Me llama una amiga del grupo de las chicas de oro (amigas del cole):

- ¡Qué tal, Almudena! Perdona que no te haya llamado antes, pero es que tengo el día muy liado.

Disimulo mi cabreo

- Ya… una pena que no me hayáis hecho una fiesta sorpresa como es tradición entre nosotras (arrastro las palabras). Ssse looo hemoooos heeecho aaaa toooodasss y nooo séeee porrrr quéeee sooooyyy difffffferrrente.(aquí me ha salido el alemán).

- Bueno, no te preocupes, quedamos la semana que viene y te haces la sorprendida (risita de cachondeo).

Cuelga. Me voy a la mesa. Me bebo un vaso de vino de un tirón. Les cuento a mis amigas lo feliz que me hace saber que están allí porque las otras, las de la fiesta sorpresa tradicional, me han plantado como a un pino en el desierto.  Me ofrecen un vaso de vino: No te preocupes, ya estamos nosotras…

Me bebo el vino de un tirón. No he comido nada desde las once de la mañana y empiezo a notar cosquillas en el estómago. No importa, estoy en casa.

Diva se acerca, me coge de la mano y me lleva a la verja.  Salimos a la calzada y allí están mis chicas de oro, y sus maridos, para abrazarme con la burla en su cara de menudo cabreo que tenías, merluza…Salto de alegría y volvemos al jardín entre risas. Cojo un vaso de vino y me lo bebo de un tirón.  No sé por qué, pero tengo la sensación de que estoy flotando. No importa, estoy en casa.

Mari Carmen (ma belle soeur, que dirían los franceses) ha preparado un karaoke con micrófonos de plástico la mar de chulos. Tomo uno y nos ponemos a cantar desenfrenadas (sobre todo yo). Nos relevan sobrinos, cuñados, amigas y todo aquél que ha perdido la vergüenza con la Coca Cola de aliada (vale, es un decir). Tengo sed. Vaso de vino….

Mi hija ordena callar a todos.  Llega el momento de los vídeos grabados por los que están, y los que no han podido venir, enviando su cariño, así como el que mi cuñada ha creado con películas de Súper 8 en el que aparezco con mis padres y abuelo en Galicia y que me hacen explotar en llanto. Mi niña se acerca y me abraza con fuerza: mami, te lo mereces

Cuesta recomponerse, pero lo consigo, así que me enderezo, hago un pase torero para dar las gracias y bebo vino. Tengo sed. A estas alturas ya no distingo quién es quién, pero una voz me pide que hable y como soy muy obediente, me coloco en el centro del ruedo a la vez que escucho a mi amigo Nacho decirle a Antonio: no creo que sea capaz de articular palabra con la toña que tiene…Se equivoca, y en contra de su desconfianza, emito un discurso de principio a fin del que no recuerdo ni el hola a todos ni el gracias final, pero que según los oyentes, fue lúcido y coherente.

Paz me ofrece un vaso de vino. Me lo bebo de un tirón. Tengo sed.  La pantalla detrás de mí da un trompazo y se cae. No importa. Alguien la recoloca (creo). Es la hora de soplar las velas y escucho a mi hija pedir silencio para que atiendan mi soplido. Mi hermano toma la bandeja con una mano y otra (invisible) la proyecta boca abajo contra el suelo. Arya brinca hacia el merengue estrellado, mi hija la frena cogiéndola del rabo, los convidados aplauden, vitorean a mi hermano que se ríe con cara de ¡tierra trágame! Mi amiga Paz interviene: Tranquilo, Manolo, que como te conocemos de toda la vida, sabíamos que esto iba a ocurrir y hemos traído otra de repuesto. Me sitúo delante del dulce, pido un deseo y apago las llamas con fuerza. No lo pruebo, tengo sed. Bebo un vaso de vino y a mi espalda vuelvo a escuchar el ruido que hace la pantalla al caerse de nuevo. No importa. Alguien la recolocará (creo).

Es tarde cuando mi gente empieza a desfilar hacia los coches. Me han regalado el mejor aniversario, un cofre con la recaudación de sus tesoros, camiseta tradicional, cuadro con mi vida en imágenes, gafas de sol, súper woman y vestido con el estampado de mi niñez pero, sobre todo, me ofrecen, año tras año, el colchoncillo sobre el que derramar mis penas para que ellos las curen con el betadine de su lealtad.

A las dos de la madrugada, mi hija y yo nos sentamos en la terraza frente a un plato de tequeños y huevos fritos. Estamos hambrientas y agotadas. Me muero por comérmela a besos, pero no me deja: ya ha pasado tu cumpleaños, mami, y se ríe. Buceo en mi vocabulario para decirle cuánto la quiero y cuánto le debo por hacer que mi vida sea una maravillosa aventura, pero no alcanzo a encontrar las palabras. Baco me ha trabucado la lengua.

Cuando me despierto el día siguiente, mi cabeza inaugura la pos-fiesta con una tamborrada en toda su superficie.  Me doy al ibuprofeno con frenesí y paso de la cama al sofá con turbinas en las tripas. No soy la única, Arya y mi princesa kuna me acompañan a pesar de no haber confraternizado con la bebida traidora. Envío mensajes de gratitud y llamo a Rosa, mi amiga la bruja, que me cuenta que mi madre ha estado conmigo en la fiesta.

- A ver, Rosiña, dímelo otra vez para que me lo crea porque me pasé toda la mañana pidiéndole una señal que me hiciera pensar que estaba a mi lado.

- Taboada, se cayó la pantalla, a Manolo la tarta cuando estaba quieto y sin viento que pudiera derribarla, la pantalla volvió a tumbarse, ¿no crees que son suficientes señales?

- ¡Glub! Y yo sin enterarme...

Dos días más tarde, celebramos el cumpleaños de mi hermano más pequeño.  En la entrada de casa, hay un pajarillo que le regalaron a mi madre y que, en teoría, cantaba cuando pasábamos delante con una célula fotoeléctrica que nunca funcionó.  Ese día, el pájaro no dejó de silbar cada vez que alguno de nosotros cruzábamos la habitación. Mi cuñada me miró: ¿Te has dado cuenta?

- Sí – respondí - está aquí.

Y sonreímos